DIÓGENES

DE CÓMO LA FUERZA SE PERPETÚA A SÍ MISMA

REFLEXIONES ACTUALES A LA LUZ DEL PENSAMIENTO DE SIMONE WEIL

por ELIZABETH JANE DOERING

El hombre, aparentando dominar las fuerzas que lo superan infinitamente, se ha entregado a ellas y ha perdido la noción misma de la necesidad1.

Simone Weil

La Ilíada o el poema de la fuerza

En noviembre de 1945, tres meses después del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre la isla japonesa de Hiroshima, un notable ensayo: “La Ilíada o El Poema de la Fuerza” apareció en una pequeña revista neoyorkina, llamada Politics. La autora, la filósofa francesa Simone Weil, había escrito este texto en 1937-38 mientras negras nubes se amontonaban sobre Europa y las potencias fascistas se disponían a “soltar los perros” de la Segunda Guerra Mundial. Para buscar las razones inherentes a la condición humana que condujeron a la humanidad inevitable y constantemente a la guerra, Weil hizo una lectura profunda de la descripción de la destrucción mutua de los guerreros troyanos y griegos trazada por Homero en su poema épico La Ilíada. En ese vano combate de diez años por una figura ilusoria llamada Helena, ambas partes sufrieron enormes pérdidas, pero ninguna habría pedido tregua. Al borde de la derrota, la idea de la rendición era humillante y en la culminación de la victoria, la del poder era embriagadora. Weil lo interpretó de este modo:

“El verdadero héroe, el verdadero tema, el centro de La Ilíada es la fuerza... Quienes habían soñado que la fuerza, merced al progreso, pertenecería en lo sucesivo al pasado, pudieron ver en ese poema un documento; quienes saben descubrir la fuerza, tanto hoy como en otros tiempos, en el centro de toda historia humana, encuentran en él el más hermoso, el más puro de los espejos.2

Simone Weil, filósofa francesa, activista militante y mística, había nacido en París en 1909. El costo de la Primera Guerra Mundial, perceptible a lo largo de toda su juventud, le dejó una marca indeleble. Utilizó su prodigiosa energía intelectual para desentrañar las causas de la opresión social y encontrar cuáles son los rasgos de la sociedad que nutren la libertad de pensamiento y de acción para el individuo. Tenía la convicción profunda de que la dignidad inherente a la persona humana debe cultivarse siempre. El uso abusivo de la fuerza contra el individuo es el peor de los crímenes. Weil murió en 1943, en Londres, en el centro mismo de la devastación total producida por la Segunda Guerra Mundial. Su enfoque de los problemas contemporáneos, vistos a través de la lente de los temas eternos, puede servirnos de modelo para comprender las realidades actuales.

La interpretación original aportada por Weil en esa obra maestra de la literatura está centrada en la idea de que la fuerza genera y regenera su propia existencia. La humanidad, empujada por ilusiones de grandeza, de prestigio y de poder ilimitado, está dispuesta a arriesgar lo que le es más caro para atacar y dominar lo que ve como un “Otro” amenazador. Weil escribe:

“Porque el prestigio, que constituye más de las tres cuartas partes de la fuerza, está hecho ante todo de la soberbia indiferencia del fuerte hacia los débiles, indiferencia tan contagiosa que se comunicaa aquellos que son su objeto.3

El lenguaje, manipulado con cuidado, sirve a los objetivos de los poderosos. Simone Weil defiende la idea de que ciertas palabras, que se han cargado de poderes míticos, proporcionan una justificación a la inconveniente brutalización de la gente vulnerable. En virtud de lo cual la fuerza empleada se desarrolla más allá de toda medida para lograr sus fines: un incremento de la violencia, donde vencedores y vencidos pierden lo que más quieren en el mundo.

Simone Weil pensaba que las raíces de ese comportamiento autodestructivo son inherentes a la condición humana. Para ella, únicamente los individuos que desean combatir la fuente de esta maldición pueden atenuar sus efectos. Es más, su espíritu visionario había previsto que la mecanización de la guerra iba a suprimir las fronteras entre pérdidas militares y pérdidas civiles, porque un gran número de inocentes son víctimas de armas cada vez más poderosas que amenazan sus vidas y su entorno vital. Con todas las pruebas de lo contrario ¿cómo han podido seres pensantes caer en la ilusión –e incluso creer– que imponer la fuerza podía aportar armonía entre los pueblos?

Simone Weil sobre la guerra

En sus Reflexiones sobre la guerra, una obra anterior, Simone Weil había sostenido que la guerra conducida por una nación era, razonablemente, más un asunto de política interna que de política exterior. Dwight Macdonald, editor de Politics y fogoso intelectual, acababa de publicar este ensayo en su diario de tirada limitada. Macdonald creía que una democracia sana exigía una autocrítica constante, sobre todo en lo que concierne a los atentados contra los derechos de los pueblos a disponer de sí mismos. En su publicación mensual, cuya edición estaba exclusivamente a su cargo, desarrolló una larga serie de declaraciones subversivas, criticando a la sociedad moderna y a la política del gobierno.Al publicar cuatro de los artículos de Weil, cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial, Macdonald fue uno de los primeros en presentar su pensamiento político y social a los lectores norteamericanos. Las autoridades administrativas, militares y económicas de los Estados Unidos ya habían comenzado a desarrollar serias discusiones preparatorias de una eventual Tercera Guerra Mundial. El retorno a una paz tan largamente deseada, servía ya de trampolín para un nuevo conflicto, en tanto la explosión de una bomba atómica había acallado todo interés por la protección de los civiles en tiempos de guerra. Además, el discurso sobre la defensa nacional, con miras a una nueva guerra mundial, había comenzado a sentar las bases para las nuevas restricciones gubernamentales a las libertades civiles.

El concepto de Weil –la guerra engendra la guerra– había impresionado a Nicola Chiaromonte, exiliado radical y estrecho colaborador de Macdonald, cuando leyó su ensayo por primera vez en Cahiers du Sud, en 1940. Cuando llegó de Italia en 1944, Chiaromonte le hizo leer el artículo a Macdonald, quien advirtió inmediatamente su pertinencia para el debate norteamericano de entonces sobre la economía de la posguerra en los Estados Unidos. ¿La economía debía centrarse en la paz o en la defensa nacional, es decir, en la guerra? Chiaramonte cuenta que este ensayo produjo debates de un vigor poco común entre sus lectores, que ya habían sentido esta tendencia hacia una economía de guerra permanente en los Estados Unidos.

En la primavera siguiente, Macdonald publicó un tercer texto de Simone Weil, Les Mots et la Guerre4, que es anterior al Poème de la Forcey del que probablemente sea un estudio preparatorio. Les Mots et la Guerre revela la convicción de Weil de que la escalada en los preparativos de guerra, bajo el pretexto de la seguridad nacional, mina inexorablemente la creencia en el valor supremo del individuo. La perniciosa y engañosa retórica que incita a la guerrapermite a los dirigentes nacionales la toma de un poder arbitrario:

Vivimos en una época en que la seguridad relativa que aporta a los hombres cierto dominio sobre la naturaleza, está ampliamente compensada por los peligros de ruinas y de masacres que suscitan los conflictos entre grupos humanos. Que el peligro sea tan grave se debe sin duda, en parte, a la potencia de los instrumentos de destrucción que la técnica hapuesto en nuestras manos5.

Un poder acrecentado, según Weil, serviría para embriagar a quienes lo ejercen, haciéndoles ignorar la realidad de las limitaciones que les impone la condición humana para alentándolos a exagerar su capacidad de control sobre la realidad de la violencia humana, que sólo la empatía y la cooperación entre los hombres pueden mitigar.

Todos los absurdos que hacen que la historia parezca un largo delirio tienen su raíz en un absurdo esencial: la naturaleza del poder. La necesidad de que haya un poder es tangible, palpable, porque el orden es indispensable para la existencia; pero la atribución del poder es arbitraria, porque los hombres son semejantes o casi semejantes pero no debe mostrarse como arbitraria, porque si no el poder se destruye. De este modo, el prestigio, es decir la Ilusión, está en el corazón del poder6.

Una confianza exageradaen el prestigio del poder autoriza el desprecio por los límites que la ética torna inviolables, lo que desemboca inevitablemente en la ruina de todos los involucrados. Dos décadas más tarde, un oficial de los Estados Unidos justificó el bombardeo masivo a la aldea vietnamita de Danang, que mató a la mayoría de sus habitantes, con esta afirmación sin sentido: “Debíamos destruir la aldea para salvarla”. Este terrible episodio y su aberrante autojustificación son un ejemplo del absurdo mortal que Weil trataba de poneren evidencia.

La guerra hoy en día

Así como Weil utilizaba la lente de la Ilíada de Homero para comprender las condiciones de la guerra de su época, sus reflexiones permiten comprender la pesadilla actual de las armas de destrucción masiva cada vez más poderosas y el velo que tienden sobre los asuntos internacionales. Las causas más recientes de la situación actual datan de la época inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. El pueblo norteamericano estaba embriagado por el sentimiento de haber derrotado a las fuerzas del malvado enemigo, en lo que se sigue llamando en Norteamérica “La Guerra Buena”. Estaban convencidos de que el poder estaba seguro en sus manos. Para los patriotas chauvinistas, “Dios bendiga a Norteamérica” significaba que la divinidad permanecería irrevocablemente de su lado, puesto que ellos estaban del lado de la justicia y de la libertad. Hubo poca reflexión, por no decir ninguna, sobre el comportamiento bárbaro que mostraron los vencedores: el bombardeo masivo de Dresde de 1945, lanzado por las fuerzas aliadas, que mató a casi medio millón de civiles; la negativa de acoger en el puerto de Nueva York, en 1939, al navío The Saint Louis, que llevaba a bordo 930 refugiados judíos, muchos de los cuales eran niños, cuando estaban buscando un refugio de paz contra la persecución y la segregación rigurosamente aplicada en el ejército de los Estados Unidos durante la mayor parte de la guerra, un comportamiento que demostraba el desprecio por la vida y por el sacrificio que hacían por el país los afroamericanos7. El aforismo tan desgraciadamente inadecuado para resignarse a realidades desagradables: “son cosas que pasan” resume la actitud que prevalecía tanto en esa época como en la nuestra.

Al desdeñar el profundo sufrimiento de los demás, el fuerte muestra su sentido del privilegio, tan arrogante como abusivo. Para parafrasear al actual secretario de defensa de los Estados Unidos después del saqueo caótico del desprotegido Museo Nacional de Bagdad y el incendio de la Biblioteca Nacional y de los archivos iraquíes: “La democracia es muy desagradablemente complicada. Los crímenes ocurren”. Es así, la democracia es desagradablemente complicada, pero si debe honrar sus compromisos de respetar a todas las personas y de ser superior a las formas de gobierno fascistas y totalitarias, tiene que pelear sin descanso para proteger los ámbitos culturales de quienes están amenazados.

La terrible situación del pueblo afgano, con dos millones de personas retornando a hogares demolidos, a campos plagados de minas; con una infraestructura en ruinas, con un bandolerismo salvaje y un resurgimiento de la violencia de los Señores de la Guerra, después de una década de guerra salvaje y afectados por una grave sequía, hace que toda promesa actual de llevarles una “Libertad Duradera”, sea una burla. Un estudio de las Naciones Unidas de mayo de 2002 reveló que apenas el 15% de los afganos estaba seguro de tener agua y que solamente el 9% sabía de dónde provendría su próxima comida8. Sólo enormes aportes de ayuda alimentaria prometidos por una docena de países, la Unión Europea y el Banco Mundial conjurarán la hambruna, ayudarán a reconstruir los canales de irrigación otrora tan ingeniosos y detendrán la devastación de los bosques, hábitat de numerosas especies en vías de extinción. Las promesas reales de subvenciones y préstamos, distribuidos en períodos de uno a cinco años, alcanzan a cubrir aproximadamente el 60% de las proyecciones a cinco años a baja tasa de interés hechas por los analistas del Banco Mundial, del Banco de Desarrollo Asiático y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo9. Los afganos, con sobrada razón, temen que su destino sea cada vez más descuidado por el resto del mundo. Igual que los iraquíes, probablemente.

El poder de las palabras

Simone Weil había comprendido los peligros de semejante arrogancia autoamplificada y los riesgos en que ponía a la paz internacional. En Les Mots et la Guerre, escribe:

Es la nube de entidades vacías... (que) pasman a los espíritus; no solamente producen muerte, sino que, y esto es infinitamente más grave, hacen olvidar el valor de la vida... Los buenos oradores, que cuando se refieren a la paz internacional hablan en realidad del mantenimiento indefinido del statu quo en beneficio exclusivo delEstado... los que cuando recomiendan la paz social lo que pretenden es conservar intactos sus privilegios o, al menos, subordinar toda modificación al capricho de los privilegiados, son los enemigos más peligrosos de la paz internacional y civil10.

Comprendiendo el poder abusivo de palabras como Democracia, Liberación, Victoria, Eje del Mal, Terrorismo, para citar sólo algunas de las que nos arrojan, hoy como ayer, sin tomarse el trabajo de definirlas o de alertar sobre las consecuencias de su utilización sobre la realidad de las situaciones, Weil escribe:

Si se les pone mayúscula a palabras vacías de significado, por poco que las circunstancias lo impongan los hombres derramarán mares de sangre, amontonarán ruinas sobre ruinas repitiendo estas palabras, sin poder obtener jamás efectivamente algo que les corresponda... Esclarecer las nociones, desacreditar las palabras congénitamente vacías, definir el uso de otras con análisis precisos, es, por extraño que parezca, un trabajo que podría preservar existencias humanas11... Pero actuamos, luchamos, nos sacrificamos y sacrificamos a otros en virtud de abstracciones cristalizadas, aisladas, imposibles de relacionar entre sí o con cosas concretas. Nuestra época, autodenominada tecnológica, sólo sabe luchar contra los molinos de viento12.

Simone Weil percibía la democracia como el régimen más apto para promover la dignidad humana. Sin embargo, le preocupaba profundamente que los criterios de la democracia para definir la moralidad la asemejaran a la Gran Bestia de Platón: ávida de prestigio y desprovista de humildad. Observó que las sociedades democráticas, gobernadas por mayorías poderosas y/o elites manipuladoras, son profundamente propensas a ignorar lo que los griegos habían admirado más: la proporción, la armonía, la mesura y el equilibrio en todos los aspectos de la vida. Recordó a sus lectores una de las debilidades crónicas de la condición humana: los fuertes llegan a la conclusión de que el destino les ha concedido todos los derechos y ninguno a sus inferiores. En este punto superan inevitablemente la fuerza real que poseen porque rechazan sus límites. Pero el abuso defuerza se castiga con rigor geométrico. Fue la primera meditación de los griegos: la llamaron Némesis13.

La palabra refleja la imposibilidad de saber cuáles serán las consecuencias de los actos de violencia. Esto requeriría que las naciones contemporáneas,que manipulan el enorme poder destructivo de la panoplia tecnológica moderna, se tomen un tiempo de reflexión. Este potencial de destrucción de la vida y del ambiente, inimaginable anteriormente, otorga una nueva dinámica a la afirmación de Weil según la cual el abuso de la fuerza encuentra en sí mismo su propia recompensa. Presuponiendo que la seguridad nacional será siempre una preocupación mayor, pero que el prestigio tiene sus propias exigencias, escribe:

¿Acaso no es natural que cada Estado defina el interés nacional por la capacidad de hacer la guerra, puesto que está rodeado de otros Estados capaces de someterlo por las armas, si lo ven débil? No se ve un término medio entre mantenerse en carrera para la preparación de la guerra o estar dispuesto a soportar cualquier cosa por parte de otros Estados armados. El desarme general sólo suprimiría esta dificultad si fuera completo, lo que es apenas concebible14.

La Némesis: un concepto griego

¿Deberíamos prestar más atención al concepto griego de Némesis? Las caídas tóxicas de las armas de hoy en día ensucian la atmósfera, contaminan el suelo y el agua y dejan una herencia envenenada a las generaciones futuras. El consecuente cortejo de muerte y la disminución de la esperanza de vida no puede limitarse a una zona geográfica restringida. Los que sembraron bombas también cosecharán tempestades. Las estadísticas han mostrado que los veteranos norteamericanos de la guerra de Vietnam presentan tasas de suicidio, alcoholismo, agresión a los miembros de su familia y divorcio significativamente más altas que la media, así como de problemas físicos y mentales severos. El síndrome de la guerra del Golfo, generalmente visto como una consecuencia de la guerra del Golfo de 1991, deterioró las funciones naturales de un número considerable de veteranos. ¿Se podría conceder una audiencia más amplia a muchos individuos valientes que desean oponerse a la realidad de la guerra y que dicen “¡Nunca más!”? Los soldados que enfrentan en Irak un ambiente que se ha vuelto hostil, siguiendo a jefes que les prometían participar en una causa noble, no volverán indemnes.

Simone Weil ha sostenido que el deseo de prestigio y de gloria de una nación no la conducirá sólo a una guerra constante contra presuntos enemigos, sino que, lo que es peor, la someterá al riesgo de ser manipulada por programas de política interna de sus propios jefes. En Réflections sur la Guerre, afirma:

El gran error de casi todos los estudios sobre la guerra... es considerar a la guerra como un episodio de política exterior, cuando constituye, ante todo, un hecho de política interna, el más atroz de todos15.

En los Estados Unidos posteriores al 11 de septiembre, la incitación a la guerra como acto de política interna es tan evidente ahora como lo era después de la Segunda Guerra Mundial. En ambos casos, la retórica de “Democracia, Liberación y Libertad” con el pretexto de la seguridad nacional, asfixió a la oposición y permitió una intensificación de la fuerza militar y de acciones policiales agresivas que condujeron a la concentración de poder en manos del Ejecutivo. Peor aún, después del 11 de septiembre, una nación cuyo orgulloso pasado había intentado ser ejemplo de los ideales democráticos de respeto a la igualdady a la dignidad de la persona humana, se arrogó el derecho exclusivo de dar golpes preventivos contra naciones más débiles.

Sobre la base de pruebas no corroboradas que pretendían que los Estados Unidos estarían afrontando una amenaza mortal por parte de un régimen dictatorial, hombres y mujeres jóvenes, valientes y leales, se vieron en la obligación de arriesgar su bien más precioso: sus vidas. La guerra no era inminente; por lo tanto, había que crearla. El llamado a la aceptación de argumentos capciosos por parte del público, que convalidaban un ataque preventivo, se reforzó con el siguiente argumento: puesto que lo que más amamos, nuestra juventud, está dispuesta a sacrificarse voluntariamente, el resto del país debe aceptar sin reparos todas las demandas de los actuales dirigentes. El apoyo a las tropas se encontraba inexplicablemente mezclado con el apoyo a la guerra. En cambio, quienes creían que el mejor apoyo a las tropas consistía en no ir a la guerra fueron ridiculizados y despreciados como abyectos antipatriotas. El inflado discurso belicista estaba destinado a incitar a la opinión pública. Lo cual engañó a pocos de los que piensan.

El senador Byrd, un viejo hombre de estado de Virginia Occidental, habló en nombre de numerosos norteamericanos, que, indignados, mostraban su desacuerdo, cuando pronunció en el Congreso de los Estados Unidos, el 12 de febrero de 2003, en vísperas de la invasión a Irak, un discurso (difundido también por Internet, con el título de “We stand Passively Mute”):

Esta batalla que se anuncia, si se materializa, representa un punto de inflexión decisivo en la política exterior de los Estados Unidos y tal vez un cambio crucial en la historia reciente del mundo... La doctrina de la prevención –la idea de que los Estados Unidos o cualquier otra nación pueda atacar de pleno derecho a una naciónque no constituye una amenaza en lo inmediato, pero que podría serlo en el futuro– es una nueva infracción radical infligida a la idea tradicional del derecho a la propiadefensa... El tipo de desviación de la política exterior, extremadamente desestabilizadora y peligrosa que se ofrece a la vista del mundo, es inexcusable para una administración con un poder terrorífico y con la responsabilidad de guiar el destino de la mayor superpotencia del planeta...
Verdaderamente, debo cuestionar el sano juicio de cualquier presidente que pueda decir que un ataque militar masivo no provocado contra una nación, conformada en más del 50% por niños, corresponde “a las más altas tradiciones morales de nuestro país”.

Una economía de guerra permanente

En 1945, después de cuatro años de guerra, el pueblo norteamericano deseaba volver a vivir en paz. Cosa que, sin embargo, no iba a ocurrir. Aún cuando la fuerza de respuesta del enemigo había sido irrevocablemente quebrada, habían aparecido otros rivales. El yugo de la dominación soviética sobre su propio pueblo y la amenaza de verla extender los largos tentáculos de la dominación comunista hacia otros países debían ser vigorosamente combatidos. Cuando la guerra contra la alianza del Eje apenas se había apaciguado, las fuerzas armadas debieron ser reequipadas y reforzadas. En los Estados Unidos se instaló un sistema permanente de alerta contra el enemigo que exigía sacrificios a los civiles en nombre de la seguridad. Además, ahora sabemos que la fuerza militar de la Unión Soviética fue deliberadamente exagerada por los servicios de seguridad de los Estados Unidos. La economía fue adaptada a este objetivo global y se cultivó una psicosis de guerra en el público invocando la “amenaza roja”; todas las insinuaciones sobre un peligro inminente permitían acelerar la investigación sobre armamentos atómicos y nucleares.

La amenaza emergente de una toma del poder por los comunistas ahogó a la oposición e hizo creíble la movilización del gobierno con miras a la “Guerra Fría”. Los gastos militares habían disminuido drásticamente justo después de la declaración de paz. Pero hubo apenas un respiro y los gastos de defensa volvieron a aumentar hasta el pico de la “Guerra Fría”, a principios de los años ‘80. En esta época, bajo el gobierno de Reagan y su propuesta de Guerra de las Galaxias, el gasto superaba al de 1944. En el ínterin, se había declarado la guerra de Corea. Los Estados Unidos conocían una economía de guerra casi permanente con las coacciones implícitas y explícitas que esto implica. En su discurso de despedida a la nación al dejar la presidencia en 1962, Dwight D. Eisenhower,ex general de la Segunda Guerra Mundial devenido en Jefe de Estado, había lanzado esta advertencia:

No debemos dejar de comprender las graves implicaciones de la existencia de un inmenso parque militar y de una gran industria de armamentos. Todo nuestro trabajo, nuestros recursos y nuestros medios de existencia están implicados: tal es la estructura misma de nuestra sociedad. En los órganos de gobierno, debemos defendernos de la influencia injustificada, buscada o no, del complejo industrial-militar. La posibilidad de una escalada desastrosa de una potencia pervertida existe y seguirá existiendo. No debemos dejar jamás que el peso de esta combinaciónponga en peligro nuestras libertades ni los procesos democráticos. No debemos considerar como adquirida cosa alguna. Sólo un sentido civil alerta y bien informado puede impedir que la enorme máquina industrial y militar de defensa se inmiscuya en nuestros métodos y objetivos pacíficos, para que la seguridad y la libertad puedan prosperar juntas.

Presentía un peligro que se ha vuelto realidad: que la propia política pública de la nación pudiera ser rehén de una elite militar, científica y tecnológica.

El control social a través del miedo

La histeria anticomunista que reinó a fines de los años ‘40 y en la década del ‘50 minó seriamente la confianza de la gente en una utilización posible y libre de su derecho democrático a expresarse. Una parte de este malestar volvió a aparecer. La caza de brujas del pasado, perpetrada por el House Un-American Activities Comittee, la Alien Registration Act y los ataques llevados a cabo por el Subcomité Permanente de Investigación del senador Joseph McCarthy, con gran apoyo del FBI a cargo de J. Edgar Hoover, poco a poco amordazaron toda oposición a las políticas del gobierno norteamericano. El miedo invasor que se expandió por toda la nación durante esas primeras décadas, a través de una campaña hábilmente orquestada que afirmaba que el Departamento de Estado, la industria del espectáculo, las universidades y otras instituciones estaban infiltradas por una conspiración comunista destinada a socavar la democracia norteamericana, hizo estragos en las libertades civiles. Los historiadores de esa época estiman que más de 10.000 personas perdieron sus medios de vida, a menudo a causa de insinuaciones sutiles difundidas por la peligrosa red anticomunista que trabajaba por su propia cuenta. La proclamada imagen de la Seguridad Nacional permitió que cierta percepción de las cosas fuese más fuerte que la realidad. El subcomité de investigación aprovechó la cooperación voluntaria de empleadores que despidieron, a menudo sin la menor prueba, a todo empleado sobre el que planeara la sombra de una sospecha. El miedo sumiso, además, disminuyó el espacio de debate público sobre las restricciones dentro del país o sobre el cuestionamiento a la política exterior norteamericana. La primacía de la Seguridad Nacional por sobre la ley común debilitó las defensas democráticas del pueblo contra las ideologías oficiales.

El miedo que se insinuaba en el pueblo norteamericano fue igualmente manipulado para minar todo esfuerzo para continuar con el inconcluso programa de reformas sociales de Roosevelt (New Deal), como el seguro médico a escala nacional. Los políticos conservadores aprovecharon esta oportunidad para desacreditar a todos los que reclamaban cambios radicales en el statu quo. Deliberadamente, husmearonen los círculos profesionales de la vida pública, entre abogados, educadores, trabajadores sociales, responsables sindicales, allí donde podían germinar y desarrollarse fácilmente alternativas viables a los problemas sociales. A pesar de que el Senado de los Estados Unidos censuró severamente en 1954 al senador McCarthy, el FBI continuó en los años ‘60 y ‘70 practicando el sabotaje político, la vigilancia sin autorización y la desinformación en su programa COINTEL contra el Partido Comunista y los grupos considerados radicales16. El efecto producido por toda esa gente que perdía todo medio de subsistencia bajo la oscura acusación de haber criticado los programas sociales norteamericanos tan tristemente ineficaces, o de haberse asociado con otros que no compartían el punto de vista ortodoxo, tendió un pesado manto de conformismo social sobre la opinión pública.

Ni siquiera los ataques de personalidades destacadas en contra de esta proliferación cancerosa en el seno de la democracia norteamericana tuvieron efecto alguno. En 1950, el Congreso invalidó masivamente el veto del presidente Trumana la Internal Security Act de McCarran. Trumanconcluía que la ley que forzaba al Partido Comunista y a sus grupos avanzados a registrarse públicamente, era represiva, innecesaria y ridiculizaba al Bill of Rights. En 1952, el juez de la Corte Suprema William O. Douglas deploró las implicaciones peligrosas de un modelo de ortodoxia que moldeaba a la opinión pública:

El miedo ha conducido a cada vez más hombres y mujeres de cualquier condición ya sea al silencio, ya sea a la ortodoxia. El miedo aumentó –el de perder el trabajo, el de ser perseguido, el de ser puesto en la picota–. Este miedo ha uniformado nuestro pensamiento, ha estrechado el espacio del libre debate público y ha llevado a la desesperación a mucha gente pensante. Este miedo ha penetrado incluso en las universidades, esas grandes ciudadelas de nuestra fuerza espiritual, y las ha corrompido. Hemos visto a responsables de universidades prestarse a una de las peores cazas de brujas conocidas desde el principio de los tiempos17.

Dorothy Daycontra la violencia

Una pensadora radical que se negó a dejarse llevar por el miedo y que reaccionó con fiereza frente a la mentalidad de guerra orquestada fue Dorothy Day, una conversa al catolicismo romano, fundadora del Catholic Worker Movement; leía Politics y admiraba el pensamiento de Simone Weil. En un activismo coherente contra las medidas que propagaban la psicosis de guerra, luchó para que la gente tomara conciencia de los medios para promover la paz y la justicia social. Como percibía claramente los peligros que la bomba atómica hacía pesar sobre la vida misma, reforzó su oposición a la guerra y a los preparativos de guerra.

En los años ‘50, todos los sábados, exactamente a las doce del mediodía, en todos los Estados Unidos, las sirenas de la Defensa Civil ululaban para recordar a la gente que tal vez fuera necesario buscar refugio ante una aproximación enemiga. Aunque la gente continuaba con sus tareas cotidianas, sus cerebros registraban reiterada e inevitablemente la posibilidad de un ataque enemigo. Dorothy Day odiaba este ejercicio y las técnicas insidiosas utilizadas por el gobierno para crear una atmósfera de tensión sin correlato con la realidad. En 1955, cuando la ciudad de Nueva York ordenó la participación obligatoria en los ejercicios semanales de defensa contra las incursiones aéreas, Dorothy Day se negó a obedecer. Durante los cinco años siguientes, ella y sus colaboradores fueron regularmente llevados ante la justicia, amonestados y ocasionalmente enviados a la cárcel. Tratada como una delincuente común, tuvo que sufrir la humillación de ser desvestida, duchada, despojada de su ropa y de sus efectos personales y encarcelada con delincuentes peligrosos18. Finalmente, las autoridades, que comprendieron que no se dejaría intimidar, dejaron de arrestarla, tanto a ella como a otras disidentes. Poco tiempo después, las sirenas obligatorias de los ejercicios de incursiones aéreas se silenciaron.

Dorothy Day, como Simone Weil, creía que la verdadera libertad significa que los individuos deben poder pensar por sí mismos y luego traducir su pensamiento en acciones apropiadas. El pensamiento libre y las acciones que de él se desprenden están inextricablemente ligados con la dignidad de la persona humana. Day creía que Dios le hablaba a la humanidad a través de la belleza del universo y que nadie debía ser privado de los medios materiales necesarios para llevar su vida dignamente. También deploraba el desprecio creciente por la vida, inherente a las armas atómicas. En su último discurso público, en 1975, cuando se conmemoraba la destrucción de Hiroshima, dijo: “Dios nos ha dado la vida y la eucaristía para sostener nuestra vida. Pero nosotros le hemos dado al mundo instrumentos de muerte de una amplitud inconcebibles.”19

La disidencia nunca es fácil. Dorothy Day vivió de manera de poder prescindir de sus pocos bienes. McCarthy y sus secuaces no perseguían a quienes no podían intimidar. Preferían atacar a los débiles. Hoy en día se utilizan medios mucho más sofisticados para reducir la oposición. Los medios masivos de comunicación norteamericanos, poderosas herramientas para difundir noticias y lanzar debates, se han vuelto insípidos a fuer de inofensivos. La concentración de medios en manos de algunas poderosas sociedades que se apoyan en sólidos intereses financieros ha homogeneizado una programación que tiende crecientemente al más bajo denominador común. Un pequeño grupo de propietarios de grandes corporaciones ha decidido desde hace tiempo lo que el público debería leer, escuchar o ver. Mientras aparentemente hay más opciones posibles, en realidad las voces disminuyen cada vez más. Confundir la noción, antes clara, de propiedad pública de las ondas con servicio público, es hoy un objetivo prioritario de las altas finanzas. La nueva elite de los medios norteamericanos no tiene ninguna obligación, ni ningún interés en sostener lo más conveniente para el bien público. Para reducir costos, abandonaron las fuentes de información norteamericanas: cada vez menos corresponsales extranjeros son enviados en persona a los países que deben cubrir. De manera que las noticias extranjeras que llegan al público norteamericano suelen ser de segunda mano. Para la única superpotencia que pueda blandir semejante potencia militar, esto abre una peligrosa falla en la fiabilidad de la información destinada a los ciudadanos del país.

Los mediosy la democracia

La capacidad de los principales actores de los medios para dirigir la opinión pública nunca fue tan flagrante como durante la invasión a Irak, con un condicionamiento total del público para usar la fuerza con el fin de lanzar el último cambio de régimen du jour. Y en verdad, un número creciente de oyentes norteamericanos se volcó hacia la BBC para tener acceso a información menos trucada. Como ha escrito John Nicols en The Nation:

Las cadenas norteamericanas descalificaron toda oposición, cuestionando abiertamente la inteligencia y el patriotismo de quienes ponían en duda las “pruebas”... sobre las armas de destrucción masiva de Irak, y terminaron por caer en una cobertura entusiasta de las declaraciones presidenciales una vez que la guerra comenzó20.

Se hicieron muy pocos esfuerzos para explicar al público norteamericano ese contexto único, a la vez cultural, religioso e histórico de Irak, que hace mucho tiempo fue una civilización extraordinaria. En cambio, se dedicó mucho tiempo a las declaraciones vacías de la administración, a los eslóganes amarillistas y a las informaciones enteramente fabricadas.

El eslogan “Operación Libertad para Irak” fue repetido muchas veces, verbal y visualmente, sin tratar de entender jamás lo que implicaba o si los medios militares elegidos podían ser contraproducentes para un objetivo tan complejo y tan difuso. A lo largo de la guerra, se eliminaron sin ambages las notas sobre las miles de víctimas civiles iraquíes, así como las imágenes de las zonas bombardeadas. A los norteamericanos les resultaba difícil encontrar estadísticas sobre los resultados de las acciones militares.

Nada se hizo tampoco para que los norteamericanos comprendieran el impacto de las bombas de fragmentación que, de hecho, se transforman en una multitud de minas en el suelo, listas para explotar al menor contacto, causando la muerte o heridas graves a los civiles y a las fuerzas terrestres. Como Simone Weil predijo claramente, la imposibilidad de proteger vidas civiles cuando se despliegan semejantes armas de destrucción masiva se vuelve manifiesta. A pesar de que los militantes de International Human Rights formularon amargas acusaciones, que pasaron inadvertidas, contra el uso de bombas de fragmentación, no hubo literalmente ningún debate sobre este tema en los medios norteamericanos. Si la información hubiera sido completa, nadie hubiera podido ignorar cuánta ironía había en utilizar medios de destrucción masiva en una campaña destinada a “Ganar los espíritus y los corazones del pueblo iraquí”. La idea absurda de destruir para salvar aún circula.

Cuando el ataque contra el pueblo iraquí se volvió inminente, grupos de norteamericanos medios mostraron su oposición concentrándose en lugares públicos. Cada ciudad, grande o pequeña, vio en sus calles un gran número de manifestantes opositores al plan de utilización de la fuerza militar masiva contra el régimen iraquí. Sin embargo, los manifestantes sólo tuvieron derecho a una mísera cobertura mediática. Un debate completo sobre la extensiónde las opciones disponibles para contener al dictador Saddam Hussein, universalmente desacreditado, nunca fue apoyado por los caciques mediáticos, que ya se habían alineado con los poderosos conductores del país. Una vez más, como en la guerra del Golfo, el público tuvo que aceptar una invasión como un hecho consumado cuando vio a sus queridos jóvenes convertidos en militares y ya en camino para combatir al “enemigo”. Consecuentemente, todo cuestionamiento a la política de la administración norteamericana fue regularmente presentado como una traición y una falla en el apoyo debido a las tropas de los Estados Unidos21. Los ciudadanos que ejercen su derecho democrático a objetar se sintieron impotentes, tanto para actuar como para ser comprendidos.

Las imágenes molestas y dolorosas de las tácticas de la época de McCarthy reaparecían en el foro público. Los ciudadanos vivieron con amargura el hecho de encontrarse solos y abandonados por los dirigentes que supuestamente los representaban. En Nueva York, el 22 de marzo, la policía maltrató a los espectadores y arrestó a tantos opositores a la guerra como le fue posible, pese a que las autoridades judiciales habían autorizado la manifestación. Este no fue el único incidente en que la policía se asoció con los militares y la administración para arremeter contra el derecho del pueblo a expresar su oposición. Simone Weil escribe de manera insistente en Réflections sur la guerre que el gran adversario potencial de los valores del hombre sigue siendo el aparato estatal22. Hace notar que la guerra “perfecciona al aparato estatal23.

La libertad de pensamiento

Arthur Schlesinger Jr., premio Pulitzer, historiador, sociólogo y Asistente Especial del presidente Kennedy, insistió en un discurso universitario sobre el hecho de que un país en guerra no tiene ningún derecho a suprimir la libertad de pensamiento de sus ciudadanos. Antes de enviar a la juventud norteamericana a matar o morir en países extranjeros, dice, una democracia tiene el deber sagrado de permitir un debate completo y abierto sobre esos problemas. Cuestionó la afirmación del Procurador General de los EstadosUnidos, según la cual los que se atrevían a hacer preguntas sobre los actos de la administración norteamericana ayudaban y reconfortaban a los terroristas. Insistió sobre el hecho de que la actividad de los presidentes en tiempos de guerra no tenía nada de sacrosanto, sobre todo cuando la estrategia de Seguridad Nacional preveía que las guerras presidenciales proseguirían en un futuro lejano. Citó al presidente John F. Kennedy:

“Debemos pensar que los Estados Unidos no son ni omnipotentes ni omniscientes... No podemos enderezar todo lo que está torcido ni reparar todo lo que funciona mal... No puede haber una solución norteamericana para cada problema del mundo24

Es evidente que a quienes están en el poder les interesa limitar la función vital de las fuentes de información de la nación. El 2 de junio de 2003, los cinco miembros de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) autorizaron, por tres votos contra dos, la posibilidad de que las sociedades de televisión y de prensa compraran acciones suplementarias en las sociedades donde ya estaban bien implantadas. Lo que está de acuerdo con el concepto de Weil sobre la naturaleza humana: “Los que tienen funciones de mando se sienten con la misión de defender el orden indispensable para la vida social y no conciben otro orden posible que el que existe”. E insiste diciendo: “Mientras haya una jerarquía social estable, cualquiera sea su forma, los de abajo deberán luchar para no perder todos los derechos de un ser humano25.”

Y los dos miembros minoritarios de la Federal Communications Commision efectivamente lucharon: produjeron documentos escritos de oposición, protestando contra la decisión final. Uno de ellos escribió: “(El Orden) amenaza con degradar el discurso ciudadano y la calidad de la vida intelectual, cultural y política de nuestra sociedad... Nuestra democracia misma está en juego”. Los dos fustigaron la falta de atención que recibía la casi totalidad de la oposición pública. De los tres cuartos de millón de comentarios recibidos, que representaban grupos de interés público infinitamente diferentes, el 99,9% se oponía a los cambios de reglamentaciónpropuestos. El otro miembro de la comisión citó la máxima de un gran magistrado norteamericano, el juez Learned Hand: “La mano que gobierna a la prensa, la radio, la pantalla y las revistas de gran difusión, gobierna al país”. La estruendosa oposiciónde un público ultrajado atrasó, pero no detuvo la determinación de las sociedades de medios de aumentar sus beneficios al máximo; se sienten poco aludidos por el llamado de Einsenhower a una ciudadanía vigilante y esclarecida que encontrará los medios de permitir que la seguridad y la libertad prosperen juntas. Es dable preguntarse si el pueblo norteamericano habríasostenido esta guerra si los medios hubieran ofrecido un cuadro más fiable de la verdad.

Simone Weil había comprendido bien este tipo de situación:

“En todos los campos parecemos haber perdido las nociones esenciales de inteligencia, las nociones de límite, de grado, de mesura, de proporción, de vínculo, de relación, de condición, de nexo necesario, de conexión entre medios y resultado. Para limitarse a los asuntos humanos, nuestro universo político está poblado exclusivamente de mitos y de monstruos; sólo conocemos entes, absolutos.26

Dirigiéndose a los estudiantes de la universidad de Yale, J. F. Kennedy dijo: “El gran enemigo de la verdad, muchas veces no es la mentira... sino el mito”. El mito que actualmente se explota es la Seguridad Nacional, cuya definición no está clara.

La tecnología de la seguridad nacional

Simone Weil estaba profundamente perturbada por el hecho de que las nuevas y poderosas herramientas de la tecnología fueran puestas en manos de quienes desean tomar el control sobre los demás, herramientas que deshumanizan y destruyen. Sembrando el pánico, los hombres en el poder convencen a sus seguidores de renunciar a las libertades civiles fundamentales, que de otro modo no habrían abandonado. En la psicosis de guerra posterior al 11 de septiembre, los norteamericanos han dado al régimen todo el poder para instalar nuevas escuchas, registrar secretamente domicilios y oficinas y armar fichas personales a partir de datos provenientes de instituciones de enseñanza o financieras y de bibliotecas. La etapa siguiente propuesta es la de registrar en fichas la información genética de civiles inocentes. Una vez más, la justificación para estos atentados contra la vida privada del individuo es la seguridad nacional. Este importante bagaje de información reunida y ya accesible para la tecnología pone un terrible potencial de explotación en manos de gente sin escrúpulos. Esto se corresponde con lo que Weil había imaginado como “necesidades ciegas implicadas por el juego de ese monstruoso engranaje27.” Como sostenía William Pitt el joven en 1783: “La necesidad es una excusa para cualquier infracción a la libertad humana”.

En su ensayo Le Poème de la Force, Simone Weil observó que mientras los fuertes se sienten invencibles, avanzan olvidando todos los obstáculos que bloquearían su camino. Jamás sienten la necesidad de esa breve pausa para que el pensamiento aparezca y la prudencia sea reconsiderada. No toman en serio la idea de que la consecuencia de sus actos puede hacerlos sufrir a su vez. En virtud de lo cual, sobrepasan inevitablemente sus límites, porque “Donde el pensamiento no tiene lugar, la justicia ni la prudencia tampoco28.”

Sólo la gente misma puede resolver la deriva actual en una situación mundial precaria. A la clara percepción de la peligrosa línea de conducta debe seguirle, en primer lugar, la clara decisión de responder “No” a otras violaciones a los derechos humanos en el ámbito nacional y mundial. Los ideólogos de la política norteamericana proclamaron que habían esperado que el pueblo iraquí se sublevara y rechazara a un dictador sádico. Ese rechazo no se produjo, por muchas razones complejas y forzosas, pero esa espera muestra que los políticos reconocen el poder del pueblo. Weil nos recuerda que “Esos instrumentos (de destrucción) no arrancan solos y no es honesto denostar a la materia inerte por una situación de la que somos plenamente responsables...”29 E insiste sobre la necesidad de afrontar la realidad:

“A decir verdad, en el espíritu de los contemporáneos de Homero, el papel que le atribuimos a las misteriosas oligarquías económicas era desempeñado por los dioses de la mitología griega. Pero para empujar a los hombres a las catástrofes más absurdas no hacen falta dioses ni conjuras secretas. Con la naturaleza humana alcanza.”30

La fuerza, como afirmó Weil, sigue sus propias leyes impenetrables, pero no es invencible, así como el combate no siempre es decisivo para equilibrar la desigualdad de fuerzas. Podemos recobrar fuerzas siguiendo la conclusión a la que Weil llega en el ensayo Les Mots et la Guerre. Admite que la relación de fuerzas entre dos entidades será siempre cambiante. Según ella, tenemos el deber de aprender el modo de no admirar la fuerza “... discriminando muy bien lo imaginario de lo real para disminuir los riesgos de guerra sin renunciar a la lucha, de la que Heráclito decía que era la condición de la vida.”31 Diferenciar lo real de lo imaginario es una tarea mayor para los ciudadanos de todas las naciones, incluídos los del país más poderoso del planeta. Debemos reclamar nuestro derecho de propiedad sobre las políticas públicas proclamadas en nuestro nombre, apoyándonos resueltamente en la convicción de que el poderío material de los militares no es superior al poderío moral de las ideas.

Elizabeth J. Doering.
(University of Notre Dame)

1- Weil, Simone, Cahiers, VI 1, pág. 106.
2- Weil, Simone, Œuvres complètes, II 3, París, Gallimard, 1988, pág. 227.
3- Weil, Œuvres complètes, II 3, pág. 240.
4- El título en francés es “Ne recommençons pas la guerre de Troie” en la rúbrica “Le Pouvoir des mots”. Conservé el título tal como fue traducido por primera vez a los lectores de Politics. El resto es de Simone Weil.
5- Weil, Œuvres complètes, II 3, pág. 49.
6- Ibid, pág. 63-4.
7- Ambrose, Stephan, Citizen Soldiers: The US Army from the Normandy Beaches to the Bulge, to the Surrender of Germany, Nueva York, Simon & Schuster, 1998, cap. 14.
8- Schultheis, Rob, “Perilous Gardens, Persistent Dreams”, Sierra, mayo-junio 2003, pág. 30.
9- Bearak, Barry, “Unreconstructed”, The New York Times Magazine, 1 de junio de 2003, pág. 43.
10- Weil,Œuvres complètes, II 3, pág. 66.
11- Ibid, pág. 51.
12- Ibid, pág. 52.
13- Ibid, pág. 236.
14- Ibid, pág. 64.
15- Weil, Œuvres complètes, II 1, pág. 293.
16- Schrecker,Ellen, The Age of McCarthyism, St. Martin‘s Press, Nueva York, 1994, pág. 24.
17- Ibid, pág. 245.
18- Day, Dorothy, Writings from “Commonweal”,. Liturgical Press, Collegeville Minn, 2002, pág. 133.
19- Miller, William D., Dorothy Day: A Biography, , Harper & Row, San Francisco, 1982, pág. 513.
20- Nichols, John, “I Want My BBC”, La Nation, 12 de mayo de 2003.
21- Schlesinger Jr. Arthur, The Seattle Times, 22 de mayo de 2003.
22- Weil, Œuvrescomplètes, II 1, pág. 299.
23- Weil, Œuvres complètes, II 1, pág. 296.
24- Schlesinger, ibid.
25- Weil, Œuvrescomplètes, II 3, pág. 58.
26- Weil, Œuvres complètes, II 3, pág. 52.
27- Weil, Œuvres complètes, II 1, pág. 298.
28- Weil, Œuvres complètes, II 3, pág. 236.
29- Ibid, pág. 49.
30- Ibid, pág. 50-51.
31- Ibid, pág. 66.

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