DIÓGENES

LUZ Y SOMBRA: EL EXTRAÑO CASO DE LA DESAPARICIÓN DELA ILUSTRACIÓN

por MILTON GLASER

En el mundo de la ilustración todos nos sentimos como si después de un gran golpe en la cabeza estuviéramos en coma, esperando épocas más propicias para despertarnos. No estoy seguro de que esas épocas propicias lleguen mientras yo viva y tengo poca experiencia para aconsejar a otros en este tema.

Como todos nosotros, suelo pensar en qué ha podido provocar esta decadencia en el uso de la ilustración. Puesto que nada ocurre en el vacío, esto parece referirse a una transformación en la ética norteamericana. Creo que tiene algo que ver con la fuerza poderosa e insidiosa de la publicidad y de la televisión. Ya sé que se atribuye a la televisión la responsabilidad de todo lo que ocurre en la vida norteamericana, pero, como se repite sin cesar con respecto a las computadoras, la televisión es solo una herramienta. La televisión es una herramienta de publicidad y la fuerza educativa más universal que el mundo haya conocido jamás. Desgraciadamente, en el menú de los programas de televisión hay un sólo plato: el consumo sin fin. Si usted prende su televisor y mira la pared de enfrente como si fuera una pantalla, va a descubrir que el contraste y la intensidad de la luz emitidas por la televisión cambian enorme y constantemente. A estos contrastes se le suman sonidos que provienen de la misma fuente. Algunas veces pensé que los cambios abruptos en la intensidad de la luz eran indicadores de peligro para nuestro sistema neurológico, que evolucionó para responderles. ¿Qué efecto tiene la exposición a esos estímulos durante toda una vida? Después de todo, nuestros hijos están sometidos a estas excitaciones desde sus primeros meses de vida. Cuando pasa una sombra sobre un ratón de campo, desencadena una reacción de alerta. Cada célula de nuestro cuerpo ha sido programada para responder a la luz. Es evidente que la intensidad de los contrastes audiovisuales ha aumentado durante años. Supongo que la respuesta de nuestro cerebro a esta agresión continua ha sido un embotamiento progresivo destinado a proteger nuestros receptores neuronales. Estoy convencido de que la pasividad y la indiferencia del público norteamericano con respecto a su vida y sus intereses tienen alguna relación con este fenómeno. Es difícil de creer, pero un sondeo reciente reveló que dos tercios de los norteamericanos eran incapaces de nombrar a un solo candidato demócrata a la presidencia. Para no mencionar el hecho de que los norteamericanos creen tres veces más en Satán que en la teoría de la evolución. Hemos perdido nuestro sentido de la realidad, que fue reemplazado por la droga de la realidad virtual creada por la televisión, el entretenimiento y la publicidad. Ocurre que la constante superposición de imágenes, tales como la de una mujer que pega alaridos porque ha perdido a su hijo en un incendio, con otra, comercial, que promociona los pañales Pampers, no hace más que aumentar esta sensación de ausencia de sentido y de embrutecimiento cotidiano.

De esto se puede deducir que hemos perdido la capacidad de pensamiento abstracto. Cuando leemos o escuchamos la radio, el sistema mental forma imágenes en respuesta a la sugestión. Se puede decir lo mismo de una ilustración, que provoca en quien la mira una relación simbólica con la realidad. La abstracción estimula a la inteligencia a acortar la distancia entre sugestión y realidad. En África hay tribus que no diferencian su vida soñada de su vida cotidiana. De algún modo, nosotros nos encontramos en la misma situación. Pero debemos comprobar que la realidad que nos ofrece la televisión no está al servicio de nuestras necesidades profundas.

En nuestro mundo, la realidad ha sido reemplazada por formas de distracción que exigen poca actividad mental y que estimulan la apatía y la indiferencia. ¿Cómo podemos explicar, si no, la increíble pasividad que comprobamos en este momento en el pueblo norteamericano? Las representaciones engañosas del gobierno, la escandalosa deshonestidad del mundo de los negocios, los ataques contra nuestros derechos civiles, el desmoronamiento de nuestro sistema educativo y el fracaso de nuestras redes de protección social, prácticamente no han producido respuesta ni indignación en el público norteamericano. Estoy seguro, y esto se vuelve cada vez más evidente, de que nos han mentido deliberadamente para justificar una guerra contra Irak, pero queda excluído cualquier sentimiento generalizado de traición, porque dejamos de comprender la relación causa-efecto.

La realidad virtual creada por la televisión se expresa a través de medios predominantemente fotográficos, que son los dominantes en nuestra cultura para la expresión de la “realidad”. Susan Sontag escribió un brillante ensayo sobre la fotografía que es, de hecho, el título de su primer libro.

“Las fotografías son tal vez el más misterioso de todos los objetos que forman y dan consistencia al entorno que reconocemos como moderno. Las fotografíasprovienen de la captura de una experiencia real y la cámara es el arma ideal de las conciencias en estos modos de adquisición.” La fotografía posee otra característica intrínseca que la ilustración no tiene. Es el sentido innato de capturar un momento “real” del tiempo, probando que el sujeto existió efectivamente. Esto la diferencia de las demás artes de la imaginación y la convierte en el vehículo ideal para la publicidad. Nuestra sociedad exige una cultura basada en imágenes para ofrecer distracciones y estimular el consumo. Por sobre todo, las fotos parecen validar y proteger las condiciones sociales existentes. A causa de su credibilidad, la foto es difícil de superar como herramienta generadora de deseos, lo cual explica, en parte, la función declinante del dibujo en la publicidad. En una cultura que aprecia el comercio por encima de todo, el potencial imaginativo de la ilustración ha perdido su pertinencia. Para quienes controlan el relato estándar de la vida norteamericana, la ilustración es ahora demasiado particular, más difícil de controlar y menos tranquilizadora que las fotografías con las que hemos crecido. Esto no quiere decir que los ilustradores se sitúen fuera del mundo del comercio. Al contrario, todos estamos incorporados a ese mundo. Pero la necesidad de expresar cierto aspecto de nuestra visión personal nos vuelve sospechosos, sobre todo en una época en que la consigna es nivelar hacia abajo.

En efecto, la mayor ironía reside en el surgimiento de la pretendida realidad televisiva. ¿De qué realidad hablamos? Los productores descubrieron que podían eliminar hasta el último impulso de concebir a la televisión, aunque en ruinas, como medio de creación, eliminando también a los escritores, que pedían aumento de salarios, para crear espectáculos completamente controlados por el marketing. El resultado envilece e infantiliza aun más al público norteamericano.

Un mito griego nos cuenta que el primer dibujo apareció cuando una mujer trazó la sombra de su amante sobre la arena, en el momento en que, como partía a la guerra, podían matarlo y perderse de vista para siempre. La intención del dibujo era mantener viva esa presencia. El mito, por supuesto, no es literalmente verdadero porque todos conocemos las notables imágenes de las grutas, nunca superadas en la historia de la humanidad. Dibujar sombras, por otro lado, es una manera elegante de describir el acto de la ilustración. Si ilustración sugiere iluminación, entonces la sombra tiene una posición central en su significado. Todos nosotros, los que creamos imágenes, sabemos que la relación entre luz y sombra es inevitable. Aun cuando Freud, como todos los verdaderos artistas, nos ofrece una sola manera de mirar el mundo, siempre me atrajo su noción de combate entre Eros y Tánatos, el impulso de vida contra el impulso de muerte, que parece ocupar tanto el alma humana como el mundo mismo. Eros es la madre del sexo, del amor, de la sensación, del deseo de hacer cosas. Las palabras, la producción, el genio, la genialidad y la genitalidad, al igual que la generosidad, están contenidos en su discurso. Tánatos, preside la oscuridad, el mal y la entropía. Aunque el diálogo entre esas dos fuerzas sea anterior a la historia, la ansiedad que sentimos en este momento proviene de que el equilibrio se sesgó.

A los ocho años tuve una crisis de reumatismo articular agudo que me clavó a la cama durante casi un año. Durante todo ese tiempo me divertí creando ejércitos, ciudades, animales y máquinas con arcilla, sobre una plancha de madera de un metro aproximadamente, con una ranura profunda que desembocaba en un agujero que había dejado un nudo de la madera. Esto creaba un paisaje con infinitas posibilidades. Al final de cada día, destruía todo lo que había hecho y soñaba durante la noche con recomenzar al día siguiente. Mi querida madre me dejaba todos los días un vaso de jugo de naranja y un huevo pasado por agua sobre la plancha. Después del desayuno, recomenzaba mi trabajo; entonces me di cuenta, y hoy más todavía, que hacer cosas me salvó la vida. Sé que todo artista conoció este tipo de experiencia.

Hay una razón por la cual los que practican la ilustración deben seguir haciendo cosas, aun cuando, desde el punto de vista de su vocación, sea la época más difícil. La función más profunda del arte es crear una realidad alternativa, que es lo que el mundo necesita más desesperadamente hoy en día. Los artistas han tomado partido por Eros, porque dedican sus vidas a hacer cosas, no a controlarlas. Yo solía pensar que la autoconsagración de los artistas era extraña. Ahora me doy cuenta de que no podría ser de otro modo, porque, por encima de todo, el arte es una visión de la vida misma. Esto no puede ser concedido por los demás, ni denegado por los traficantes ni por la gente de marketing. Los verdaderos artistas están siempre trabajando por nada, porque no ven su función en la sociedad como un simple intercambio de mercancías. Son los primeros en participar en manifestaciones contra la guerra, no por falta de patriotismo, sino porque honran la vida.

El arte es la manera más inocente y fundamental de crear una comunidad que nuestra especie haya descubierto. Mozart y Matisse, hijos de Eros, nos hacen más humanos y generosos unos con otros.

Milton Glaser

Ultima Edición | Archivo | Contacto
Centro de Estudios Avanzados | Webmaster