DIÓGENES

EL CUERPO EN EL SIGLO XVIII

LOS ORÍGENES DE LOS DERECHOS HUMANOS

por LYNN HUNT

Desde hace unos 30 años, los historiadores comenzaron a estudiar los cambios producidos en la representación del cuerpo humano. Al respecto, Michael Foucault cumplió un gran papel al sostener que el sujeto individualista occidental se construyó a través de nuevas reglas de disciplina corporal, surgidas en ámbitos tan disímiles como la cárcel o la vida sexual. No podemos ignorar los trabajos de Foucault, pero para comprender los derechos del cuerpo vamos a adoptar aquí un enfoque diferente, centrado en las nociones de independencia, inviolabilidad y, por ende, de autonomía del cuerpo del individuo, características que se encuentran en ámbitos tan distintos como el arte del retrato o la tortura judicial.

En Surveiller et Punir, Foucault analiza las prácticas disciplinarias de la prisión, pero sostiene muy claramente que las escuelas, los hospitales, las fábricas y los cuartelesutilizan esencialmente los mismos métodos. Todas estas instituciones aplican una “individualización coercitiva” que permite a las autoridades observar, vigilar, controlar y reglamentar a individuos a los que se supone deben transformar, corregir y enmendar intrínsecamente, en un largo y duro proceso normalizador1. En Histoire de la Sexualité, Foucault argumenta de manera similar en una cuestión totalmente distinta: sostiene que el desarrollo de las nuevas tecnologías del sexo (que van desde la confesión hasta el psicoanálisis) produjo un individuo nuevo, definido por su capacidad de autocontrolarse y por su identidad sexual. “Cada uno debe pasar por el sexo para acceder a su propia inteligibilidad.”2

De este modo, el hecho de poner el acento en la identidad individual –producto de las reglas impuestas al cuerpo– hace que los derechos humanos sólo puedan comprenderse dentro de la regla disciplinaria: “El derecho a la vida, al cuerpo, a la salud, a la felicidad, a la satisfacción de las necesidades, el ‘derecho’, más allá de cualquier forma de opresión o ‘alienación’, a encontrar lo que uno es y todo lo que uno puede llegar a ser, ese ‘derecho’… fue la respuesta política a todos estos nuevos procedimientos del poder.”3 Aunque Foucault haya dicho, en otro contexto, que: “esto no significa que debamos desembarazarnos de lo que llamamos derechos humanos”, está claro que asocia estos derechos con el “humanismo” que, según él, utilizaron “indistintamente los marxistas, los liberales, los nazis y los católicos.”4 Dicho de otro modo, para Foucault esos derechos no permiten, en modo alguno, protegerse o resistir ante el creciente número de disciplinas corporales, ni a la regulación demográfica; forman parte de las nuevas reglas disciplinarias. Si los individuos no tuviesen derechos, la prisión (que es la supresión legal de la libertad individual) no podría funcionar como castigo.

El problema que plantea Foucault en esa entrevista se resume en lo que dice sobre el humanismo, al que en algún punto equipara con el marxismo, el liberalismo, el nazismo y el catolicismo. La noción de disciplina definida por Foucault no permite establecer una distinción entre los regímenes políticos modernos; la democracia, el fascismo, el comunismo y el régimen policial autoritario, se apoyan en un sistema de regulación disciplinaria. Aunque cierta forma de disciplina puede ser necesaria en todo régimen político, la disciplina en sí no permite distinguir entre los distintos sistemas políticos.

La verdadera diferencia se encuentra en el peso que esos regímenes otorgan a la autonomía del individuo y, como corolario, a los derechos humanos. Aunque el autocontrol y la vigilancia puedan servir al orden –y por lo tanto, en cierto modo, también sean necesarios en democracia–, representan lo mínimo que se requiere para la vida social y no la participación total del individuo en la vida política, que le exige al hombre ser autónomo, es decir, autodisciplinarse, y, a través de su cuerpo, ser una individualidad aislada, diferente de los demás, y de algún modo, sagrada.

La personalidad vinculada con la individualidad del cuerpo fascinó a Norbert Elias, uno de los pocos intelectuales que, antes de Foucault, tomó seriamente al cuerpo como objeto de estudio histórico. Elias reconstruye la historia de las costumbres para demostrar que la noción de personalidad autónoma se desarrolló poco a poco sólo a partir del siglo XIV. Lo que antes había faltado “era ese muro invisible de reacciones afectivas que se levanta entre los cuerpos, rechazándolos y aislándolos, muro… que se manifiesta en el sentimiento de incomodidad que sentimos en presencia de ciertas funciones físicas y, muy a menudo, al evocarlas. También se manifiesta en el sentimiento de vergüenza que se apodera de nosotros cuando ciertas funciones físicas quedan expuestas a los demás…”5 El dominio del cuerpo hizo que, poco a poco, ese sentimiento de incomodidad desapareciera. La gente empezó a usar pañuelos en lugar de sonarse con los dedos. Escupir, comer del mismo plato, dormir en la misma cama con un extraño, se volvió repugnante o, al menos, desagradable. Expresar violentamente las emociones o tener un comportamiento agresivo pasó a ser socialmente inaceptable. Estos cambios en las actitudes físicas fueron los signos visibles de una mutación profunda de la personalidad. Marcaron el advenimiento del individuo independiente, cuya interacción social debe respetar su autonomía.

Pese a que se criticó con razón el relato teleológico de Elias sobre la aparición progresiva del autocontrol, sobre todo por la caricatura que hace de la época medieval, tiene el mérito de llamar la atención sobre las variaciones históricas de la experiencia de la personalidad6. Como quedó demostrado en estudios recientes, escuchar música, ir al teatro, organizar la casa, encargar un retrato, se fueron transformando en prácticas propias de cada individuo que, a su vez, permitieron investigaciones más profundas del yo.

Según James Johnson, a partir de 1750, los aficionados a la ópera se dedicaron a escuchar música en lugar ir de aquí para allá para hablar con sus amigos. Esta nueva actitud individualista les permitió sentir intensas emociones personales escuchando la obra. Una mujer describe lo que sintió al asistir en París, en 1776, al estreno de la ópera de Gluck, Alceste: “Escuché esta obra nueva con una emoción profunda… Desde los primeros acordes, me embargó un sentimiento muy intenso de temor reverencial y sentí dentro de mí tan intensamente ese arrebato religioso…, que, sin siquiera darme cuenta, me arrodillé en el palco y me quedé en esa posición, con las manos juntas, implorante, hasta el final del fragmento7”. En cuanto a los aficionados al teatro, les gustaba hacer bochinche durante el espectáculo, pero una nueva disposición de los asientos hizo presagiar el silencio casi religioso que después iba a acompañar las representaciones. En 1759, en los teatros franceses, se prohibió sentarse en el escenario durante el espectáculo, y en 1782, la Comedia Francesa consiguió ordenar la platea colocándole bancos. La evolución estaba clara; los desbordes colectivos iban a dar paso a las experiencias individuales8.

La organización interna de la casa reforzó esta tendencia. La “habitación” en las casas francesas se especializó cada vez más durante la segunda mitad del siglo XVIII. La pieza que antes se destinaba a todos los usos se transformó enel “dormitorio”. A partir de esta época, dos tercios de las casas parisinas tenían uno, mientras que tan sólo el 14% tenían un comedor reservado exclusivamente para este uso. La elite de la sociedad parisiense adoptó el uso de habitaciones privadas, desde el “saloncito” (un lugar para “poner mala cara” en privado) hasta el vestidor y el baño.9

Esta individualización del cuerpo aparece también en el creciente interés por el retrato en el siglo XVIII. En las exposiciones públicas de Londres y París de la segunda mitad del siglo, que por entonces hacían su aparición en el paisaje social, se presentaron regularmente cada vez más retratos. Pese a que la pintura histórica se impuso en Francia durante la Revolución y el Imperio, el 40% de las telas expuestas en los Salones eran retratos10. Los precios que cobraban los retratistas aumentaron en los últimos años del siglo XVIII y la técnica del grabado permitió al gran público conocer a los que habían posado, solos o con su familia.

Más que en ningún otro lado, fue entre los colonos británicos de Norteamérica –esos precursores del futuro– donde el arte del retrato alcanzó su apogeo: entre 1750 y 1776 se realizaron en las colonias cuatro veces más retratos que entre 1700 y 175011. Este florecimiento del retrato tenía más de un motivo. En particular, mandarse a hacer un retrato reflejaba tanto el incremento del consumismo como un mero esnobismo social… Por otra parte, el parecido –signo de la individualidad particular– no siempre era la preocupación mayor de los clientes. La gente común no deseaba parecerlo y ciertos retratistas se habían hecho famosos más por su habilidad para reproducir puntillas, sedas y satenes, que rostros12.Sin embargo, la abundancia misma de retratos semejantes reforzó la idea de que cada uno era un individuo, es decir, un ser único, separado, distinto y original. Los críticos, por cierto, se quejaban de esta proliferación. Cuando Bachaumont hizo la crítica de la exposición francesa de 1769, insistió en el hecho de que “el público se queja desde hace tiempo de esta muchedumbre oscura de burgueses que se le obliga a ver permanentemente. La facilidad del género, su utilidad y la vanidad de esos pobres personajes, alientan a nuestros artistas principiantes… Gracias al lamentable gusto del siglo, el Salón se convertirá, sin que nos demos cuenta, en una galería de retratos.”13

El cuerpo humano separado y limitado a sí mismo estableció la autonomía de cada uno en relación con los demás y hasta posibilitó nuevos tipos de experiencia emocional.Pero para que estas emociones se movilizaran en pro de los derechos humanos, también fue necesario que existiera cierto sentido del carácter inviolable del cuerpo. Los regímenes de justicia penal de la mayoría de los países europeos de principios del siglo XVIII lejos estaban de considerar inviolable al cuerpo. Más bien, como dice Foucault, éste era el centro de atracción del “horrible espectáculo del castigo público14”. Por ejemplo, según la ley francesa del Antiguo Régimen, la pena de muerte se podía aplicar de cinco maneras diferentes: el condenado era descuartizado y desmembrado por caballos; se lo quemaba en la hoguera, se lo sometía al tormento de la rueda, se lo colgaba, se lo decapitaba. Salvo en casos notorios, el descoyuntamiento y la hoguera cayeron en desuso en el siglo XVIII, pero se siguió aplicando lo que los reformadores llamaban castigos crueles15. El suplicio de la rueda, reservado a los hombres, se desarrollaba en dos etapas. Primero, el verdugo ataba al condenado a una cruz en forma de X, le golpeaba dos veces los miembros y el tronco con una pesada barra de hierro, y luego ataba el cuerpo, con los miembros plegados hacia atrás, a una rueda de carreta fija instalada en la parte superior de una viga de diez pies de alto. Allí permanecía el desdichado, ya moribundo, hasta que expiraba.

Las ejecuciones no eran las únicas formas de castigo corporal. La mayoría de las sentencias dictadas según el Código Penal francés de 1670 contemplaban ciertas formas de suplicio. Por ejemplo, a los condenados se los marcaba con hierro candente, se los azotaba, se los ponía en la picota, se les cercenaban los labios, la lengua, o se les amputaba una mano. Al examinar detenidamente los fallos penales que el Parlamento de París pronunció en apelación en 1762, Richard Andrews encontró 82 condenas al destierro y a la marcación con hierro candente, a las que se agregaba habitualmente la pena del latigazo; 9 condenas idénticas a las que se agregó la picota; 19 marcaciones con hierro candente y prisión; 20 reclusiones en el Hospital General después de la marcación y/o la picota; 12 condenas a la horca, 3 al suplicio de la rueda y una a la hoguera. Si se hubiera tenido en cuenta a los demás tribunales de París, la cantidad de torturas y mutilaciones efectuadas en público habría ascendido a 500 o 600, incluyendo unas 18 ejecuciones capitales16. Todo esto en París en un solo año.

Los ultrajes físicos no se limitaban a los castigos posteriores al juicio. Cuando se torturaba durante el proceso para arrancar confesiones, el objetivo era forzar al cuerpo a decir la verdad a través del sufrimiento, puesto que, de otro modo, no la habría revelado. En el siglo XIII, se introdujo –o se volvió a introducir– la tortura legal para arrancar confesiones en la mayoría de los países europeos (Inglaterra fue la excepción más notable). En los siglos siguientes, muchos y muy eminentes juristas europeos se dedicaron a codificar, normalizar y justificar el uso de la tortura judicial. Incluso en Inglaterra, donde la tortura no formaba parte del arsenal judicial ordinario, con frecuencia se asistía a sesiones públicas de azotes o a ejecuciones capitales, ya sea por evisceración y descuartizamiento, o en la hoguera, condena reservada a las mujeres acusadas de actos más o menos graves de traición. Para el pueblo, el espectáculo del sufrimiento de los cuerpos torturados era la retribución justa por las faltas cometidas. La tortura judicial, al menos por un tiempo, encontró refugio en algunas colonias británicas de Norteamérica, donde los azotes, la marcación con hierro candente, las mutilaciones e incluso la castración (reservada a los esclavos) eran prácticas habituales.17

Hacia mediados del siglo XVIII, la tendencia en favor de la tortura y los castigos crueles se revirtió. En 1754, Federico el Grande de Prusia abolió todas las prácticas de tortura judicial y durante las décadas siguientes, la mayoría de los gobernantes europeos hicieron lo mismo18. En 1780, el gobierno francéssuprimió oficialmente la tortura preparatoria, es decir, el empleo de la tortura para arrancar confesiones de culpabilidad antes de la sentencia, y, en 1788, abolió provisoriamente la tortura previa, un tormento cuyo objetivo era obtener los nombres de los cómplices. En 1783, el gobierno inglés suprimió la procesión pública en Tyburn, donde las ejecuciones se habían convertido en una distracción popular muy importante, y estableció el uso regular de la “trappe”, una plataforma elevada que el verdugo hacía balancear para asegurar un ahorcamiento más rápido y humano. En 1787, Benjamin Rush, un médico de Filadelfia, publicó un tratado que tuvo gran influencia en la lucha contra la pena de muerte; varias colonias ya habían reducido el número de delitos pasibles de esa pena. En 1792, el gobierno revolucionario francés introdujo el uso de la guillotina para que la ejecución de la pena de muertese volviera lo más rápida e indolora posible. En todas partes, la opinión pública parecía pedir la supresión de las numerosas heridas infamantes comprobadas en los cadáveres de los condenados.19

Los historiadores se preguntaron recientemente si el humanitarismo de las Luces había tenido alguna influencia en este cambio de actitud. John H. Langbein se burlaba de ese “cuento de hadas” que atribuía la abolición de la tortura a la influencia de los escritores de las Luces que la combatían. Sostenía que desapareció simplemente porque los jueces habían dejado de creer en la ejemplaridad de la pena20. En el mismo sentido, Richard Andrews rechazó los “mitos” que crearon los polemistas de las Luces y los legisladores revolucionarios para denunciar al sistema judicial francés del Antiguo Régimen. La tortura judicial consistente en triturar los miembros con pesadas piezas de madera –llamadas “borceguíes” – o en hacer tragar agua por la fuerza, estaba cuidadosamente reglamentada y, según Andrews, finalmente “era más perjudicial para la autoridad y la perspicacia de los jueces que para la vida y los miembros de los acusados21. J. S. Cockburn afirma que el pensamiento de los filósofos de las Luces sobre las cuestiones penales contribuyó, en realidad, a incrementar la violencia de los disturbios que estallaban alrededor de los patíbulos y de las picotas inglesas del siglo XVIII en lugar de disminuir la brutalidad22.

Sin embargo, esos mismos críticos deben admitir que algo había cambiado en el comportamiento con respecto a los cuerpos de los acusados y condenados. En Inglaterra, como lo admite el propio Cockburn, “probablemente hubiera un amplio consenso para que la ejecución fuese lo más eficaz posible y para que se evitasen mutilaciones crueles e inútiles al cadáver.”23 El reformador inglés Samuel Romilly escribió en 1786: “a medida que los hombres reflexionaron y razonaron sobre este importante tema, las ideas absurdas y bárbaras relacionadas con la justicia que prevalecieron durante siglos quedaron desacreditadas y en su lugar se adoptaron principios humanos y racionales.”24 Hasta los defensores de la tortura judicial sintieron entonces la necesidad de demostrar su aversión ante la crueldad inútil25. En resumen, a partir de 1789, la mayoría de los europeos habían renunciado al uso judicial de la tortura y habían llegado a considerar repugnante lo que hasta entonces se veía como una brutalidad excesiva en los castigos.

Aunque ya anteriormente se habían publicado ataques contra la tortura judicial y los castigos crueles, a partir de 1750 se desencadenó un verdadero torrente de críticas, en su mayor parte de personas ajenas al ámbito judicial. Los jueces del Parlamento francés pocas veces hablaban en sus tribunales del uso de la tortura. Y en Inglaterra, los que exigieron reformas fueron juristas y médicos26. Dos hechos ocurridos en los años 1760 parecen haber enardecido a la opinión pública: el Caso Calas en Francia, entre 1761 y 1765, y la publicación del Traité des Délits et des Peines, de Cesare Beccaria27 en 1764.En esa misma época (1762, 1763), la noción de Derechos Humanos apareció en francés, según parece, por la influencia creciente de Rousseau.

Si se consulta sobre literatura francesa en el sitio ARTFL:http//humanities.uchicago.edu/ARTFL/ARTFL.htm, se verá que esta expresión se usó por primera vez en el Contrat Social de Rousseau, de 176228. En junio de 1763, Bachaumont, en sus Mémoires Secrets, se refiere a una obra representada en la Comedia Francesa y hace una observación muy interesante sobre el lenguaje común: “Hay un papel de salvaje que podría ser magnífico, recita en verso todo lo que hemos leído por ahí sobre los reyes, la libertad y los derechos humanos en el Discours sur l’Inégalité, en el Émile y en el Contrat Social.29En los años 1770 y 1780, la reforma penal y el discurso de los derechos humanos se vieron mutuamente fortalecidos, no sólo en Francia sino, con mayor amplitud, en el mundo occidental.

El 13 de octubre de 1761, Marc-Antoine Calas, hijo de Jean Calas, fue encontrado muerto con marcas de soga alrededor del cuello. El padre, la madre, el hermano, su sirviente y hasta alguien que estaba de visita, fueron detenidos y acusados del asesinato de Marc-Antoine para impedirle que se convirtiera del calvinismo al catolicismo. El Parlamento de Toulouse condenó al padre, Jean, a la tortura previa y a la muerte por el tormento de la rueda. Calas fue colgado primero de las manos, con sogas que se apretaban progresivamente a medida que un lingote de hierro tiraba de sus pies. Como se negaba a confesar después de dos tormentos de este tipo, se lo ató a un banco y se le echó por la fuerza dos jarros grandes de agua en la garganta, manteniéndole la boca abierta con trozos de madera. Pese a dos sesiones de semejante tortura, Jean nunca confesó ni dio nombres de cómplices30, y persistió en la negativa incluso cuando lo sometieron al suplicio de la rueda. Las torturas y la ejecución se realizaron el 10 de marzo de 1762. Los demás sospechosos se salvaron de la muerte pero no fueron declarados inocentes32.

Algunos meses más tarde, Voltaire se interesó en el caso y consiguió la anulación del juicio. Primeramente, el Consejo Real desestimó el veredicto por razones técnicas y en 1765 votó la absolución de todos los acusados, a quienes se les restituyeron los bienes familiares confiscados. En este caso hubo muchas intervenciones que condujeron a una revisión general de la organización de la justicia. Aunque al principio Voltaire haya interpretado el caso Calas como un ejemplo de intolerancia religiosa (Jean fue condenado porque sus vecinos católicos creían que un calvinista preferiría matar a su hijo antes que verlo convertido al catolicismo), más tarde llegó a verlo, poco a poco, como un síntoma de las imperfecciones del sistema judicial33. El caso Calas, por sí mismo, no habría bastado para desencadenar un movimiento en favor de la abolición de la tortura judicial. Como Voltaire, los numerosos juristas que publicaban informes sobre este caso no se oponían categóricamente a esta forma de tortura, sino que lo que más les preocupaba era el fanatismo religioso que movilizaba tanto al pueblo como a los jueces de Toulouse. Fueron necesarios otros dos elementos para que este caso repercutiera directamente sobre el problema de la tortura: una relación evidente con el sistema de la justicia penal en su conjunto y el surgimiento de una nueva sensibilidad respecto de los sufrimientos de los condenados. El italiano Beccaria proporcionó el primer elemento. El otro ya estaba incluido en los informes del caso Calas, pero debía salir del marco del sistema judicial tradicional.

Voltaire cambió de opinión por influencia del Traité des Délits et des Peines34 de Beccaria. Cesare Bonesana, marqués de Beccaria, perteneciente a una familia aristocrática de Milán, había estudiado derecho. Lector entusiasta de los enciclopedistas franceses, escribió su libro en pocos meses, a los 25 años, y lo publicó anónimamente en 1764, justo cuando estallaba en Francia el caso Calas. Inmediatamente, Jean d’Alembert y otros filósofos franceses declararon públicamente su importancia35. El abate André Morellet, amigo íntimo de d’Alembert, lo tradujo al francés en 1766. En el mismo año, Voltaire publicó un comentario de la obra con el seudónimo de “un abogado de provincia”36. Todo el ruido que produjo la obra de Beccaria llamó la atención de Roma, que lo puso en el índice de libros prohibidos. Antes de 1800, hubo aproximadamente 28 ediciones italianas, a menudo de editores con nombres falsos y 9 ediciones francesas37. La primera traducción inglesa se publicó en Londres en 1767 y luego le siguieron otras ediciones en inglés provenientes de Dublin, Charleston y Filadelfia. Casi inmediatamente, se sucedieron traducciones al alemán, al holandés, alpolaco y al español38. Esta avalancha de ediciones hizo del libro de Beccaria la obra más importante sobre justicia penal del siglo XVIII.

Desde su aparición, este panfleto cristalizó, según parece, las inquietudes de los contemporáneos sobre los castigos crueles. Como advierte el traductor en su prefacio a la primera edición inglesa: “las leyes penales… son todavía tan imperfectas y están acompañadas, en todas las naciones, por tantos actos de crueldad inútil que intentar llevarlas a un nivel razonable debe interesar a toda la humanidad”. Para los que consideraban que las leyes inglesas eran menos represivas, el traductor recordaba a sus lectores “la prisión por deudas, la suciedad y el horror de nuestras cárceles, la crueldad de los verdugos y las malversaciones de los auxiliares de justicia”, por no decir –“triste consideración”– que el número de criminales ejecutados en Inglaterra era mucho más alto que en cualquier otro lugar de Europa39.

La crítica de Beccaria a la tortura judicial y los castigos crueles se desprende de su renovado cuestionamiento a los principios de la justicia penal. Aspira a fundamentar las leyes penales en un principio completamente nuevo (principio que más tarde Jeremy Bentham hizo célebre): “la mayor felicidad para la mayor cantidad de hombres”. Dicho de otro modo, las leyes no deberían concebirse para defender el poder absoluto de los soberanos, la ortodoxia religiosa o los privilegios de los ricos y nobles. Debían apoyarse en contratos celebrados entre hombres libres”. Beccaria insistía en la conclusión más importante de sus razonamientos: “el castigo debía ser público, inmediato y necesario, lo menos grave posible según el caso, proporcional al delito y establecido por las leyes.”40 En consecuencia, dos temas le preocupaban más que cualquier otro: la tortura y la pena de muerte, ya que ni una ni otra resistían un análisis razonable en materia de castigo.

Beccaria condenaba la tortura judicial por varias razones: se hacía en privado; era un castigo infligido antes de la sentencia de culpabilidad; era un fracaso como prueba de verdady llevaba a menudo a condenar inocentes. Como creía que la disuasión era la única razón de ser del castigo, se oponía también a la pena de muerte. Preconizaba la esclavitud a perpetuidad (trabajos forzados) como sustituto, porque “muchos están dispuestos a morir con bravura y firmeza”. Sin embargo, el argumento que sostiene que la pena de muerte es “perniciosa para la sociedad por la barbarie que muestra” es uno de los más significativos. Beccaria sostenía que el “ceremonial pomposo” que rodeaba a esta salvajada no hacía más que exacerbarla. Criticaba también “los tormentos y las crueldades inútiles” de los castigos a los que denominaba “instrumentos de un fanatismo furioso.”41

Beccaria se expresa en términos mesurados y reflexivos; no da ejemplos precisos ni menciona a ningún país en particular. (La tortura podía adoptar modalidades distintas según los países e incluso en las distintas jurisdicciones de un mismo país)42 Su argumentación, que se apoya en una deducción racional a partir de principios generales, no está ilustrada con relatos de sufrimientos individuales. Sin embargo, detrás de cada precepto se esboza implícitamente la historia de la “tiranía secreta” y de la “crueldad pública y solemne.”43 El traductor francés cambió el orden de presentación de Beccaria a fin de esclarecer lo implícito y subrayar el vínculo con los derechos humanos. El párrafo siguiente es el ejemplo más revelador de ello:

Si no tengo más mérito que el de haber sido el primero en presentar con cierta nitidez en nuestra Italia lo que ya se escribió y se puso en práctica en otras naciones, me podré considerar dichoso.
Pero si sosteniendo los derechos de los hombres y la invencible verdad pudiera arrancar a la tiranía o a la ignorancia alguna de sus víctimas, las lágrimas y las bendiciones de un solo inocente transportado por su alegría me consolarían del desprecio del género humano.44

Este párrafo está más o menos relegado al final del capítulo 11 de la edición original italiana de 1764, pero Morellet lo puso al final de la introducción de la obra. De este modo, los derechos humanos aparecen nítidamente como una muralla que se levanta contra el sufrimiento individual.

Beccaria dio un nuevo marco a los relatos lacrimosos de las víctimas de la injusticia. Les Mémoires de los juristas escritas para reivindicar a la familia Calas, así como las diatribas de Voltaire relativos a este caso, se quedaron en las circunstancias de la tortura y muerte de Jean Calas, pero no cuestionaron su legitimidad como acciones penales44. Los juristas que estaban a favor de Calas compartían la idea de que un cuerpo que sufre debe decir la verdad; Calas probó su inocencia sosteniéndola hasta en el sufrimiento. Loyseau de Mauléon, por ejemplo, dice categóricamente que “Calas soportó los tormentos con una resignación heroica que sólo se corresponde con la inocencia”.Loyseau sostiene, además, que “la noble constancia” del viejo Calas fue el origen del cambio en los sentimientos del pueblo. Al verlo afirmar constantemente su inocencia bajo la tortura y el suplicio de la rueda, el pueblo de Toulouse empezó a sentir “compasión” y a arrepentirse de haber sospechado ciegamente de los calvinistas al principio del caso… Cada golpe con la barra de hierro“resonaba en el fondo de los corazones” de los que asistían a la ejecución y “torrentes de lágrimas brotaban de sus ojos, desgraciadamente demasiado tarde.”45 Sólo cuando las críticas generales de Beccaria se sumaron a los recuerdos emocionales del sufrimiento, la tortura en sí se volvió inaceptable.

Poco a poco, los hombres del siglo XVIII llegaron a considerar inútiles los sufrimientos que provocaba la tortura judicial. Como afirmaba Voltaire en su comentario de Beccaria, “la compasión natural del corazón humano” hace detestar la “crueldad” de este castigo46. Los reformadores se negaban rotundamente a dar una dimensión religiosa a la tortura que no podía justificarse como un camino a la redención a partir de la confesión. En el capítulo sobre la tortura, Beccaria denunciaba “otra justificación irrisoria de la tortura”, que sostiene que “purgaría de infamia al acusado”. Este “absurdo” no podía ser otra cosa que “el retoño de la religión”. Puesto que la tortura hacía primero del condenado un ser infame, no podía luego librarlo de su vergüenza47. Desde esta óptica, la tortura judicial se volvía en contra de la sociedad misma, embrutecía al individuo en lugar de abrirle las puertas de la redención a través del arrepentimiento. El dolor terminó adoptando un sentido totalmente profano y médico. Podía admitirse como parte del castigo (en este punto, las opiniones no coincidían); no podía justificarse como medio para obtener la verdad en el curso de un proceso.

En la antigua organización de las penas, el condenado había servido de víctima expiatoria cuyos sufrimientos debían restaurar la integridad de la comunidad y el orden del Estado. La naturaleza propiciatoria de este rito estaba subrayada por la inclusión, en numerosas sentencias, de un acto solemne de penitencia. En Francia, por ejemplo, para cumplir con la retractación pública, el condenado llevaba una antorcha encendida y se detenía frente a una iglesia para pedir perdón antes de dirigirse al cadalso49. A partir de la nueva organización esbozada por Beccaria y otros reformadores, este sufrimiento fue denunciado como una agresión tiránica y grosera de la persona humana, a la que no se debía sacrificar en aras de la comunidad. Como decía insistentemente el reformador inglés Henry Dagge, “el bien de la sociedad se apoya esencialmente en el respeto a las personas.”50 El buen funcionamiento de la comunidad y del Estado necesita ahora del respeto a las personas. En este sentido, el jurista inglés William Eden denunció la exposición pública de cadáveres: “los dejamos pudrir como espantapájaros en los cercos y nuestros patíbulos están llenos de cadáveres. ¿Hay alguna duda de que la promiscuidad forzada de tales objetos tenga otro efecto que no sea el de embotar los sentimientos y destruir la vocación caritativa de las personas?”51

Los partidarios de la tortura judicial y de los castigos tradicionales vieron inmediatamente el peligro del planteo de Beccaria. Pierre François Muyart de Vouglans, quien en 1780publicó la última apología del sistema francés de justicia penal del Antiguo Régimen (Les Lois criminelles de la France dans leur ordre naturel), publicó también, en 1767, una refutación a Beccaria. Muyart creyó necesario comenzar por vaciar al argumento de todo su contenido afectivo: “Me jacto de tener tanta sensibilidad como cualquiera, pero no hay dudas de que no tengo una estructura nerviosa tan floja como la de nuestros criminalistas modernos, porque nunca sentí el suave escalofrío del que ellos hablan.”52 En cambio, a Muyart le sorprendió, por no decir le molestó, comprobar que Beccaria había construido su sistema sobre las ruinas de toda la sapiencia aceptada. Se oponía particularmente al método racional de Beccaria: “Sentado en su escritorio, (el autor) se dedica a enumerar las leyes de todas las naciones y a demostrarnos que, hasta el presente, no hemos tenido una idea seria y exacta sobre este tema fundamental.”53 Según Muyart, reformar la justicia penal resultaba difícil porque se asentaba sobre leyes positivas y dependía más de la experiencia y de la práctica que del razonamiento.

A Muyart le costó mucho defender la tortura judicial denunciada por Beccaria. Al ejemplo de un solo inocente condenado injustamente, oponía los “millones de otros” que eran culpables pero que nunca habrían podido ser condenados sin el empleo de la tortura. La tortura podía justificarse, entonces, no sólo por su utilidad, sino también por la antigüedad y universalidad de su uso. No hace falta agregar que Muyart también recusaba los argumentos de Beccaria contra la pena de muerte. Según él, su “sistema” contradecía al derecho canónico, a la ley civil, a la ley internacional y a la experiencia de todos los tiempos.”54

En su conclusión, Muyart va derecho al centro de la disputa, es decir, al sentido que se le debe dar al castigo y al sufrimiento. Se opuso en términoscontundentes al intento de Beccaria de apoyar su sistema en “los sentimientos inefables de corazón”. Decía, severamente, que era indignante escuchar que el autor apelara a la “sensibilidad ante el sufrimiento de los culpables”. “Precisamente porque cada hombre se identifica con lo que le sucede a otro y porque siente un horror natural ante el sufrimiento, en la elección de las sanciones a los culpables se debía dar preferencia a la más cruel para el cuerpo de los culpables” con el fin de disuadir a futuros criminales. ¿Quién puede ignorar que las pasiones moldean a los hombres y que los humores casi siempre dominan a los sentimientos?” Los hombres deben ser juzgados por lo que son y no por lo que deberían ser.55

Algunos críticos de Beccaria vieron un signo de conspiración en la publicación imprevista de su obra. En 1779, Simon-Nicolas-Henri Linguet relata lo que le dijo un testigo:

Algún tiempo después del caso Calas, los enciclopedistas, esgrimiendo el suplicio y aprovechando la circunstancia favorable pero sin comprometerse, según es su estilo, escribieron a Milán a Barnabite, su banquero de confianza en Italia y matemático digno de su reputación, que era el momento oportuno para lanzar un discurso enfático sobre el rigor de las penas y la intolerancia; que la filosofía italiana debía proveer la artillería, y que ellos, disimuladamente, los apoyarían en París.56

Linguet lamentó que el tratado de Beccaria fuera muy conocido y se lo considerara una defensa de Calas y de otras víctimas recientes de la injusticia.

Pese a los esfuerzos de los detractores de Beccaria, en la década de 1780 el concierto de protestas contra la tortura se tornó ensordecedor57. En esta época, sociedades eruditas de Francia, de los estados italianos y de los cantones suizos ofrecían premios a los mejores ensayos sobre la reforma penal. El gobierno de Francia se sobresaltó tanto por el tono que habían adoptado las críticas que le prohibió a la Academia de Châlons-Sur-Marne que siguiera imprimiendo los ejemplares del ensayo de Jacques-Pierre Brissot, ganador del concurso de 178058. Siguiendo a Beccaria, Brissot abogaba por la abolición de la pena de muerte, pero lo que alarmaba al gobierno era el tono encendido de su discurso. Brissot invocaba “esos derechos sagrados que el hombre recibe de la naturaleza” y afirmaba con insistencia que “es inconcebible que una nación tranquila, que vive en un clima templado y con un gobierno moderado, pueda conciliar su carácter amable y sus costumbres pacíficas con la atrocidad de los caníbales. Pues nuestras penas judiciales sólo rezuman sangre y muerte; pretenden inspirar sólo rabia y desesperación en el corazón del acusado.”59 Al gobierno francés no le gustó verse comparado con los caníbales.

La obra siguiente de Brissot, Théorie des Lois Criminelles (1781), escrita en un principio para un concurso de ensayos organizado en Berna, lo convirtió en el nuevo abanderado del movimiento en favor de la reforma penal60. El término “humanidad” (por ejemplo, “el espectáculo de la humanidad doliente”) apareció repetidamente en sus escritos. Pese a su juventud y a su falta de experiencia, Brissot, alentado por otros reformadores, emprendió entonces la publicación de una Bibliothèque Philosophique du Législateur, du Politique, du Jurisconsulte (1782–1785) en diez volúmenes, que debió editarse en Suiza e introducirse en Francia de contrabando. Esta obra reunía sus propios escritos y los de otros reformadores. En 1788, Brissot fundó la Sociedad de Amigos de los Negros, la primera asociación francesa que militó por la abolición de la esclavitud. De este modo, la campaña en pos de la reforma penal quedó estrechamente asociada con la defensa general de los derechos individuales.

Las reformas sugeridas en la década de 1780 no llegaban más lejos que las que ya había propuesto Beccaria, pero los partidarios de la reforma penal empezaron a decir con insistencia que prácticas como la tortura judicial no eran compatibles con una sociedad civilizada61. Brissot comparó el código penal francés con el despotismo oriental62. En 1781, Servan –que luchaba desde hacía mucho por la reforma penal– aplaudió la reciente abolición de la tortura preparatoria decretada por Luis XVI. “Esa tortura infamante que durante tantos siglos profanó el propio templo de la justicia e hizo de ella una escuela del sufrimiento, donde los verdugos torturaban con refinamiento.” La tortura judicial era para él “una especie de esfinge… un monstruo absurdo, apenas digno de encontrar asilo entre los salvajes.”63 Ya en 1775, el reformador William Eden había relacionado tiranía y castigos crueles: “Cuando los derechos de la naturaleza humana no se respetan, los del ciudadano son generalmente despreciados. Los lugares donde prevalecen los castigos crueles demostraron, históricamente, ser fatales para la libertad. La clemencia debería ser garante de los gobiernos moderados.”64 La campaña en pro de la abolición de la tortura y de la moderación de las penas se precipitó en el camino trazado por el surgimiento de la noción de derechos humanos y contribuyó a ampliarla. Así, una sociedad “civilizada” defendía los derechos humanos de sus ciudadanos y prohibía la tortura y los castigos crueles.

A partir de 1788, la corona de Francia había adherido a muchas ideas nuevas: en el decreto de abolición provisoria de la tortura preparatoria, el gobierno de Luis XVI hablaba de “asegurar la inocencia… suprimir todo exceso en la aplicación de las penas… (y) castigar a los malhechores con toda la moderación que exige la humanidad.”65 Los pocos apólogos de la tortura judicial se pusieron cada vez más a la defensiva. Pese a que seguía sosteniendo la validez de las confesiones obtenidas bajo tortura, Muyart de Vouglans, en su tratado de 1780 sobre la ley penal francesa, convino: “No ignoro que debo combatir un sistema que ganó crédito como nunca en estos últimos años”. Pero se negó a entrar en debate, argumentando que sus adversarios no eran más que simples polemistas, mientras que a él lo respaldaba la fuerza del pasado66.

Las campañas en pro de la reforma de la legislación penal francesa culminaron durante la Revolución de 1789. Les Cahiers de Doléance del Tercer Estado (lista de quejas preparada para los Estados Generales de 1789) hicieron de la corrección de los abusos del código penal una de las cuestiones más importantes67. Esto no puede sorprendernos porque los partidarios de la reforma de la ley penal salían del Tercer Estado (los plebeyos) y siguieron desempeñando un papel eminente en la Revolución. Brissot, por ejemplo, se convirtió en uno de los jefes de los girondinos (llamados a veces brissotinos). Los decretos del 8 y 9 de octubre de 1789 y el del 6 de octubre de 1791 reformaron el código penal: la pena de muerte no se abolía, pero se aplicaría únicamente a ciertos delitos y, a partir de ese momento, sólo se haría por decapitación. La exposición pública con un collar de hierro quedaba reservada sólo para las mujeres y los extranjeros y no se aplicaría a los ciudadanos masculinos. La tortura, el suplicio de la rueda, el retractación pública, la mutilación y la marcación con hierro candente, fueron abolidas68. Del mismo modo, en los recién nacidos Estados Unidos, la Bill of Rights (la Declaración de Derechos) proscribió “los castigos crueles e infrecuentes” (según la opinión general, aún es posible una amplia interpretación de esta noción, especialmente en lo que concierne a los esclavos).

En pocas décadas, se habían enraizado profundamente nuevos comportamientos ante la tortura judicial y los castigos crueles. Las nociones seculares de sacrificio propiciatorio y de verdad a través del sufrimiento habían decaído por la presión de nuevas experiencias corporales. Éstas, a su vez, facilitaron el surgimiento de nuevas concepciones sobre los derechos individuales y de críticas a las antiguas prácticas inspiradas en las Luces. Lo que había sido trivial se convirtió en bárbaro y salvaje. Tal vez estos cambios hayan permitido la “normalización”, tal como la entiende Foucault, pero también le dieron un significado muy distinto al término “normal”. La noción de un yo poseedor de derechos, autónomo e inviolable, se convirtió en el ideal fundador de la democracia, pese a que no se haya alcanzado en el pasado y a que, actualmente, aún se esté lejos de alcanzarlo efectivamente.

Lynn Hunt
(Departement of Modern European History, UCLA)

1- Foucault, Michel, Surveiller et Punir: la naissance de la Prison, Gallimard, París, 1975, págs. 242, 251 y 311.
2- Foucault, Michel, Histoire de la Sexualité, Gallimard, París, vol. 1, La Volonté de Savoir, 1975, pág. 205; vol. 2, L’usage des Plaisirs, 1984; vol. 3, Le Souci de Soi, 1984.
3- Histoire de la Sexualité, vol. 1, pág. 191.
4- En una entrevista citada por Sawicki, Jana, “Feminism, Foucault, and ‘Subjets’ of Power and Freedom” en Susan J. Heckman ed., Feminist Interpretations of Michel Foucaul, PA, University Park, 1996, pág. 173.
5- Elias, Norbert, La Civilisation des Moeurs, Calmann-Lévy, 1973, págs. 149 -150.
6- Para una visión crítica, ver Rosenwein, Barbara H., “Worrying about Emotions in History”, American Historical Review, 107, 2002, págs. 821-845.
7- Johnson, James H., Listening in Paris: A Cultural History, University of California Press, Berkeley, 1995, cita pág. 61.
8- Ravel, Jeffrey S. insiste en la algarabía continua de los espectadores de pie en la platea en The Contested Parterre : Public Theater and French Political Culture, 1680-1791, Cornell University Press, Ithaca, 1999.
9- Pardailhé-Galabrun, Annik, La Naissance de l’Intime, 3000 Foyers Parisiens, XVIIº et XVIIIº siècles, P.U.F., París, 1988. N.del T.: Juego de palabras :“boudoir”, salón pequeño que usaban las señoras y “bouder”, poner mala cara, mostrar enfado o mal humor. Así, el “boudoir” es el salón para “bouder”.
10- Shackelford, Georges T. M. y Tavener Holmes, Mary A.; Magic Mirror: thePortrait in France, 1700-1900, Museum of the Fine Arts, Houston, 1986, pág. 9.
11- Ellen G. Miles ed., The Portrait in Eighteenth-Century America, , University of Delaware Press, Newark, DE, 1993, pág. 10.
12- Breen, T. H., “The Meaning of ‘Likeness’; Portrait Painting in an Eighteenth-Century Consumer Society”, Miles ed., The Portrait, págs. 37-60.
13- Lettres sur les peintures, sculptures et gravures de Mrs. De l’Académie Royale, exposées au Salon du Louvre depuis MDCCLXVII jusqu’en MCDDLXXIX, John Adamson, Londres, 1780, pág. 28 (salón de 1767), pág. 51 (salón de 1769).
14- Foucault, Michel, Surveiller et Punir, pág. 19.
15- Ruff, Julius R., Crime, Justice and Public Order in Old Regime France: The Sénéchaussées of Libourne and Bazas, 1696-1789, Londres, 1984.
16- Mowery Andrews, Richard, Law, Magistracy, and Crime in Old Regime Paris, 1735-1789, vol. I, The System of Criminal Justice, Cambrigde University Press, Cambrigde, 1994, en particular, págs. 385, 387-388.
17- El Body of Liberties (1641) (Repertorio de libertades) de Massachusetts permite obtener el nombre de cómplices por medio de la tortura y demuestra, además, la ligereza en las nociones de castigos bárbaros e inhumanos: “Nadie será forzado por medio de la tortura a confesar un delito, contra sí mismo o contra cualquiera, a menos que se trate de un asunto de capital importancia en el que haya sido declarado culpable a partir de pruebas claras y suficientes. Después de lo cual, si se trata de una causa de este tipo, si se comprueba que hay otros conspiradores o cómplices, el acusado puede ser torturado pero sin que esos castigos sean bárbaros o inhumanos”. Friedman, Lawrence M., A History of American Law, Simon & Schuster, Nueva York, 1991, pág. 70.
18- Peters, Edward, Torture, University of Pennsylvania Press, Filadelfia, 1985.
19- No parece ser éste el caso de Inglaterra. Por ejemplo, el Parlamento aumentó considerablemente el número de faltas capitales en el siglo XVIII (según ciertas estimaciones, el número se triplicó en ese siglo).León Radzinowicz, A History of English Criminal Law and its Administration from 1750, 4 volúmenes, Londres, Stevens & Sons, 1948, vol. 1, págs. 3-5, 165-227.
20- Langbein, John H., Torture and the Law of Proof: Europe and England in the Ancien Régime, University of Chicago Press, Chicago, 1976.
21- Andrews, Law, Magistracy, and Crime, citas: págs. 283 y 453.
22- Cockburn, J. S., “Punishment and Brutalization in the English Enlightenment”, Law and History Review, 12, 1994, págs. 155-179, en particular, págs. 177-178.Sin embargo, esta comparación parece falaz; no se puede poner en el mismo plano el tratamiento brutalque el gobierno inflige a los cuerpos de los condenadosy la violencia de la muchedumbre en el lugar del suplicio.
23- Cockburn, “Punis(ment) and Brutalization”, pág. 163.
24- Citado en Mcgowen, Randall, “The body and punishment in Eighteenth-Century England”, Journal ofModern History, 59, 1987, págs. 651-679, cita: pág. 668.
25- Spirenburg, Pieter, The spectacle of Suffering Executions and the Evolution of Represion: From a Preindustrial Metropolis to the European Experience, Cambridge University Press, 1984.
26- Silverman, Lisa,Tortured Subjects: Pain, Truth, and the Body in Early Modern France, University of Chicago Press, Chicago, 2001. Sobre los reformadores ingleses, ver McGowen, “The Body and Punishement”.
27- Para el caso de Francia, ver Silverman, Tortured Subjects, El caso Calas tuvo menos repercusión en Inglaterra, pero el tratado de Beccaria ejerció una gran influencia en las ideas reformadoras de William Eden, Principles of Penal Law, 1771, de Romilly, Samuel y de Bentham, Jeremy. Radzinowicz, A History of Criminal Law, vol. 1, págs. 301-381.
28- Los orígenes del vocabulario de derechos humanos dista mucho de ser un tema zanjado. Sobre la influencia de la escuela napolitana de la ley natural, ver Ferrone, Vincenzo, La Società giusta ed equa: repubblicansimo e diritti dell’uomo in Gaetano Filangieri, Laterza, Roma, 2003, en particular, págs. 100-123.
29- Mémoires secrets pour servir à l’histoire de la République des lettres en France depuis MDCCLXII jusqu’à nos jours, Londres, 1780, reimpreso en 1970, vol. 1, pág. 230 (pasaje relativo al 13 de junio de 1763). Como los volúmenes se publicaron después de las fechas que supuestamente abarca la obra, no podemos estar absolutamente seguros de que el uso de la expresión “derechos humanos” fuera tan común desde 1763 como afirma el autor. The Inequality of Conditions se relaciona con las tesis de Rousseausobre el origen de la desigualdad.
30- Berriat-Saint-Prix, Des tribunaux et de la procédure du grand Criminel, págs. 93-96.
31- Bien, David D., L’Affaire Calas: Hérésie, Persécution, Tolérance à Toulouse au XVIIIe. siècle, trad. Philippe Wolff, Eché, 1987.
32- La intención de Voltaire de poner a este caso en el marco de la intolerancia religiosa se manifiesta claramente en el Traité sur la Tolérance à l’occasion de la mort de Jean Calas (1763), en Voltaire, L’Affaire Calas et autres affaires, Gallimard, París, 1975, págs. 88-194.
33- Ver, por ejemplo, Loyseau de Mauléon, Alexandre-Jérome, Mémoire pour Donat, Pierre et Louis Calas, Le Breton, París, 1762, et Jean-Baptiste-Jacques Élie de Beaumont en Mémoire pour Dame Anne-Rose Cabibel, veuve Calas, et pour ses enfants sur le renvoi aux Requêtes de l’Hôtel au Souverain, ordonné par arrêt du Conseil le 4 juin 1764, imprenta de L. Cellot, París,1765. Ver también Maza, Sarah, Vies Privées, Affaires Publiques: Les causes célèbres de la France pré-révolutionnaire, trad. Christophe Beslon y Pierre-Emmanuel Dauzat, Fayard, París, 1997.
34- En una carta fechada el 16 de octubre de 1765, Voltaire menciona que leyó a Beccaria. También hace alusión al Caso Calas y al caso Sirven (que implicaba también a los protestantes). Théodore Besterman et al. editores, Les Oeuvres Complétes de Voltaire, 135 volúmenes,Banbury, Oxfordshire, Genève; Toronto: Instituto y Museo Voltaire;Fundación Voltaire; University of Toronto Press 1968. 2001, 113, Correspondence and Related Documents, April-December 1765, 29, 1973, pág. 346.
35- Sobre la acogida que tuvo la obra en Francia y en otros países europeos, ver las cartas reproducidas por Franco Venturi ed., Cesare Beccaria, Dei Delitti e delle pene, con une raccolta di lettere e documenti relativi all uscita dell’opera e alla sua fortuna nell’Europa del settecento, Giulio Einaudi, Turín, 1970, en particular, págs. 312-324.
36- El comentario de Voltaire pone aun más en relieve los excesos de los castigos crueles. Ver An Essay on Crimes and Punishments, Translated form the Italian, with a Commentary attributed to Mons. De Voltaire, Translated from the French, 4ª edición, Londres, F. Newberry, 1775. Desde 1768, la tortura era uno de los principales escándalos denunciados por Voltaire. En una carta que le escribió a Beccaria al comienzos de ese año, describe las vejaciones que soportó el caballero de la Barre. Venturi ed., Cesare Beccaria, pág. 438 (la carta no tiene fecha, pero es inmediatamente anterior a otra fechada en mayo de 1768).
37- Firpo, Luigi, “Contributo alla bibliografia del Beccaria. Le edizioni italiane settecentesche del Dei Delitti e della pene”, en Atti del convegno internazionale su Cesare Beccaria promosso dall’Academia delle Scienze di Torino nel secondo centenario dell’opera ‘Dei delitti e delle pene’”, (Turín, 4 a 6 de octubre de 1964), Accademia Delle Scienze, Turín, 1966, págs. 329-453.
38- Maestro, Marcello, Cesare Beccaria and the Origins of Penal Reform, Temple University Press, Filadelfia,1973, pág. 43.
39- An Essay on Crimes and Punishments, Translated from the Italian, with a commentary attributed to Mons. De Voltaire, Translated from the French, 4ª edición, F. Newberry, Londres, 1775, citas: págs. iii y vii.
40- Crimes and Punishments, citas: págs. 2 y 179.
41-Crimes and Punishments, citas: págs. 107, 43 y 112.
42- En lo que respecta a las variaciones en Francia, ver Berriat-Saint Prix, Des tribunaux et de la procédure du grand Criminel, págs. 74-103.
43- Crimes and Punishments, cita: pág. 41.
44- Franco Venturini ed., Cesare Beccaria, pág. 30 -31, para la edición italiana definitiva (la última supervisada por el propio Beccaria). El párrafo aparece en el mismo lugar de la traducción inglesa original, en el capítulo 11. Pero las ediciones italianas posteriores retomaron el orden adoptado en la traducción francesa. Ver, por ejemplo, Dei delitti e delle pene. Ediziones rivista, corretta, e disposta secondo l’ordine della traduziones francese approvato dall’autore, Presso la Società dei Filosofi, Londres, 1774, pág. 4. Según Luigi Firpo, este volumen lo imprimió en realidad Coltellini en Liborno. Firpo “Contributo alla biografia del Beccaria”, págs. 378-379.
45- Voltaire publicó un panfleto de 21 páginas en agosto de 1762 sobre la Histoire d’Elizabeth Canning et des Calas. Usa las mismas anécdotas y expresiones que los demás comentaristas para describir la tortura y la muerte. Está escandalizado, no por el empleo de la tortura, sino por sus abusos injustificados. Voltaire, L’Affaire Calas, pág. 81.
46- Loyseau de Mauléon, Mémoire pour Donat, Pierre et Louis Calas, págs. 38-39. Beaumont, Elie de, transcribe exactamente las palabras que pronunció Calas. Voltaire las había incluido también en su panfleto.
47- Commentary Attributed to Mons. De Voltaire, pág. lxi. Aunque siguen el tratado de Beccaria, las páginas del comentario están numeradas en cifras romanas. Voltaire no se sumó inmediatamente a la lucha por la abolición de la tortura; sólo lo hizo en su Prix de la Justice et de l’Humanité, publicado en el año de su muerte, en 1778. Venturi ed., Cesare Beccaria, págs. 493- 495.
48- Crimes and Punishments, págs. 60-61.
49- Spierenburg, The Spectacle of Suffering, pág. 53.
50- Citado en “The body and Punishment in Eighteenth-Century England”, McGowen, pág. 669.
51- Citado en “The body and Punishment in Eighteenth-Century England”, McGowen, pág. 670.
52- (Pierre-François) Muyart de Vouglans, Réfutation du Traité des Délits et des Peines & c., impreso al final de Les Loix criminelles de Frances, en su orden original, Benoî Morin, París,1780, pág. 811.
53- Muyart de Vouglans, Réfutation, pág. 815.
54- Muyart de Vouglans, Réfutation, págs. 824-826.
55- Muyart de Vouglans, Réfutation, pág. 830.
56- Venturi ed., Cesare Beccaria, pág. 496. Este párrafo está tomado de la obra de Linguet, Annales Politiques et Littéraires, 5, 1779.
57- Es imposible hacer aquí una enumeración completa de los escritos contra la tortura. Ver Maza, Sarah, Vies Privées, Affaires Publiques: Les causes célèbres de la France pré-révolutionnaire y Jacobson, The Politics of Criminal Law Reform.
58- Jacobson, The Politics of Criminal Law Reform, pag. 316.
59- Las citas provienen del ensayo de Brissot, Discours sur les moyens de prévenir les crimes en France, título bajo el cual presentó su obra en el concurso de la Academia Real de Châlons-sur-Marne cuando lo volvió a publicar en la Bibliothèque du Législateur. Reproducido en Venturi ed., Cesare Beccaria, pág. 517.
60- Brissot describe las reacciones en sus memorias. Claude Perroud ed., J. P. Brissot, Mémoires (1754-1793), 2 volúmenes, Alphonse Picard & Fils, s.f., París, vol. 1, págs. 222-226.
61- Brissot emplea la misma dialéctica que usaban los abogados al redactar sus escritos para las diversas causas célebres de los años 1780; no sólo defendían a sus clientes injustamente acusados, sino que cada vez más acusaban al sistema judicial en su conjunto. Estos escritos estaban generalmente en primera persona, como si los propios clientes hubieran escrito esos relatos novelados melodramáticamente para dar más fuerza a sus argumentos.Sarah Maza analiza en profundidad estos procedimientos estratégicos en Vies Privées, Affaires Publiques : Les causes célèbres de la France prérévolutionnaire.
62- McCloy, Shelby T., The Humanitarian Movement in Eighteenth-Century France, University of Kentucky Press, Lexington, KY, 1957, pág. 196.
63- Servan, Joseph Michel Antoine, Discours sur le progrès des connaissances humaines en général, de la morale, et de la législation en particulier, 1781, pág. 99.
54- Citado en The Body and Punishment in Eighteenth-Century England, McGowen, pág. 669.
65- Reccueil Général des anciennes Lois Françaises, Jourdan ed., págs. 28-528.
66- En una escala de 1 a 1125, y considerando que 1 era la frecuencia más alta con la que los temas aparecían en los libros de reclamaciones, tenemos:
contra el código penal: 70,5 el Tercer Estado, 27,5 la nobleza, 337 el clero;
contra el procedimiento legal: 34 el Tercer Estado, 7,5 la noleza, 15 el clero;
contra las persecuciones y sanciones: 60, el Tercer Estado, 76 la nobleza, 171 el clero;
contra las penas establecidas por la ley penal: 41,5 el Tercer Estado, 213,5 la nobleza, 340 el clero.
67- Esta clasificación fue establecida por Shapiro, Gilbert y Markoff, John, Revolutionary Demands: A Content Analysis of the Cahiers de Doléances of 1789, Stanford, CA, Stanford University Press, 1998, págs. 438-474.
68- Para una visión de conjunto, ver McCloy, The Humanitarian Movement, págs. 202-209.
69- Para una visión de conjunto, ver McCloy, The Humanitarian Movement, págs.202-209.

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