DIÓGENES

NORTEAMÉRICA SIEMPRE CAMBIANTE: LAS UNIVERSIDADES

por RICHARD N. FRYE

Cada primavera, en los colleges y universidades norteamericanas, los estudiantes organizaban manifestaciones contra tal o cual medida del gobierno y solía suceder que las protestas continuaran, como ocurrió con la guerra de Vietnam. Si no había acciones o proyectos contra los cuales pudiesen volcar su rabia, las reivindicaciones de los manifestantes apuntaban a alguna organización internacional, como el Banco Mundial. Ante la ausencia de blancos precisos, se protestaba contra una determinada situación mundial, como el capitalismo o la globalización. En los últimos años, ambos sistemas fueron objeto de numerosos debates en los campus universitarios y el malestar contra la globalización se extendió mucho más allá del ámbito estudiantil, en particular a los grupos étnicos de los Estados Unidos que ven en ella una amenaza para la preservación de su identidad.

Como los Estados Unidos son el país más cosmopolita del mundo, compuesto por habitantes provenientes de los cuatro puntos cardinales, la cuestión de la preservación de la identidad étnica es particularmente sensible para los norteamericanos. El concepto arcaico de la Norteamérica del melting-pot pasó de moda hace mucho tiempo. Por el contrario, la necesidad de encontrar soluciones a la cuestión del lugar y del papel de estos pueblos, religiones y culturas en los EE.UU. y en el mundo, llegó a ser crucial para los estudios y la investigación en los establecimientos de enseñanza superior. No siempre fue así. Recordando lo que ocurría en una pequeña ciudad del Middle West antes de la Segunda Guerra Mundial, me siguen sorprendiendo la cantidad y velocidad de las transformaciones en todos los ámbitos –económico, cultural y social– en comparación con lo que ocurre actualmente. Se ha escrito mucho sobre la transformación de la economía, pero muy poco sobre otros temas, como la cuestión étnica.

Hace un siglo, mi padre Nels Freij emigró de Suecia a los Estados Unidos. Los servicios de inmigración le pidieron que se cambiara el apellido si no quería que lo ridiculizaran. Rápidamente se dio cuenta de que en una pequeña ciudad había que hablar en público sólo en inglés para evitar que se le hicieran observaciones descorteses. A mi madre sueca también la obligaron a hablar sólo en inglés. Con desdén, a los italianos se les decía dagoes, a los checos, bohunks (derivado de “bohemio”), a los franceses, frogs, y ningún grupo étnico estaba a salvo de la maldad de los que habían emigrado antes y se consideraban “verdaderos” norteamericanos. El signo de los tiempos era el rechazo del pasado, el aislamiento y lo que los alemanes llaman Gleichschaltung, adaptarse a la sociedad existente. La Primera Guerra Mundial ayudó muy poco a modificar esta actitud general, pero la avaló a partir de una convicción: la única preocupación de los norteamericanos debía ser la protección de sus relaciones comerciales con los otros países. Esto fue lo que sintió la mayoría de los norteamericanos, sobre todo en aldeas y el campo. El concepto de melting pot estaba en un pedestal como objetivo último de la sociedad norteamericana.

La Segunda Guerra Mundial produjo un cambio y una toma de conciencia porque los Estados Unidos habían sido atacados. Ya no tenían la sensación de hacerse cargo de las batallas de otros, pero en ese momento había que defender al país sin distinciones de clase ni de origen. Los norteamericanos debían trabajar con los aliados para asegurar la victoria. Sin embargo, los prejuicios y los resentimientos anteriores no habían desaparecido, como lo demuestra la reclusión de ciudadanos norteamericanos de origen japonés durante la guerra. Las tropas norteamericanas recorrieron el mundo y regresaron con un renovado sentimiento de poder, de rectitud y, especialmente, con el de una nueva identidad. Se habían vuelto a encontrar con primos y parientes que se les parecían y, pese a ello, no se los consideraba con desdén o desprecio. En realidad, habían encontrado sus raíces y estaban fascinados con el descubrimiento. El hecho de que los Estados Unidos se hubieran librado de la destrucción de la guerra no sólo les había hecho tomar consciencia de la posición privilegiada del país en el mundo, sino que además les daba un sentido de responsabilidad hacia esos otros que habían sufrido tanto. Este era particularmente el caso de los estudiantes veteranos que siguieron masivamente sus estudios gracias a la ley de becas para los ex combatientes (GI). Se trataba de una innovación en la enseñanza norteamericana, puesto que nunca tantos jóvenes en la historia del país pudieron recibir una buena educación. El resultado fue un cambio general de actitud hacia el mundo: ¡Basta de aislamiento! ¡Viva el compromiso!

Todo esto dio lugar a la fundación de las Naciones Unidas en San Francisco, al plan Marshall y a una relación distinta con el resto del mundo. Ahora, los norteamericanos podían ser igualmente tanto buenos norteamericanos como buenos alemanes, italianos o japoneses: la condescendencia del pasado había dado lugar a un nuevo espíritu de amistad y cooperación con los demás. Pero muy pronto, los disensos extranjeros llegaron a Norteamérica. Los judíos norteamericanos apoyaban a Israel, mientras que los árabes defendían Palestina; los irlandeses norteamericanos se vieron involucrados en los asuntos del Ulster; los croatas de los Estados Unidos defendían a sus compatriotas contra los serbios. La moderación y la claridad de los primeros tiempos de la posguerra se transformaron en conflictos étnicos y religiosos, a menudo mortales. Los norteamericanos conocieron entonces la desunión y la duda, situación que se agravó por la derrota en Vietnam y la caída de la Unión Soviética. Ante la falta de enemigos en el horizonte, los formidables progresos tecnológicos y económicos parecieron trazar el camino que se debía seguir para establecer una benévola hegemonía mundial norteamericana donde todos podrían servirse en el cuerno de la abundancia del bienestar económico, a condición de adoptar una democracia de estilo norteamericano. Ya no habría más guerras. El optimismo del siglo XIX –la ciencia y la tecnología no conocían límites y conducirían al brave new world– surgía otra vez con la recuperación del mercado bursátil.

Entonces llegó el 11 de septiembre y Norteamérica volvió a sus posiciones posteriores a Pearl Harbor. Un tipo de guerra nuevo e inesperado conmovió a todos y entonces empezó la búsqueda de enemigos y chivos expiatorios. Hubo muchos, tantos como para pensar que la buena voluntad y la caridad norteamericana habían sido dejadas de lado; había llegado el momento de estrechar filas contra el invasor y de unir a todos los ciudadanos en una guerra contra los terroristas y los países que los protegían. Los norteamericanos parecieron unidos, pero esta unidad no podía durar, como lo demostró la guerra en Irak. En general, los jóvenes apoyaban los esfuerzos internacionales, en tanto que las generaciones precedentes sostenían la supremacía de los intereses nacionales. ¿Cómo afectaron a los colleges y a las universidades de los Estados Unidos esos cambios sustanciales de actitud? Se podrían comparar nuevamente las situaciones pasada y presente, pero lo que importa es diferenciar a la intelectualidad norteamericana de los profesores universitarios.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, la intelectualidad norteamericana estaba concentrada en Nueva York y era improductiva en materia de ideologías o movimientos intelectuales, como el existencialismo de Sartre o la filosofía de Heidegger en Europa.Por el contrario, los escritores y artistas consideraban a Europa, sobre todo a Francia, como una tierra de asilo para los expatriados, sofocados por la atmósfera aislacionista de los Estados Unidos. Las universidades de elite –Harvard, Yale, Princeton, Chicago y otras– proponían centros de debate y de estudio, pero eran “torres de marfil” poco dispuestas a formar dirigentes para el “mundo real” de la acción y del triunfo. Francia, en cambio, ofrecía un remanso a artistas, músicos y escritores norteamericanos, tales como Ernest Hemingway, Joséphine Baker y antes James Whistler, cuyos nombres eran conocidos en Europa tanto o más que en los Estados Unidos. Mi vida personal me permite dar una idea aproximada de las universidades de preguerra.

Un año antes de que Hindenburg nombrara a Adolf Hitler como canciller de Alemania, en el liceo, además del latín, elegí el alemán como lengua extranjera optativa. Lo hice porque en la enseñanza superior norteamericana predominaban tanto los estudios alemanes como su metodología de estricta concentración en un tema.Después de mi examen de ingreso en la universidad de Illinois, en 1939, cuando cursaba el primer año de chino en la universidad de Harvard, el profesor preguntó si todos los estudiantes habían adquirido bases suficientes de griego y latín. Algunos osaron preguntar sobre la pertinencia de tal preparación, pero fueron ignorados. Luego, un estudiante preguntó tímidamente si íbamos a empezar pronto a aprender a hablar chino. El profesor, sorprendido, respondió: “Usted no viene a la universidad para hablar un idioma. Aquí sólo enseñamos los clásicos de la literatura. Si usted quiere hablar, debería seguir un curso de idioma en Berlitz”. Así era la enseñanza de las lenguas extranjeras antes de la Segunda Guerra Mundial. Se fomentaba la memorización en todas las disciplinas. Sin embargo, ya se presentían cambios en la universidad.

A partir de 1933, los intelectuales austríacos y alemanes empezaron a emigrar a los Estados Unidos; no sólo eran científicos de alto nivel, sino también personas con intereses vastos y múltiples. Algunos que adherían a una ideología socialista, comunista o religiosa, abrieron los ojos de muchos norteamericanos a través de su comprensión de temas económicos, políticos o culturales, que iba más allá de sus meros campos de interés y de su formación especializada. La influencia de los intelectuales europeos en los establecimientos de enseñanza superior en Norteamérica sirvió de catalizador, tanto para el desarrollo de diversas ideologías y creencias de movimientos políticos y sociales, como para el desarrollo de las ciencias exactas y humanas. En las universidades, los norteamericanos estaban abiertos a numerosas corrientes de pensamiento, pero esta influencia se limitaba principalmente a la elite universitaria y la desconfianza de las clases populares hacia los extranjeros no había cambiado mucho. Sin embargo, después de la guerra los programas de estudio de las universidades norteamericanas, hasta ese momento copias fieles de los europeos, sufrirían transformaciones rápidas y de gran envergadura a un ritmo bastante acelerado.

Al regresar de la contienda, los ex combatientes que terminaban sus estudios universitarios exigieron un enfoque más práctico de los cursos. Los antiguos programas debían modificarse y, en ciertos casos, abandonarse, porque no tenían ni tiempo ni ganas de extenderse en actividades que apuntaban a enriquecer el vocabulario y el conocimiento de los clásicos. Las universidades respondieron con la creación de nuevos campos de estudio: negocios, ciencias aplicadas y estudios sociales. En ese momento, la palabra clave era “estudios aplicados” y, por encima de todo, la línea directriz pertenecía a la tecnología. Sin embargo, este proceso no se realizó de un día para el otro, porque las facultades suprimidas debían ser reemplazadas por otras, científicas y más jóvenes, que querían abrir nuevos caminos y experimentar nuevos métodos. Los nuevos catalizadores del cambio fueron las becas de las ricas fundaciones recientemente creadas, más que las del gobierno que, por otra parte, siguieron las iniciativas privadas. Para citar un ejemplo, los departamentos de lenguas semíticas creados para estudiar la Biblia, fueron transformados en Estudios del Oriente Próximo, pero el dinero iba a los establecimientos de centros de negocios contemporáneos rebautizados “Estudios del Medio Oriente”, más involucrados en la política, el petróleo y la economía que en el estudio de los clásicos.Dicho de otro modo, el nuevo modelo de las universidades extendió sus competencias para incluir la investigación y el asesoramiento a la industria y al gobierno. Las torres de marfil se derrumbaron y una nueva filosofía pragmática empezó a reinar en las universidades.

Mientras que las universidades respondían a las necesidades del gobierno relativas a su expansión en el exterior, en la sociedad norteamericana se producían transformaciones internas que repercutieron rápidamente en los establecimientos de enseñanza superior. La cuestión crucial a la que se enfrentaba la gente del país era la desigualdad de razas y, en particular, la discriminación de los negros en los Estados del Sur. Fue famoso el movimiento por los Derechos Civiles de los años ‘50 dirigido por Martin Luther King Jr., pero un libro, Raíces, adaptado luego al cine, impuso una nueva denominación para los negros, llamados desde entonces afroamericanos. En las universidades, el África subsahariana concentraba toda la atención de Martin, pero a partir del éxito del movimiento por los Derechos Civiles, que consiguió, con el programa de Acción Afirmativa, el ingreso de mayor cantidad de negros en las universidades, esto cambió. Pese a que los orígenes africanos habían suscitado cierto interés, los nuevos departamentos de las universidades se referían más a los negros norteamericanos que a los africanos. Sin embargo, diferentes departamentos adoptaron el título de Estudios afroamericanos y la historia de los negros de Norteamérica se convirtió en su principal tema de estudios.

Otros grupos étnicos sacaron partido de esto, afirmando su necesidad de verse representados en las universidades, pero su accionar no consiguió un apoyo del gobierno tan importante como el que se le dio a los negros.Una de las primeras comunidades que salieron del ghetto para fundar cátedras subvencionadas en las universidades de elite fue la de los armenios. Actualmente, hay una docena de esas cátedras y programas en diferentes universidades norteamericanas dedicadas a la lengua, la historia, el arte y la arquitectura de Armenia. La Asociación Nacional de Estudios e Investigaciones Armenias impulsó esta iniciativa y sigue brindando información sobre temas armenios, en diferentes niveles, y a cargo de la comunidad. Sin pretender superarlos, a menor escala, los ucranianos crearon en la Universidad de Harvard el centro más grande de investigación y de enseñanza ucraniana fuera de Kiev. Otros grupos étnicos hicieron lo mismo, expresando la necesidad de representación en las universidades norteamericanas, de manera tal que los estudios étnicos forman parte de los programas de numerosas universidades.

Simultáneamente a las innovaciones como los estudios étnicos, proliferaron las escuelas preparatorias para los diplomas del primer ciclo, pero estos nuevos establecimientos eran, por entonces, profesionales. Las escuelas comerciales florecieron al igual que los centros de estudios políticos, como por ejemplo la gigantesca Escuela Kennedy de administración pública de Harvard. Por su riqueza sin parangón, esta universidad se convirtió a la vez en un modelo y en una fuente de estímulo para las demás. De este modo, la influencia del pragmatismo invadió todos los aspectos de la enseñanza y afectó el idealismo de los estudiantes. En el siglo XXI, la apatía empezó a reemplazar al activismo del pasado, porque los estudiantes debían preocuparse más por sus futuros medios de subsistencia, de modo que lo “políticamente correcto” sustituyó paulatinamente a la rebelión y al activismo de los años precedentes. Esto coincidió con otra tendencia que podría tener relación con las computadoras.

Con la invención de las computadoras, los métodos estadísticos se aplicaron a todos los ámbitos del pensamiento y la proliferación de términos tecnológicos produjo la aparición explosiva de una jerga en las ciencias sociales e incluso en las ciencias humanas. Según ciertos entendidos, el arte y la música podían analizarse con métodos estadísticos del mismo modo que las ciencias naturales. En lugar de ampliar la perspectiva de los intelectuales norteamericanos, la proliferación de campos del conocimiento condujo, por el contrario, a una focalización más estrecha que en el pasado. La tecnología aportó más especialización para que se formen expertos o sabios muy especializados que, fuera de su propia esfera de competencia, estén tan sometidos a influencias políticas o de otro tipo como cualquier otra persona. En otros términos, el intelectual del “Renacimiento” había sido relegado al rango de especialista en un campo cada vez más acotado. En los Estados Unidos, especializarse al máximo se convirtió casi en un motivo de orgullo. No produce vergüenza ignorar temas ideológicos o, de hecho, todo lo externo al propio campo de especialización. Los individuos que no entraban en este modelo eran considerados proscritos u originales.

La tecnología, la especialización y la objetividad absoluta eran los nuevos objetivos de la formación, tanto en los colleges y universidades como en los mercados financieros norteamericanos. Pero ¿qué ocurría en Europa? En las universidades, los profesores decían que las innovaciones de los centros norteamericanos de estudios superiores, como los departamentos y los seminarios de estudios femeninos y étnicos, no tenían ninguna posibilidad de crearse en sus establecimientos. Pero así como ocurrió con los fast foods, los centros comerciales y otros modelos del modo de vida norteamericano, que habían consternado a muchos europeos, las prioridades prácticas de la enseñanza superior norteamericana invadieron Europa y el resto del mundo. Así como la globalización del comercio dirigida por los empresarios norteamericanos se expandía por el mundo, el entusiasmo por la norteamericanización de las universidades era exitoso.

Finalmente, los universitarios “a la antigua” de todos los países estaban unidos en su desesperación por no poder detener la fuerza irresistible de la tecnología, la eficacia, la vulgaridad y las dimensiones globales que resultan de ellas. Pero, tal como lo sostenían los filósofos griegos a partir del siglo VI a. J.C., cuando afirmaban que los cambios son el destino de toda vida humana, numerosos observadores anuncian que ha comenzado a aparecer una reacción en los Estados Unidos y, tal vez, de la forma más aguda. Entre los estudiantes, frases banales dieron lugar a debates sobre el futuro desarrollo de la sociedad. “Esto no se computa (itdoes not compute)” significa que algo o alguien no llega a cuajar con el modelo de lo “políticamente correcto” y debería ser rechazado o desterrado. La pregunta de Bertolt Brecht: “Wo ist der Moral?” llevó a algunos a decir que los médicos ya no tenían pacientes y que los abogados ya no tenían clientes particulares, porque en ambos casos se trataba de una mera clientela comercial. Se ha afirmado más o menos cínicamente que Norteamérica era el país más democrático de la historia, porque todo podía reducirse a un único denominador común: el dólar. Europa, como otras partes del mundo, tiene sus aristocracias, sus clases y grupos sociales, pero los Estados Unidos poseían el patrón dólar. Un excelente atleta, artista, músico o cualquier otro, podía convertirse en aristócrata gracias al dinero. ¿Acaso esto no simplificaba la vida y no constituía la verdadera “democracia”? Tales fueron las recientes reflexiones de los jóvenes norteamericanos.

Muchos norteamericanos comparten la convicción de que todos los problemas se resuelven con dinero, porque el modelo que ofrecen al mundo entero es la oportunidad económica para todos. Para ellos, las empresas privadas son superiores a la burocracia gubernamental en todos los ámbitos, incluso si esto significa la supervivencia de los mejor adaptados. ¿Pero qué pasa con los desafortunados, los pobres y los inválidos? A ellos también los pueden tratar mejor las asociaciones caritativas privadas creadas con ese fin. Si utilizamos nuestras capacidades intelectuales y nuestro ingenio, la ciencia y la tecnología ligadas al crecimiento económico nos darán las llaves de la prosperidad. Si el resto del mundo siguiera el modelo norteamericano, tendría derechos a beneficios comparables. Desde otro punto de vista, la comercialización de todo en Norteamérica, incluídas las universidades, es cuestionada no sólo por extranjeros sino también por numerosos norteamericanos. Se podría responder a esto que reducir todo al patrón dólar es la mejor manera de asegurar la igualdad de los valores. Mejor aún ¿hay algo que valga más la pena que entrar en un sistema? ¿Puedo uno preguntarse si es más compatible con la democracia que con la autocracia? Más allá de esta controversia, existe, sin embargo, un llamado a la cooperación y a la asistencia mutua, en términos idealistas, que no es letra muerta entre los jóvenes. Podrían expresar lo que se debería hacer en el futuro de esta forma:

Nos guste o no, el mundo actual está interconectado como nunca lo estuvo en la historia, y tenemos que empezar a actuar de acuerdo a una ley mundial, una corte de justicia mundial, una fuerza policial mundial y, finalmente, un gobierno mundial, en el cual cada país o grupo étnico mantendría su identidad y su cultura. Pese a que en las cuestiones que conciernen al planeta, debemos adaptarnos a reglas universales, en nuestras vidas cotidianas, pertenecemos a una comunidad y a sus normas sociales y culturales. Debemos creer que el choque de civilizaciones no es real ni inevitable y preferir un choque entre individuos fanáticos. Este es el peligro que puede presentarse: el ascenso y la llegada al poder de dirigentes fanáticos que pretendan afirmar su posición y su poder a cualquier precio. Dejemos de guiarnos por las afirmaciones de Thomas Carlyle, según las cuales serían los individuos (es decir, los fanáticos) los que hacen la historia y dejemos de honrar la imagen idealizada de los conquistadores, como Alejandro y Napoleón, y más bien hagamos reinar la razón y la moderación. La ley no debería permitir a un primer ministro o a un presidente permanecer en el poder más de diez años. Si esta persona no está totalmente agotada y no aspira a jubilarse, es evidente que no está al servicio de su pueblo sino al suyo propio. Lo importante son las instituciones y no los individuos: lo que debería respetarse y honrarse es a la realeza y no al rey, a la presidencia y no al presidente. Al fin de cuentas, sólo la ley nos hará libres.

Es instructivo recordar las palabras de un rey de Esparta que, exiliado por su propio pueblo, huyó a la corte del rey de Persia que se aprestaba a invadir Grecia. El rey le pidió al espartano que le describiera la mentalidad griega y éste le contestó pidiendo disculpas por ofender, tal vez, a Jerjes: “Su Majestad, vuestros súbditos os temen más que a todo, pero los griegos le temen a otra cosa: a la ley, que está por encima de todo”.

Richard N. Frye
(Asian Institute, Estados Unidos)

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