DIÓGENES

MI CASA EN LOS BOSQUES

Interludio

por DENIS SINOR

1.¿Qué le viene a la mente cuando piensa en su país?

Me viene a la mente mi casa en los bosques, sin ningún vecino a la vista. Una casa que no tengo que defender de ladrones reales ni de terroristas imaginarios, sino de los ciervos que vienen a mordisquear mis flores y de los mapaches que se adueñan de mi galería, y que está a sólo 15 minutos de una espléndida biblioteca. Veo los campos vacíos y apacibles. Me veo conduciendo mi auto o mi motocicleta en, digamos, la majestuosa ruta nacional "Interstate 40", en algún lugar de las profundidades de Arizona o Nuevo México, bordeando, quizá, la legendaria vía férrea de Santa Fe. Casi no hay autos en esta ruta magnífica. Estados Unidos, país al que se le reprocha, con más o menos razón, ser el contaminador más grande del mundo, es también el que inventó y mantiene los más gloriosos parques nacionales y departamentales. Pienso en la Natchez Trace, encantadora ruta de dos manos, cuyos 710 km, que unen el Missisipi con Nashville en Tennessee, están totalmente libres de construcciones (ni siquiera una sola estación de servicio), o en el "Appalachian Trail", una senda para caminar por la montaña de 3400 km de largo. A quienes creen que Norteamérica equivale a Nueva York, seguramente les sorprendería saber que la mayoría de la población de los Estados Unidos lleva una vida calma, incluso plácida. Uno paga sus impuestos y nadie se mete con uno. Pueden pasar años sin que haga falta tener el menor contacto con las llamadas "autoridades" y cuando hay que hacerlo, todo ocurre bastante bien, sea cual fuere el nivel: municipal o federal. La gente elige a sus sheriffs, a sus jueces, a los empleados de los tribunales, que se esfuerzan en ser serviciales, aunque más no sea para conservar sus puestos. En las ollas populares, que tuve ocasión de servir, un buen plato de comida apetitosa se le ofrece gratuitamente a cualquiera que se presente, sin preguntas sobre la identidad o la necesidad. Muchos de los que van tienen con qué comprarse comida.

Cuando enseñaba en Cambridge -que algunos consideran la mejor universidad del mundo- tenía que dedicar casi todos mis esfuerzos a superar las resistencias internas. En la universidad de Indiana, donde trabajé después, me dejaron cumplir tranquilamente la misión para la que estaba capacitado. En los Estados Unidos, por regla general, a la gente le gusta ver el éxito y no disfruta el fracaso de los demás.

Sin un soporte textual, como el que invocan los israelitas, los norteamericanos se consideran, en cierto modo, el pueblo elegido de Dios. Entre Nueva York y California (dos universos completamente distintos), se extiende un territorio habitado por un pueblo de origen mixto, que en su mayor parte está firmemente convencido de que su país es indiscutiblemente lo mejor que le ocurrió a la humanidad. Con semejante convicción, es perfectamente posible que los norteamericanos se hayan acercado más a la Utopía que cualquier otro pueblo contemporáneo. Pero la vida no se reduce a la abundancia de bienes materiales. Algunos norteamericanos son terrible y vergonzosamente pobres; otros, sorprendentemente ricos. Sin embargo, en comparación con otros países, la envidia, la amargura y los celos entre las clases sociales permanecen extrañamente mudos. El uso de nombres de pila está generalizado, incluso en el primer encuentro, en la oficina, entre los trabajadores y sus jefes. La mayoría de los pobres tienen un difuso sentimiento de que habrían logrado una vida mejor, o podrían lograrla, por su propia fuerza de voluntad. Los que tienen para dar, dan generosamente, ya sea a los que tienen menos, ya sea a la gran variedad de buenas causas existentes. "Mis compatriotas norteamericanos" (My fellow Americans), como sus presidentes suelen llamarlos, construyen hospitales, museos de todo tipo, fundan universidades, pagan el mantenimiento de orquestas sinfónicas, parques e investigaciones varias. En ningún otro país se da tanto per cápita para obras de beneficencia como en los Estados Unidos. Son optimistas, no se lamentan de su suerte. Cuando un huracán o una inundación destruye sus bienes, agradecen a Dios por haberles perdonado la vida y se dedican a la tarea de reconstrucción. Los norteamericanos, incluidos sus líderes, por lo general son sencillos, ingenuos, proclives a creer, por ejemplo, que Irak representa un peligro para los Estados Unidos u otras sandeces por el estilo, y se sorprenden realmente cuando el resto del mundo no piensa como ellos. Visto desde Wyoming, Dakota o Montana, el mundo es, efectivamente, un concepto muy lejano. Mientras éste se debate en problemas incomprensibles para la mayoría de los norteamericanos, el pueblo no deja de trabajar con un rendimiento sin parangón y de cantar, desafinadamente pero con una convicción inquebrantable "¡Norteamérica! ¡Norteamérica! God shed His grace on thee..." (Dios te bendiga).

2.Entre las teorías filosóficas, los descubrimientos científicos o las creaciones artísticas ¿cuál le entusiasma más y cuál tiene para usted más futuro?

El descubrimiento más fascinante: la mecánica cuántica.

3.¿Hay algún lugar específico del mundo al que usted se siente particularmente ligado?

Hace casi sesenta años, concebí la identidad histórica de un enorme territorio al que llamaba Eurasia Central, un territorio rodeado de grandes civilizaciones sedentarias de Europa, el Medio Oriente, Asia del Sur, Asia del Sudeste y Asia del Este. Algunos, yo mismo en esa ocasión, lo llaman "Inner Asia" (Asia interior), del cual forma parte Asia Central. Dediqué mi vida al estudio de su historia, sus civilizaciones y sus lenguas. Actualmente, con vicisitudes políticas mediante -desde la disolución de la Unión Soviética hasta los delirios de Al Quaeda- el resto del mundo le presta a esta región cierto grado de atención. Por primera vez desde el siglo XIV, el papel político de Asia Central supera sus propias fronteras.

4.¿Cuáles son sus sueños, esperanzas y temores con respecto a su país y al resto del mundo?

Tengo una creencia cuasi budista en la universalidad del sufrimiento humano arraigado en la ignorancia, en el no-saber sobre la verdadera naturaleza de nuestra existencia en el mundo. El siglo XX aportó al mundo un incremento de miseria sin precedentes. Hoy, como nunca en la historia, más gente pasa hambre, es asesinada, torturada y mutilada. La expresión "derechos humanos" se puso de moda porque estos derechos se violan casi universalmente y porque estos abusos, me temo, continuarán sin pausa. En un plano menos elevado, temo las consecuencias de movimientos de población desordenados, migraciones masivas y caóticas que produzcan innumerables anomias, comenzando por la desintegración de los criterios sociales y de los valores específicos de cada país. Tampoco me gusta la idea de una Europa unida y obligada a asimilar criterios diferentes, desde una óptica no europea, de una Norteamérica o de un Canadá despojados de sus identidades distintivas. Pese a que todos los seres humanos son iguales ante Dios, difieren enormemente por sus lenguas, sus costumbres y por los términos del contrato social que hace de ellos una unidad distinta. Mezclar pueblos de orígenes culturales diferentes es arriesgarse a promover la desigualdad, los prejuicios y, en el peor de los casos, el odio. Amo a los corderos y amo al lobo, pero los tiempos que previó el profeta Isaías, en que ambos podrán vivir juntos, no han llegado todavía.

Denis Sinor
(Profesor Emérito, Universidad de Indiana)

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