DIÓGENES

PSICOANÁLISIS Y TRAUMA: REFLEXIONES SOBRE EL 11 DE SEPTIEMBRE

por GERARD FROMM

El 9º día del 11º mes del año 2002 (11/9 en la escritura abreviada de la fecha), un centenar de personas, en su mayoría psicoanalistas clínicos del campo de la salud mental, se reunieron en el New York City Medical Center durante dos días en un coloquio sobre “El 11 de septiembre: Reflexiones psicoanalíticas, un año después”. El coloquio estaba auspiciado por las cinco sociedades neoyorquinas de la Asociación Psicoanalítica. Dos días de conferencias dejaron diversas enseñanzas que parecían surgir del trabajo clínico de crisis realizado con muchas personas traumatizadas después del atentado del World Trade Center

Un año después, a algunos kilómetros del Ground Zero, por invitación de dos colegas psicoanalistas de Nueva York, me tocó discutir en un panel tres monografías relativas al análisis del trabajo clínico realizado después del 11 de septiembre. Me sentí a la vez honrado y sorprendido por este pedido. En efecto, trabajo en un pequeño hospital psiquiátrico (AustenRiggs Center)a tres horas de automóvil al norte de Nueva York. Después de haber leído las monografías, sentí admiración y hasta un temor respetuoso ante el trabajo de los panelistas: es que experimentaba lo mismo que las personas de quienes se hablaba en las presentaciones y que justamente ese día no habían ido a trabajar. Me puse a hacer el trabajo que me pedían, con la vergüenza y la culpabilidad del sobreviviente. Desde mi refugio protegido de los Montes Berkshires, en el oeste de Massachusetts, dudaba en discutir ese trabajo. No había estado ahí y me sentía sin derecho a hablar.

Pero me habían invitado una vez más y eso debía de querer decir algo, tal vez, vinculado con el lugar de donde vengo: un pequeño hospital dedicado a la psicoterapia analítica de las psicosis, una práctica con pacientes aquejados por problemas psiquiátricos crónicos graves, en un hospital especializado en psicoterapia analítica de la psicosis, una larga experiencia como director del programa de comunidad terapéutica abierta de este hospital, situado en la Norman Rockwell´s Main Street, y mi actual función de director del Instituto Erikson para la Educación y la Investigación. El Instituto trabaja en la investigación y la enseñanza de los nexos entre el tratamiento psicoterapéutico intensivo realizado en el hospitaly el contexto social más amplio de la vida de nuestros pacientes y de la nuestra.

La obra de Erikson1 y, en particular, su trabajo sobre la identidad, se centró sobre el punto de encuentro entre el desarrollo emocional del individuo, el momento histórico yel contexto de la sociedad en que vive. Tal vez esa gente de Nueva York haya percibido mi lugar de trabajo –el hospital, su funcionamiento como comunidad de la que he sido responsable durante muchos años, su ubicación en un ambiente campestre que lo convierte en lugar de vacaciones o de quintas para numerosos neoyorquinos– como un lugar de refugio; y mi invitación estaba dirigida, más allá de mí mismo, a ese productor de sentidos cuyo nombre lleva mi instituto: un aventurero benevolente, abierto al encuentro entre culturas.

Por nuestra parte, el 11 de septiembre de 2001, a la una de la tarde, habíamos organizado una asamblea general especial del hospital: todos los pacientes, todo el equipo de terapeutas y todo el personal de servicios estaban invitados a participar. El hospital es un servicio psiquiátrico completamente abierto para pacientes a quienes no les ha servido otro tipo de tratamiento. Por abierto quiero decir que en nuestro programa de tratamiento no hay puertas cerradas con llave, ni contención, nisistemas de recompensas incitativas. Los propios pacientes toman la responsabilidad de asociarse a la empresa de sus tratamientos. Aceptan responsabilizarse, con nuestra ayuda, de su propia seguridad y de ayudarnos así a administrar la vida del hospital. En este proceso, examinan cómo se articulan con esas tareas, lo cual les resulta útil para comprender los problemas que los han llevado al hospital.

Las asambleas generales del hospital tienen lugar una vez por mes, co-dirigidas por el Director Médico y por un paciente elegido por ocho semanas como líder de la comunidad terapéutica. Pero esta reunión de crisis especial fue convocada por el Director Médico para informar al conjunto de la comunidad las últimas novedades. Comenzó literalmente con un resumen de las informaciones disponibles sobre los atentados y sus consecuencias; también era cuestión de estar juntos e intentar asimilar el golpe. Recuerdo la plegaria pronunciada como ofrenda al grupo por un nuevo paciente considerado hasta ese momento como potencialmente explosivo: escrita a las apuradas, pero bella y emocionante. Nos volvimos a apropiar de todas las angustias de agresión que los demás habían proyectado hasta ese momento en él, con calma, como si fueran nuestras, o tal vez las desplazamos más lejos, sobre los autores del atentado. De modo que este hombre, de pronto, fue reconocido como miembro estimado de la comunidad.

Recuerdo también la explosión muy real de un vidrio, tres días más tarde: una mujer joven, enfurecida, había roto la gran ventana de la escalera a la salida del consultorio de su terapeuta, que también estaba preocupado por todo eso e impaciente. Ella había abierto un agujero en el edificio y puso potencialmente en peligro a cualquiera que hubiera podido pasar por allí. Como si su comportamiento dijera de manera inconsciente, según la sugerencia de uno de los participantes: “El terrorismo está aquí, afróntenlo, hagan algo”. Hicimos algo examinando su acción en el contexto interpretativo de esa semana particular y preguntándonos qué significaba el hecho de que una de nuestras pacientes, en micro escala, hubiera dado una imagen especular del atentado contra un edificio en Nueva York. Pero, asumiendo prioritariamente la tarea de dar un sentido al comportamiento de nuestra paciente, teníamos, al mismo tiempo, que atender al hecho de que ella también era integrante de nuestra comunidad. Por lo tanto, insistimos en que hablara con la comunidad sobre lo que había hecho. Una de las cosas que dijo fue: “Yo no pensaba que el vidrio se iba a romper”.

Lo que me impresionó también en esta paciente borderline-borderline en el sentido de que el paciente representa a la persona con quien trabajamos y a la persona que, en cierto modo, habita en todos nosotros– es que vive en lo que Lacan3 llamaría el orden de lo Imaginario: adentro de una burbuja que contiene la realización imaginaria de sus deseos. Esta paciente da por sentado que el vidrio no se romperá y, sin embargo, necesita saber que sí se va a romper –en realidad, ella necesita, si es verdad que salió para vivir enel único mundo que tenemos a nuestra disposición, encontrar la línea fronteriza, la borderline entre los deseos y la realidad.

Dos meses después del espejo roto del 11 de septiembre, organizamos una reunión abierta para la gente de la comunidad de nuestra ciudad de Stockbridge para hablar entre todos sobre el impacto del terrorismo sobre la vida cotidiana. Para nuestra sorpresa, vinieron cincuenta y cinco personas en una noche oscura de noviembre y hablaron durante dos horas sin parar. La reunión comenzó con una joven que se sentía culpable por haberse ido de Nueva York con sus hijos y que sollozó porque el miedo la había hecho traicionarsus lazos de lealtad. Luego intervinieron los de la generación de la Segunda Guerra Mundial: estaban decepcionados de este mundo al que habían tenido la esperanza de hacer más seguro para sus nietos. Después, los maestros, que veían los esfuerzos de sus jóvenes alumnos por incorporar ese desastre, pero que, en el clima súbitamente politizado de sus escuelas, no se sentían autorizados a facilitar y ni siquiera a observar el proceso.

Dos meses después, uno de mis pacientes pidió que su alta del hospital un poco bruscamente con respecto a lo que estaba previsto. Lo que de ninguna manera se había previsto fue cómo la familia cambió su visión de las cosas. En la primavera de 2001, este estudiante le dijo a su madre goodbye –no goodnight (buenas noches)– y luego saltó por la ventana de su departamento, en un séptimo piso. Sobrevivió y fue hospitalizado por su padre, que era el director general del hospital. Ante este horror, su padre reaccionó endureciéndose en un alejamiento defensivo hasta el 11 de septiembre, hasta esa imageninolvidable de gente saltando desde lo alto de las torres. A partir de ese momento, este hombre poderoso entró en una depresión que cambiaría su vida, porque necesitó la ayuda de su hijo y él se la procuró –no sé si para bien o para mal a largo plazo–.

El 11 de septiembre tuvo repercusiones hasta en Berkshires. Recientemente, dos viejos amigos de nuestro hospital, Françoise Davoine y Jean-Marc Gaudillière, ambos psicoanalistas de París, presentaron un trabajo clínico que será publicado el año próximo, bajo el título de History beyond Trauma (La historia más allá del trauma). Están convencidos de que psicosis y trauma van juntos y de que un paciente psicótico realiza, a través de su locura, una búsqueda sobre la ruptura entre su familia y el tejido social, una ruptura hecha de trauma y traición. Este trabajo vincula muy fuertemente el campo clínico con lo histórico y lo político. Una paciente le decía recientemente a uno de ellos, haciendo referencia a su experiencia, real, de la mafia de Medio Oriente y a su experiencia, psicótica, de diosa del propio Medio Oriente: “Yo estaba en el infierno; ahora les toca a los Estados Unidos”.

La primera panelista que intervino en el coloquio sobre el 11 de septiembre, la Dra. Martha Bragin4, describía el infierno que corresponde al Real lacaniano, el infierno de la experiencia bruta de un horror impensable, que destruye no sólo el espejo de lo Imaginario sino también el orden de lo Simbólico –el orden del relato, del lenguaje, de la ley, de la metáfora–. Ilustraba lo que Cristopher Bollas5, en su artículo “El trauma del incesto”, calificó de “inversión topográfica”: la destrucción de una mente aterrorizada que ve deshacerse su manera habitual de manejar sus deseos y sus impulsos, frente al hecho de que ya ha entrado en el ámbito de lo real. Como explica Bollas, la actualización por el otro de las pulsiones prohibidas del sujeto “electrifica el proceso del sueño” y crea así en la persona terror a dormir. El sujeto traumatizado no puede encontrar reposo.

La Dra. Bragin señalaba la “terrible transferencia” que existe entre los actos de los terroristas y las fantasías, los sentimientos e impulsos de nuestra infancia: esta transferencia, sostiene, es esencial para que algo sea traumático. Lo que se nos ha hecho incide sobre lo que podríamos desear hacer nosotros mismos, y pensarlo nos resulta absolutamente insoportable. Con Bollas, la Dra. Bragin plantea implícitamente un interrogante más complejo: ¿cuál es el destino de la represión en nuestra sociedad y cuáles sus consecuencias en términos de des-represión? Por ejemplo ¿en qué medidalos problemas de la Iglesia Católica con respecto a los abusos sexuales cometidos por sacerdotes están vinculados con la imposibilidad de cualquier tipo de represión sexual en la cultura occidental de hoy en día? Del mismo modo que los atentados atacaron los impulsos agresivos que reprimimos para garantizar nuestra seguridad, así una cultura que gira alrededor del sexo actúa de manera traumática sobre la necesaria represión sexual de los sacerdotes –y de otras culturas religiosas también–.

La Dra. Bragin explicaba que la incapacidad de sostener lo que Melanie Klein6 llama una posición depresiva –es decir, adueñarse de la violencia propia frente a la extrema violencia de los demás– nos empuja hacia los peligros mucho mayores de la posición paranoide-esquizoide, es decir, a una escisión (splitting) por la cual vemos en nosotros mismos sólo el bien y que nos hace actuar para purificar al mundo del mal “que nos es exterior”. Según el comentario de Erikson:7 “Cuando el ser humano pierde la esperanza de obtener una integridad esencial, se reestructura a sí mismo y al mundo, refugiándose en el “totalismo. Se establece entonces una frontera absoluta: nada de lo que pertenece al interior debe ser dejado en el exterior, nada de lo que debe estar en el exterior puede ser tolerado en el interior”.

¿Cómo podemos vivir en un mundo donde ya todos conocemos al “culpable secreto”? La Dra. Bragin lo expresa en estos términos: “No hay pesadilla, por terrible que sea, que no pueda ser puesta en actos” o bien filmada (el comercio de la pesadilla por parte de los medios fue un tema recurrente de las tres monografías). Con respecto a la tarea de los terapeutas, la Dra. Bragin escribe: “Algo nuevo que puedo agregar (destinado a los terapeutas) es alentarlos a evocar los significados inconcientes que estos acontecimientos exteriores, en lo que respecta a los sentimientos y a los impulsos del sujeto, suscitaron en ellos.” Es más fácil decirlo que hacerlo y, además, resulta potencialmente desorganizador para una persona traumatizada. Esto me planteó una preocupación: ¿hasta qué punto necesitamos la seguridad del marco y de la relación terapéutica para producir trabajo terapéutico? Frente a una destructividad que golpea al azar, la tendencia natural es organizar, aun si la escisión entre el “bien-en-el-interior” y el “mal-en-el-exterior” constituye en realidad una forma de organización peligrosa y regresiva. Porque localizar el peligro en un solo grupo, en una sola idea o en una sola imagen, corresponde a este tipo de organización.

La Dra. Bragin contó una historia real: la de adolescentes obligados a pelear en Afganistán del lado de un “señor de la guerra” y luego de otro. Se los expuso a una extrema violencia y a veces tuvieron que realizar la tarea espantosa de recoger los cadáveres despedazados para enterrarlos. Pero, en realidad, la única imagen que aterrorizaba a estos muchachos era la de un león rondando por el espacio salvaje que constituía una amenaza para su trabajo: un león que casi seguramente no existía. Discutieron para establecer si ese león era musulmán y si, por lo tanto, tenía prohibido comer carne humana, pero llegaron a la conclusión de que era “ignorante” y que, por lo tanto, podía comer cualquier cosa. “¡Por eso nos gusta tanto ir a la escuela!”.

Esta historia sugiere queel “león” del Islam aquí representado por los señores de la guerra puede degenerar hasta comerse a sus propios hijos bajo el impacto de un trauma social generalizado. Esos seres humanos con autoridad –inmersos también en una violencia que golpea al azar– traicionaban sus principios de todas las maneras posibles, incluso infligiendo a esos muchachos un abuso condenado por la religión, y ellos sentían la traición. Sin embargo, no podían admitirlo concientemente y, en cambio, sentían que las infamias que veían comprometían su propia entrada en el más allá. Pero se aferraban también a la esperanza de adquirir capacidad para leer la palabra del Profeta y escapar así de la ignorancia que daba carta blanca a semejante brutalidad. Tal vez, para ellos, el Corán haya sido lo que mis amigos franceses llaman una “contraseña”,la esperanza muy profunda y arraigada en un significante que permita, en cierto modo, encontrar el camino en el orden Simbólico de la ley y del sentido, necesario para la vida humana y destruído por la exposición a la extrema violencia.

Esta historia me recordaba el libro de Jonathan Shay, Achille au Vietnam.8 Jonathan Shay trata a los traumatizados veteranos de guerra leyéndoles la Ilíada y advierte que el principal factor de trauma es haber sido abandonados y traicionados por la autoridad legítima de la cual dependían. Las consecuencias que se deducen de esto para el tratamiento de tales traumas podrían permitirnos ir más allá de una interpretación en términos de vida interior, hacia algo como el acto de testimoniar, y luego, como tal vez sugiera la última historia de la Dra. Bragin, hacia la escritura de una historia censurada o desaprobada oficialmente.

La discusión del caso Paul de la Dra. Bragin ilustraba claramente la pérdida de límites en una persona traumatizada: Paul sentía que “respiraba los cuerpos” en el aire de Nueva York del post 11 de septiembre. Adolescente afroamericano rebelde antes de ese día, se quiebra emocionalmente después del atentado. No podía comer ni dormir, estaba obsesionado por el “mal” que representaban los autores de los atentados. Parecía decidido a afirmar que esos terroristas vengadores “no eran yo” (not-me), negando febrilmente en ese proceso, no sólo sus propios sentimientos de rabia, sino también un papel histórico que pudo haberse asignado inconcientemente.

Cabe señalar que la madre de Paul, en algún momento había sido testigo del cuasi linchamiento de su propio padre y que inconcientemente, había depositado en su hijo el deseo de vengar esa horrible injusticia. La pérdida real de límites que amenazaba a Paul se situaba entre la parte de sí mismo que podía desear hacerse cargo de esa tarea inconciente y los vengadores extranjeros que llegaron en los aviones, que la habían cumplido en la realidad. El esfuerzo de Paul para restablecer el equilibrio con respecto a su obsesión consistió en transformar su rabia en indignación (outrage) y la venganza en justicia. Desde el punto de vista de la historia social, coincidía con la reivindicación del movimiento de los derechos civiles. Me preguntaba si Paul sabía que, de hecho, se había convertido en un miembro de ese movimiento y por qué, en la historia de su propia familia, ese era un combate honorable. En la medida en que no lo sabe, en la medida en que sufamilia se reactualiza inconscientemente, Paul se vuelve vulnerable a la “terrible transferencia” que existe entre el trauma del 11 de septiembre, sus propios sentimientos de rabia –que niega– y el contexto histórico en el cual esos sentimientos cobran sentido.

La Dra. Susan Coates9, que intervino luego, compartía mi preocupación con respecto al marco en el que el niño se desarrollaba y también al marco terapéutico del tratamiento. Se trata de lo que Winnicott10 llamó el holding environement(un entorno capaz de sostener al niño) y su relación con el trauma: “Los niños cuyos padres no saben cómo reaccionaron sus hijos después del 11 de septiembre, tienen once veces más probabilidades de sufrir trastornos de comportamiento entre los 6 y los 11 años y cuatro veces más entre los 12 y los 17 años”, según uno de los estudios que ella consultó.

La Dra. Coates y yo recordábamos el estudio de Anna Freud y Dorothy Burlingham11 (1942), titulado La guerre et les enfants. En los refugios contra los bombardeos de Londres, los niños cuyas madres decían “No te aflijas, vamos a estar bien” se sobrepusierona esta experiencia con menos traumas que aquellos cuyas madres no podían contener suficientemente su ansiedad como para tranquilizarlos convincentemente. Desde cierto punto de vista, tranquilizar era completamente delirante. Pero desde otro, en un sentido exactamente winnicottiano, lo que Freud llamó la protección contra las excitaciones, para Winnicott se transformaba en la necesaria ilusión de omnipotencia del niño en un entorno materno confiable, una experiencia creativa esencial para el desafío mismo del desarrollo, que consiste en soportar las tensiones entre el mundo interior y el mundo exterior.

La Dra. Coates contaba la historia, que partía el alma, de una chiquita cuyo padre había muerto en el piso 104º del World Trade Center: decía que su abuela “había visto algo en su cuarto. Había visto un ángel. Se parecía a una mariposa. Eso me dio ganas de dibujar una mariposa. Tal vez la llame ángel-mariposa. Creo que la mariposa es papá”. Un papá-ángel-mariposa, vivo, bueno y capaz de volar, la creatividad de una niña que conserva a su padre con vida, con ella, cerca de una abuela que la ama. Me hizo pensar en una imagen que me sostuvo después del 11 de septiembre. Otra chiquita –cuya sala del jardín de infantes situado en la vereda de enfrente, estaba desarrollando un proyecto de Estatua de la Libertad– hizo un dibujo dos días después del 11 de septiembre: la libertad tenía en sus brazos dos torres gemelas bebés –madona winnicottiana que no solamente no olvidaré jamás, sino con la cual, espero, nunca perderé contacto. Este sentido de la unión restaurada es lo que protege y cura.

En su trabajo con los niños, la Dra. Coates y sus colegas subrayan que las reacciones del niño deben considerarse normales, que de lo que se trata es de contener sus sentimientos más que de explorarlos y, en el momento preciso, promover la identificación con el ser querido que ha perdido. El fenómeno que ella y sus colegas encontraron frecuentemente, el del chico que sabe y no sabe, se parece a la creación tan natural por parte del niño de un espacio intermedio entre la realidad objetiva de la pérdida y su experiencia subjetiva de una presencia posible. Es lo que Winnicott12 llamó un “espacio transicional”, tanto para el niño como para el adulto que todavía no puede soportar el sufrimiento por lo ocurrido.

En un trabajo posterior, Winnicott13 hace una observación paradójica: “Este acontecimiento del pasado todavía no ocurrió porque el paciente no estaba allí para que le ocurriera.” Permítasenostransformar esta proposición para sugerir lo siguiente: el hecho de que el niño pueda experimentar como realidadlo que en un nivel psíquico diferente sabe que es real y que ya ha ocurrido, depende de la presencia emocional del otro; hasta allí el niño guarda la experiencia potencial como en un fondo fiduciario, donde la confianza reside no sólo en el hecho de que una figura parental llegará, como presencia apta para facilitar su desarrollo, sino también en la certeza de que si esta persona todavía no llegó, es porque también ella debe de necesitar a alguien con quien hacer la experiencia de lo que el niño guarda en depósito.

La historia de María que nos contó la Dra. Coates ilustra claramente cómo un niño guarda en ese tipo de depósito, no sólo su terrorífica experiencia, sino también la de sus padres. Esta niña de tres años, que todas las noches sufría pesadillas incesantes, llenó un cuaderno con garabatos de rojo vivo, amarillo y negro, describiendo así los edificios que se habían incendiado. Su familia había visto la destrucción de las torres por televisión y al principio creyó estar viendo en directo la muerte del padre de María. Pero él estaba vivo y María dibujaba exactamente lo que había ocurrido cuando el padre ya había escapado de la catástrofe: había respirado humo y escombros en llamas habían caído sobre él. “Tiene las marcas del fuego en los brazos”, decía ella.

En realidad, el padre de María no había estado en el World Trade Center ese día. Efectivamente, era cocinero en el restaurante del último piso, pero había intercambiado los horarios con un compañero para hacer unas diligencias. Las marcas de quemaduras en sus brazos eran antiguas y producto de salpicaduras de aceite hirviendo. Había sufrido una fuerte impresión cuando tomó conciencia de que María creía que él podía haber muerto en la catástrofe y de que había perdido contacto con su hija. La angustiante culpabilidad del sobreviviente lo había llevado a verse sitiado constantemente, pero en completa soledad, por poderosas imágenes sobre cómo habría muerto su amigo ese día, imágenes que aparecían en sus propias pesadillas.

“De modo que lo que su hija dibuja son sus sueños”, le dijo el Dr. Schechter, colega de la Dra. Coates, poniendo de este modo en contacto emocional al padre con la hija. En un nivel simple pero profundo, el Dr. Schechterfuncionaba como “Tercero”14 de una pareja padre-hija que se encontraba en estado de transferencia inconciente, pero peligrosamente aislados uno del otro. Esto me lleva a recordar las observaciones de un Papá Noel en la vereda de la 5ª Avenida, acerca de los cambios de actitud que notaba durante las vacaciones de Navidad de 2001. “Ya nada es normal aquí. Los padres no quieren soltar a sus hijos de la mano. Los chicos lo sienten. Sus reacciones hacia Papá Noel no son naturales. Aquí hay angustia, pero los chicos no pueden hacer la conexión.”Este hombre sagaz advertía un doble mensaje extremadamente fuerte en la actitud de los padres. Conciente y verbalmente, el primer mensaje era: “Aquí esta Papá Noel, ámalo”. Corporal e inconcientemente, el segundo mensaje era: “Aquí está Papá Noel, témele”. El trauma sin nombre del 11 de septiembre pasó a la generación siguiente a través de un apretón en la mano y alguien como ese Papá Noel se encontró en la posición del Tercero para ver y nombrar ese desorden.

La Dra. Coates y sus colegas ilustraron con ejemplos intensos esos inconcientes sintonizados. Los niños sintetizan naturalmente, sin poder evitarlo, la información que importa. El sentido que tienen de sí mismos puede entrelazarse con las proyecciones inconcientes de sus padres –por ejemplo, cuando el niño funciona como un símbolo del deseo de los padres de no saber nada y, así, permanecer inocentes ante semejante horror, o cuando el niño rompe ese contrato no negociado con recuerdos emocionales de pérdida que molestan a sus padres y hasta revelan el trauma de estos últimos–. Esta era, entre otras, una de las sugerencias de la monografía de la Dra. Coates sobre los mecanismos a través de los cuales una generación transmite la herencia del trauma a la siguiente.

Los padres cuidan a sus hijos. El propio verbo to mind connota el cuidado espiritual del niño durante su desarrollo. Cuando los padres pierden la razón en circunstancias de infortunio extremo, los datos del informe de la Dra. Coates sugieren que son los niños los que cuidan a sus padres. La pregunta crítica es si el padre puede escuchar la interpretación del niño, una interpretación dada en un dibujo, una pesadilla o un comportamiento turbulento. La función del terapeuta como Tercero –que tal vez reemplaza a otro Tercero, si uno de los padres ha desaparecido– consiste en ayudar al padre a ocupar ese lugar y a hablar con su hijo, restableciendo así el entorno de contención(holding environement) para toda la familia.

En la tercera conferencia, la Dra. Lauren Silverman15 continuó desarrollando el tema de qué es lo que mantiene en el sujeto el sentimiento de cohesión y de estabilidad interna después de un trauma. Ella y su colega compararon y diferenciaron dos experiencias terapéuticas: la realizada con los sobrevivientes al atentado con explosivos contra la embajada norteamericana en África Oriental y la vinculada con los sobrevivientes del 11 de septiembre. La Dra. Silverman planteaba el desafío siguiente: cómo proveer estructuras y tratamientos aptos para contener emocionalmente a personas sumidas en sentimientos de caos y lograr que estas estructuras y tratamientos respondan ante situaciones no habituales, bajo la responsabilidad de “terapeutas-Proteo”. En cierta medida se trataba de cuestiones relativas a las aplicaciones de la teoría y a proyectos de tratamiento.

En enero de 2002, o sea cuatro meses después de los atentados, yo formaba parte del equipo de la Conferencia sobre las Relaciones Grupales. En esas conferencias, donde hay mucha gente y que no se realizan muy a menudo, existe una estructura, la Institutional Event: los participantes (en este caso, cuarenta personas) son invitados a separarse en pequeños grupos, de acuerdo a sus intereses. El objetivo es estudiar bajo diversos ángulos cómo funcionó la conferencia (por ejemplo, cómo se ejerció el liderazgo, o cómo se lo utilizó en relación con los géneros o las razas). Después de indicárseles la tarea que deben realizar, los participantes quedan librados a su propia iniciativa y, normalmente, la reunión comienza con un momento de silencio, de confusión, de angustia, de frustración, de risas, de luchas por el liderazgo, de maniobras de poder, seguido por un movimiento de fragmentación, a veces impulsivo, que los lleva a repartirse en pequeños grupos. Este año funcionó de otro modo: en pocos minutos, los participantes salieron de la sala explotando en pequeños grupos, como si el espacio público se hubiera vuelto, inconcientemente, el “Ground Zero”. Las apenas siete personas que se quedaron en lo que sintieron como las ruinas, decidieron espontáneamente analizar los efectos del 11 de septiembre en la conferencia. Evidentemente, era un impulso que experimentaban en representación de todos.

En este tipo de conferencia, lo que contiene la angustia de los participantes y les permite reunirse y aprender, con una profundidad emocional conmovedora, es la estructura del proyecto y el proceso emocional sostenido del equipo. El trabajo, producido por el Instituto A. K. Rice, auspiciante de estas conferencias y por su organización-madre, el Instituto Tavistock de Londres16, puede proporcionar indicaciones sobre las cuestiones metodológicas planteadas por la Dra. Silverman, en particular las referidas a la necesidad de estructuras confiables, a la distribución prudente de las tareas y funciones y al poder de la dinámica inconciente del grupo.

La Dra. Silverman señalaba el carácter ilusorio de los criterios de diferenciación de las víctimas, cuando esa categorización se apoya en criterios “geográficos” (midiendo a qué distancia, próxima o lejana, se encuentra la víctima del “centro” del trauma), más que en variables subjetivas individualizadas (como el significado de la experiencia traumática en la historia de la vida del sujeto). Hacía hincapié sobre la “coherencia narrativa” –es decir, la capacidad del sobreviviente para contar claramente su historia, con los sentimientos adecuados– como “marcador” del proceso de integración psicológica de la persona traumatizada. Es una hipótesis interesante, pero dudo que su validez subsista cuando se la confronte con el problema de las culturas y de los géneros dentro del grupo. La Dra. Silverman advertía que su cultura desalentaba a los hombres de origen africano a verbalizar los efectos del trauma sobre sus propias vidas. Sus relatos mostraban entonces menos coherencia narrativa que los de las mujeres sobrevivientes: pero ¿acaso esto no refleja simplemente los diferentes métodos que maneja cada cultura para tratar experiencias traumáticas, según se sea hombre o mujer de origen africano?

También tengo ciertas dudas con respecto a la presentación del caso de un sobreviviente que habría logrado cierto grado de integración, de control y de dominio sobre su experiencia traumática. Después de la muerte de su madre, Roland Barthes escribía: “Se dice que el duelo, a través de su accionar progresivo, borra lentamente el dolor; yo no podía, no puedo creer tal cosa, porque para mí, el Tiempo elimina la emoción vinculada con la pérdida... y nada más. Todo lo demás permanece inmutable, porque lo que he perdido no es una Figura (la Madre), sino un ser, y tampoco un ser, sino una cualidad (un alma): la indispensable, la irremplazable17.”

Barthes se parece a esa gente de la cual la Dra. Silverman indicaba que presentan “el más alto grado de necesidad de que se la ayude” y que, sin embargo, se resisten a cualquier tratamiento. Pero la Dra. Silverman reconocía también, en la resistencia de sus pacientes, esfuerzos “de preservación del yo” (ego preservative), es decir, el esfuerzo del sujeto para mantener un equilibrio psicológico básico, negándose a dejarse traumatizar aun más por el hecho de recordar, aun cuando quien aporta esta nueva posibilidad de trauma sea alguien que desea ayudarlos. Con Barthes, tal vez, vemos sobre el mismo modelo los esfuerzos del sujeto para “preservar al otro”, el esfuerzo por aferrarse, de la manera más completa y más particular posible, a la persona que ha perdido. Muy en la línea de la amenaza de abandono que reside en el proceso de duelo, la Dra. Silverman describió a personas traumatizadas que trataban, en un estado “cercano al trance”, de “emitir una historia sin propietario (un-owned)” ni persona alguna para conocerlas, dirigida a “oyentes invisibles”. Lo cual, seguramente, constituye una disociación masiva como defensa contra un sufrimiento emocional insoportable, especialmente el que produce una pérdida irreparable y, en definitiva, la finalización de un apego vital. Pero es lo primero que hay que aceptar. El contacto con los muertos suele ser más importante que las relaciones con los vivos.

Uno de los miembros del “grupo del 11 de septiembre” de la Conferencia sobre las Relaciones Grupales era oriundo de Medio Oriente. Para estudiar los efectos del 11 de septiembre sobre la conferencia, permitió a los otros participantes que lo “calibraran (profile)”, es decir, que concentraran sobre él imágenes, proyecciones, modos de relación, en tanto a él se lo consideraba portador de peligro y de ajenidad. En un grupo de evaluación que se reunió luego, otros participantes se mostraron conmovidos por lo que él había permitido con semejante ecuanimidad. Le pregunté el significado de su nombre. Con una tímida sonrisa respondió que significaba “Resurrección”. Parecía que podía permitirse que los fantasmas proyectivos de los demás lo enterraran porque su familia le aseguraba protección y también acaso la de otra gente. Con gran seguridad, estaba en contacto con el vínculo emocional profundo que lo ligaba con generaciones anteriores.

La Dra. Silverman reconocía que necesitaba una especie de de parte de aquellos con quienes pretendía trabajar y que se planteaban problemas cuando “se ponía en marcha un programa en favor de las víctimas, pero sin que ellas lo supieran o colaboraran.” Si no negociamos esta autorización, corremos el riesgo “de aplicar (doing to) un tratamiento a alguien”, en lugar de ubicarnos como para ponerlo en práctica con(doing with) la persona y para eso estar con (being with) ella. Para lograr ese hay que negociar con precaución y, empleando otra referencia a Winnicott, es necesario pasar por una “fase de duda”, en un contexto de proximidad. Esto marca la entrada en la dimensión del Tiempo: un terapeuta “disponible pero no intrusivo” expresa su ofrecimiento –“lo que constituye en sí mismo una intervención”, decía la Dra. Silverman–. El otro, sin importar cuán necesitado estuviese objetivamente, autoriza, o, al menos, reconoce la posibilidad de que se lo ayude en el futuro, admitiendo, así, la posibilidad de un futuro.

La Dra. Silverman y su colega habían sufrido un rechazo importante y desalentador por parte de personas traumatizadas a las que esperaban ayudar. Ella sugería otras formas de ayuda que se habrían podido usar. Por ejemplo, la estructura del programa de ayuda a las víctimas de los atentados de África Oriental había tenido lugar en Nueva York simultáneamente con el procesamiento a los autores de los atentados. Ofrecía, además de la psicoterapia, actividades comunitarias normales (comer juntos, por ejemplo) y tiempo para experimentarse como turista y no sólo como víctima.

La Dra. Silverman reconocía también su propia necesidad de participar en la comunidad terapéutica, en la medida en que tanto ella como su colega se habían visto expuestas al mismo trauma que sus pacientes, sobre todo porque el atentado del 11 de septiembre tuvo como marco la ciudad donde viven: “Nuestra identificación con las víctimas comprometía potencialmente nuestra capacidad para soportar el sufrimiento de hacernos cargo de sus estados de fragmentación afectiva y de sus relatos de disociación. No éramos profesionales dotados de una ajenidad neutra”. Evidentemente, este autoanálisis es enormemente importante y la comunidad profesional de cada terapeuta debe apoyarlo absolutamente. De lo contrario, corremos el riesgo de perder nuestros límites, nuestra capacidad para manejar nuestros propios sentimientos y, con ella, la potencialidad de proyectar nuestras propias necesidades para atenderlas en nuestra relación con los pacientes.

Ahora me gustaría abordar desde otro punto de vista esta última cuestión de la implicación del terapeuta. Como indican Gaudillière y Davoine en History beyond the Trauma, la palabra terapeuta, de origen griego, significa principalmente el segundo en el combate. Estos autores exponen el trabajo de un médico que practicó la psiquiatría militar durante la Primera Guerra Mundial, el Dr. Thomas Salmon, quien definía cuatro principios para el tratamiento de los soldados traumatizados: sencillez (nada de jerga), proximidad (compartir la misma experiencia brutal con el paciente traumatizado), inmediatez (por ejemplo, dar crédito a lo que se intuye en el momento) y expectativa, que es la dimensión misma de la esperanza.

Como soldado, usted mejorará porque los que quedaron allá, en el frente, lo están esperando. En el tipo de trabajo presentado en todas las conferencias que hemos escuchado, la neutralidad psicoanalítica, importante en su marco propio, no sólo no es posible, sino que tampoco representa siquiera un ideal por alcanzar. En el contexto del 11 de septiembre, todos estamos allí adentro, aun cuando ese “allí” pueda parecer más o menos lejano. Se nos ha dicho que la vergüenza y la depresión de muchos sobrevivientes tienen que ver con el hecho de que no habían ido a trabajar ese día. En otros términos, ellos también se sienten como segundos en el combate. Un paciente psicótico de mi amiga Françoise Davoine, al final de un tratamiento exitoso, le decía: “Lo que me curó fue su ferocidad”. Los traumas resultantes de acciones intencionalmente perpetradas por seres humanos deben diferir significativamente de los provocados por catástrofes naturales. Y en la medida en que debemos contener y alimentar nuestra capacidad como terapeutas, quiero sugerir que necesitamos esa ferocidad para situarnos en un nexo social que nos permita trabajar con este grupo particular de gente traumatizada.

El primer significado de la palabra trauma pasa por el cuerpo. Se trata de un shock físico severo o de una herida. Pero el trauma psíquico también constituye un ataque contra el organismo, porque anula las capacidades de la mente para manejar la realidad. Inmediatamente aparece cierto entumecimiento psíquico, como defensa orgánica generalizada contra la experiencia de un sufrimiento que abruma. El trauma del lazo social hace estallar la “piel” que rodea a una cultura y precipita a la colectividad a un estado donde, bajo el imperio del sufrimiento, literalmente pierde la razón. Si la experiencia traumática entraña un desarraigo súbito, la tendencia psíquica natural consiste en transformar la impronta pasiva del horror en algo activo. Es en este caso cuando el trauma puede engendrar trauma, del mismo modo que la venganza puede buscarsecomoforma de curación.

La curación implica, de hecho, una relación activa con la experiencia traumática, sin que haga falta recurrir necesariamente a la venganza. Los sueños traumáticos retrotraen al sujeto a la escena de la catástrofe, en un esfuerzo de la mente para afrontar y dominar, paso a paso, lo que ocurrió antes de que el sujeto estuviera allí para que esole ocurra, como bien dice Winnicott. Es necesario volver a experimentar el trauma en dosis manejables; caso contrario, falta una parte del yo. Los psiquiatras clínicos que trabajaron en Nueva York después del 11 de septiembre tuvieron el buen tino de comprender que tal retorno tiene las mayores posibilidades de éxito en un marco que incluya efectivamente al otro. Pero el regreso al frente, al teatro de la guerra, frente al agujero excavado en el tejido social, requiere la compañía de “otro combatiente”. Así, la ferocidad tiene que ver con el coraje y la determinación de ir a fondo, apoyándose en todas las capacidades de hacer la prueba, pero también insistiendo sobre la posibilidad de superarla asegurando la integridad del sujeto.

Este estar con puede tener lugar también en el plano cultural. La cultura popular norteamericana puede ser perfectamente idiota y destructiva, pero algunas pocas veces puede convertirse en agente de curación. Ocasionalmente puede estimular a la gente a “ir al frente”, al borde de lo real, y encontrar cómo actuar, dentro de un imaginario de empatía, para tomar contacto con la experiencia humana de lo que significa estar allí. Así,esos actos sirven para contener experiencias de sufrimiento y permiten soportarlas a mucha gente: dan un sentido colectivo al hecho de estar juntos y reparan la ruptura del orden simbólico. Terminaré este artículo haciendo referencia a una persona cuya ferocidad y cuya capacidad para trabajar a partir de ella, llevaron la emoción dramática hasta el punto de convertirla completamente en lenguaje: condujo su trabajo hasta producir un fenómeno cultural del post 11 de septiembre, mostrando cómo una cultura, incluso popular, puede producir una estructura que permite a la gente soportar y superar el trauma.

En 2002, Bruce Springsteen sacó su CD The Rising (RE-surgir). Su enorme éxito, creo yo, dice bastante acerca de la utilidad que reveló, a escala masiva para procesar el trauma. Se trata de un conjunto asombroso de relatos llenos de emoción que giran alrededor del 11 de septiembre. Nos hace penetrar en los sentimientos de un héroe ocasional, que no puede soportar que todo el mundo siga haciendo como si nada hubiera cambiado; el cielo sigue siendo increíblemente azul y él va a suicidarse. Nos hace penetrar en emociones poderosas, intensas, contradictorias: Quiero un beso de tus labios, quiero ojo por ojo, me desperté esta mañana con un cielo vacío. Nos hace penetrar en la pena tranquila de una esposa: Cae la noche, hay demasiado espacio en mi cama, hay demasiadas llamadas telefónicas. Te extraño. Nos arrastra a una súplica angustiada para que Mi Ciudad se levantede las ruinas (rise up again). Y hasta nos hace penetrar en la confusión espiritual de un chico kamikaze al que explotan, prometiéndole el paraíso.

Curiosamente las letras del más puro rock and roll se metamorfosean en letanías que construyen el clímax de las emociones hasta la efusión sin final. El título de la canción Come up for the Risin18 se refiere al deber de los socorristas y al aumento de la adrenalina mientras suben las escaleras de las dos torres. He aquí un fragmento de esta canción, invocación con forma de plegaria, con sus responsos:

  • Sky of blackness and sorrow - Cielo de negrura y de dolor
  • (a dream of live) - (un sueño de vida)
  • Sky of love, sky of tears - Cielo de amor, cielo de lágrimas
  • (a dream of life) - (un sueño de vida)
  • Sky of glory and sadness - Cielo de gloria y de tristeza
  • (a dream of life) - (un sueño de vida)
  • Sky of mercy, sky of fear - Cielo de misericordia, cielo de miedo
  • (a dream of life) - (un sueño de vida)

Al escuchar a todos los que habían participado en esas reuniones, que nos mostraban el empeño y la pasión con que hacen su trabajo, sentí que ellos también habían venido, que íbamos a resurgir (come up for the rising) y que habían sostenido, con ferocidad y con amor, para todos nosotros, un sueño de vida.

Gerard Fromm
(Ericson Institute for Education and Research, Stockbridge)

1- Erikson, Erik, Life History and the Historical Moment, Nueva York, 1975.
2- Fromm, M. Gerard “What Does Borderline Mean?”, Psychoanalytic Psychology, 19.
3- Lacan, Jacques, Écrits, W.W.Norton and Company, Nueva York, 1977.
4- Bragin, Martha, “The Destruction of Metaphor: Examining Structure and Meaning amongResponses of extreme Violence”, tesis de doctorado.
5- Bollas, Christopher, “The Trauma of Incest” en Forces of Destiny, Free Association Books, Londres,1989.
6- Klein, Melanie, Contributions to Psych-Analysis 1921-1945, Hogarth Press, Londres, 1948.
7- Erikson, Erik, “The problem of Ego Identity” en G.Klein (Ed.), Psychological Issues, International Universities Press, Nueva York, 1959, pág. 133.
8- Shay, Jonathan, Achilles in Vietnam, Simon and Schuster, Nueva York,1995.
9- Coates, Susan; Schechter, Daniel y First, Elsa; “Clinical Work with Parents and Children after September 11”.
10- Winnicott, Donald, “The Teory of Parent-Infant Relationship”, The Maturational Processes and the Faciliting Environment, International Universities Press, Nueva York, 1965.
11- Freud, Anna y Burlingham, Dorothy, War and Children,Medical War Books, Nueva York, 1943.
12- Winnicott, Donald, “Transitional Objects and Transitional Phenomena”in Collected Papers: Through Paediatrics to Psycho-Analisis, , Basic Books, Nueva York, 1958.
13- Winnicott, Donald, “Fear of Breakdown”, International Review of Psycho-Analisis, 1974.
14- Muller, John, Beyond the Psychoanalytic Dyad, Routledge, Nueva York, 1996.
15- Silverman, Lauren y Hirky, Elizabeth, “Changing Places: Thematic and Countertransferential Shifts in Working with Survivors of Both the 1998 African Embassy Bombing and the2001 New York Terror Attacks”.
16- Rice, A.K., Learningfor Leadership, Karmac Books, Londres , 1963.
17- Barthes, Roland, La Chambre claire, le Seuil, París 1980, pág. 118.
18- N. delT. al francés, Jean Marc Gaudillière: Ese título evoca, a la vez, el alba, la reconstrucción de las ruinas, el restablecimiento, etcétera.

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