DIÓGENES

ANTIFRANCIA: UN FANTASMA DE LA NOVELA NORTEAMERICANACONTEMPORÁNEA

por JEFFREY MEHLMAN

Existe una geografía de la novela judía norteamericana que va mucho más allá de la ciudad de Nueva York de lo que se hubiera podido suponer. Tomemos a los dos autores de los que nos ocuparemos en estas páginas. Desde L´Ecrivain des ombres (1979), Philip Roth ha sido, ante todo, un escritor del oeste de Massachusetts, de una región conocida como los Berkshires. Su última gran novela, La Tache, tiene por marco un campus imaginario de ese lugar; pone en escena la visita memorable de la Boston Symphony a la vecina residencia de verano en Tanglewood y encuentra una especie de apogeo trágico en Pittsfield, una de las ciudades principales de la región. Un poco más al norte, Saul Bellow nunca disimuló su placer de ir al “buen lugar”: Vermont. Algunas escenas de Ravelstein, su más reciente novela, están ambientadas en el vecino New Hampshire, pero el aficionado a su obra reconoce inmediatamente una transposición del “buen lugar” amado por el autor, donde el rocío “absorbe cada partícula de luz”: Vermont1. Nuestro punto de partida estará a igual distancia de los dos, entre los Berkshires y las Green Mountains, en la somnolenta ciudad de Bennington, justo en la frontera entre Massachussets y Vermont. Es una ciudad de escritores: W. H. Auden enseñó en el colegio local; Robert Frost está enterrado allí. Sin embargo, lo que será objeto de nuestras reflexiones es una dudosa obra de arte plástico ubicada frente al museo de arte local y, más particularmente, la alegoría involuntariamente puesta en escena por su ambición alegórica, así como su valor heurístico para la lectura de La Tache y de Ravelstein.

El Bennington Museum alberga una colección particularmente imponente de obras de la primitivista norteamericana Grandma Moses. Frente al museo, sin embargo, y antes de abordar el kitsch de Grandma Moses, el visitante se encuentra ante una extraña escultura de un artista de Vermont, Clyde du Vernet Hunt. Denominada “El espíritu americano”, fue colada en bronce en 1939 y consiste en tres figuras, de escala levemente distinta, cada una de las cuales encarna una virtud esencial propia. Un Abraham Lincoln de pie, imponente, con su sobretodo y su galera, encarna la Caridad; una mujer semidesnuda, la Fe, se muestra de rodillas ante el presidente, alzando los ojos hacia él con aire sumiso; la Esperanza es un muchacho calpixque, desnudo, erguido y firme frente al presidente, con la mirada fija a la altura de su cintura. La idea de que el venerable presidente está eligiendo entre dos fellatios, la heterosexual o la homosexual –o acaso entregándose a ellas– se impuso con tanta insistencia durante la presidencia de Clinton, que las damas protectoras del museo decidieron redactar y dar ruidosa difusión a un folleto explicativo de la génesis de la escultura, por temor a tener que refutar la impresión de un acto sexual cuya simple mención ensuciaría inevitablemente la boca de quien quisiera disiparla.

INCORPORAR LA FOTOGRAFÍA DE LA ESCULTURA  

Si Lincoln (Caridad), explica el documento, siempre inspiró al artista patriótico en sus obras de bronce o mármol, la Fe y la Esperanza son, en realidad, modificaciones de dos estatuas originariamente separadas: una mujer de mármol, desnuda, de rodillas, llevaba inicialmente el título de “Nirvana”, y se le atribuía la personificación del principio budista de la emancipación espiritual; y el muchachito desnudo, que encarnaba a la Esperanza, era en sus orígenes un monumento conmemorativo posterior a la Primera Guerra Mundial llamado “Hijo de Francia”. Así, “Nirvana” fue neutralizada bajo el nombre de Fe y Francia (o su hijo), bajo el de Esperanza. La extraña inspiración de Hunt consistió en reunir a Nirvana, al “Hijo de Francia” y a Lincoln bajo los nombres alegóricos de Fe, Esperanza y Caridad. Bastaba con cubrir discretamente a esta Nirvana arrodillada (convertida en Fe), para consolidar al grupo a expensas de Nirvana (¿nos atreveríamos a decir “del principio de Nirvana”, esa dimensión del pensamiento freudiano que Norteamérica nunca pudo asimilar?) y de (el futuro de) Francia; una consolidación realizada en nombre del moralismo norteamericano: las virtudes esenciales de la Fe, la Esperanza y la Caridad.

Si las tres figuras han podido aparecer en el umbral de la perversión sexual, es precisamente porque el moralismo las asoció, y allí reside, por supuesto, todo el problema. Y todo esto a tiro de piedra del obelisco que conmemora la batalla revolucionaria de Bennington. Es casi como si en la aspiración de mezclar a las tres en una unidad idealizada y cada vez más grande, la materia de lo que Freud llamó Eros (pero analizó en términos de narcisismo) hubiera sido desmentida por el principio de Nirvana, una “pulsión de muerte” cuya estructura había sido, desde el principio, la de la “sexualidad inconsciente”2 en sí.

Pero para que esta configuración se volviera visible hacía falta tiempo –y el escándalo de Mónica Lewinsky bajo una presidencia ulterior–. De allí la necesidad de un folleto histórico sobre la génesis de esta trilogía de bronce, instalada frente al museo en 1949,que sólo se volvió imperativo bajo la presidencia de Clinton. Antes, me explicó un responsable del museo, el grupo había sido presentado en respuesta a un encargo de Rockefeller como eventual decoración del Rockefeller Center de Nueva York.Rockefeller habría rechazado la obra con horror, pero el simple hecho de que el escultor haya creído bueno presentarla como una expresión de patriotismo desprovisto de ambigüedad, muestra hasta qué punto pudo haber sido un trabajo inconciente.

Y una de las dimensiones que la obra trataba de reprimir, en nombre de la moral norteamericana, eracierto porvenir de Francia.

“Padre Abraham” es el nombre que da la Web a la escultura de Bennington.Y uno piensa en esa parábola de Kafka que comienza por Ich könnte mir einen anderer Abraham denken. O, tal vez, remontarse al momento seminal de Proust, a la escena del beso materno, cuando el padre de Marcel no logra conformarse con el aguafuerte del Abraham bíblico a la manera de Benozzo Gozzoli que Swann le regaló al joven protagonista. Porque la escultura de Bennington, con el correr del tiempo, terminó por construir su propio “otro Abraham”, alegoría de la alegoría que parece querer poner en escena. En los últimos años del siglo XX, parecería que Abraham Lincoln, encarnación de una virtud esencial, sólo podría encarnarla en la medida en que estuviera implicado en una doble y espectacular perversión sexual. El malestar del Bennington Museum, cuando creyó oportuno sacar su pequeña nota en el momento del escándalo Lewinsky, es la ilustración más notoria de esto.

Hay algo más extraño todavía. Lo que estaba en juego en la trilogía de Bennington –la sexualidad flagrante, la negación de Nirvana (de Freud) y de cierto porvenir de Francia, todo esto en nombre de la moral norteamericana– logró abrirse camino en las más altas esferas de la prosa norteamericana. En ese fenómeno, tal como lo ilustran los ejemplos gemelos de La Tache de Roth y de Ravelstein de Bellow, ambos publicados en2000, vamos a concentrarnos ahora. Si hablo de casos gemelos es por la asombrosa similitud de las dos novelas. Con una pizca de ingenio se podría, de hecho, hacer un resumen idéntico de ambas. Véase la ambivalencia de la fórmula siguiente: un universitario valientemente conservador, condenado a muerte a causa de sus desvíos sexuales, antes de morir le pide a un viejo amigo novelista que escriba la historia de su vida. Además, ambos libros están dominados por una amenaza considerada el tema francés por excelencia.

Comenzaremos por La Tache porque Roth tomó el nexo con el escándalo Lewinsky como uno de los motivos principales de su novela. Este libro, que tiene por marco el campus del imaginario Athena College en los Berkshires, sería un intento de tragedia en el sentido aristotélico del término; y el coro griego de ciudadanos imaginado por Roth no hace más que comentar el escándalo Lewinsky. Sin embargo, el héroe de esta tragedia–y, en este sentido, un sustituto de Clinton por su sexualidad desenfrenada– es un tal Coleman Silk, helenista y administrador conservador del colegio, que ha sido injustamente despedido del establecimiento en circunstancias extrañas. Al advertir que dos estudiantes inscriptos en su curso no se presentaron nunca, un día pregunta a sus estudiantes si alguien los conoce o son sólo “zombis” (spooks). Se comprueba que los dos estudiantes en falta son afroamericanos y que la palabra spooks también tiene el significado poco cortés de “negros”. De repente, los enemigos que Silk tiene en el campus pueden acosarlo, injustamente, acusándolo de racista, hasta obligarlo a renunciar. Destrozada por los acontecimientos, su esposa no resiste la adversidad y muere. El ex decano se consuela entablando una relación escandalosa con una empleada de limpieza del College, Faunia Farley.Le pide a Nathan Zuckerman, novelista y alter ego de Roth, que cuente su historia en un libro. Finalmente, Silk y Faunia mueren en un accidente de tránsito provocado por su ex marido celoso, veterano de la guerra de Vietnam, que está medio loco.

Si la transformación de Coleman Silk en chivo expiatorio constituye una tragedia en el sentido aristotélico de la palabra, es porque comporta a la vez anagnorisis y peripeteia. Porque, en la mitad de la novela, descubrimos que Coleman Silk, administrador judío del Athena College, no es para nada judío, sino un negro de piel clara que “se hace pasar” por judío. De este modo, hay una profunda justicia bajo la aparente injusticia de la persecución a este hombre por racista. Porque se convirtió en lo que es por hubris, negando cruelmente su raza. Coleman Silk es un Edipo norteamericano: el hecho de que rehuya su raza lo convierte en parricida virtual, mientras que su relación con la empleada de limpieza es tratada como virtualmente incestuosa.

Al mismo tiempo, como vimos, Silk es un sustituto de Bill Clinton, cuyas aventuras e infortunios sexuales parecen ser el principal centro de interés del coro griego de ciudadanos. No por nada la novela encuentra una suerte de resolución cuando la policía informa que nada prueba que Silk recibiera los favores sexuales de Faunia en el momento del accidente fatal.

Si Coleman Silk es el Edipo de Philip Roth que masacra metafóricamente a sus padres en su raza para pagar finalmente el irónico precio por ello, su oráculo de Delfos es una histérica egresada de la École Normale Supérieure de París que enseña en el College, Delphine Roux. Empujada por la frustración sexual, se pasa toda la novela mandando cartas enigmáticas –y eventualmente anónimas–, electrónicas y manuscritas, con el único objetivo de demoler su némesis, Coleman Silk. Es lo que ocurre el día en que entra en la New York Public Library con un ejemplar del ensayo sobre la melancolía de Julia Kristeva bajo el brazo y, en su cartera, una carta anónima que denuncia las calaveradas del decano, que no sabe si enviar o no. En la sala de lectura, se topa con un candidato aparentemente aceptable que está leyendo –¿¡será posible!?– una novela en francés del marido de Kristeva, Philippe Sollers. Al sentarse frente a él, lo ve sonreír en dirección a alguien que entra en la sala detrás de ella, y con quien se va. Bajo el efecto de la rabia y de la frustración, envía la carta de denuncia que llevará al decano a su perdición.

Delphine Roux encarna un narcisismo profundo, casi clínico. Se convence de que la humillación sexual de la empleada de limpieza por parte de Silk sucede por falta de algo mejor, que su voluntad real es humillarla: “como imagen, es a mí a quien ataca”, dice en una de sus divagaciones. El decano en desgracia jamás le habría perdonado a la intelectual francesa su papel en el escándalo inicial de los zombis, un desenfreno de lo “políticamente correcto” que lo había obligado a renunciar. Desde el fantasma de ser una víctima sexual en el cuerpo de otra, a la voluntad de vengarse a medida que se sumerge en una ola de “idealismo desenfrenado”, no se requiere mucho tiempo para que Delphine se encuentre atrapada en los terrores de un clásico delirio de persecución. Finalmente, mientras redacta un aviso clasificado, fruto de su frustración sexual y destinado a la New York Review of Books, hace un descubrimiento que la deja estupefacta: el hombre que busca corresponde, de un modo más claro imposible, a su némesis, Coleman Silk. Entonces, se equivoca de tecla y automáticamente, de manera “accidental”, envía su aviso clasificado por correo electrónico a todos los miembros de su Departamento. Aunque Delphine se libera de su oráculo, hace el ademán de una narcisista paranoica (“La noticia del escándalo llegará a toda la gente que ella conoce y la vergüenza la acompañará por todos lados, implacablemente.”)4

Si se pudiera resumir el fondo del pensamiento freudiano con la idea de que todos estamos condenados a actuar simultáneamente los papeles de Edipo y de Narciso, Roth nos ha dado un libro donde estos papeles son compartidos entre un Edipo parricida que niega su raza,Coleman Silk, y un Narciso que se consume y se destruye en la violencia, Delphine Roux. Que la tragedia edípica, tan justa en su injusticia aparente, incluya a la comedia narcisista de la intelectual francesa, es indicativo de que el género elegido por Roth supera la sátira. Sin embargo, no hay que negar el lugar central que ésta ocupa. Obsesionada por su “condición de francesa”, con su tesis sobre Bataille bajo el brazo, Delphine Roux es un blanco que Roth trata de demoler. Porque ella encarna la amenaza de la “teoría francesa”, tal como la perciben las letras norteamericanas –una amenaza conocida en Francia por los excesos a los que dio lugar en los campus norteamericanos como “teoría norteamericana”–. (Roth tiene suficiente sentido de la ironía como para hablar del “pretendido discurso que ella adquirió en París y New Haven.”5) No hace falta evocar aquí las vicisitudes de ciertas lecturas francesas de textos en lengua alemana que, cuando llegaron a los departamentos de inglés monolingües, fueron tituladas, a falta de algo mejor, “teoría literaria” (o francesa). Alcanza con decir que Silk habla por Roth cuando ve encarnado en la egresada de la École Normale Supérieure de París “el tipo de simulado prestigio universitario que los estudiantes de Athena necesitan tanto como a la peste y, circunstancia agravante, cuyo éxito entre los profesores de segundo orden estaba asegurado.”6

Pero por eso, en una ironía mayor que la inmensa tragedia de Roth, sorprenden la profundidad de las resonancias y de las afinidades entre la novela y una notable corriente del pensamiento francés. En ningún lado esto es más evidente que en el título, La Tache (La Mancha), en inglés The Human Stain. La fórmula consiste en esas locuciones de doble sentido (como spooks) que estructuran la obra. Porque, por un lado, en esta novela de negación de la raza y de voluntad de “jugarse el pellejo” de todas las maneras que se desee, “la mancha humana” –stain o pellejo– no podría referirse sólo a la pigmentación.Pero la expresión admite un segundo sentido, “la impureza desvergonzada del sexo”, “la infección del sexo, esa corrupción redentora que desidealiza a la especie y nos recuerda para siempre de qué manera se nos hace7.” Casi como hubiera podido decirlo Bataille. (Y aquí dejamos los Berkshires por nuestro trío esculpido de Bennington: la sospecha de fellatio como causaúltima de lacaída de Silk, la sombra de Mónica Lewinsky y de un presidente norteamericano nunca muy lejos de la conciencia del coro de ciudadanos de Roth –y todo esto, como vimos, en un contexto que oblitera cierta idea de Francia...–). La expresión “mancha humana” aparece finalmente, sin duda, como una elaboración de las reflexiones de Roth sobre una sexualidad que no se puede manejar. El ostracismo de un cuervo impuesto por sus congéneres, un ave con la que se identificó la escandalosamente erótica empleada de limpieza, se atribuye al hecho de que los humanos han intentado elevarla: “Dejamos una mancha, dejamos una huella, dejamos nuestra impronta. Impureza, crueldad, malos tratos, error, excrementos, simiente.” Faunia continúa: “No tiene nada que ver con la gracia, la salvación ni la redención. La mancha está en cada uno. Para siempre, inherente, constitutiva. La mancha que está allí antes que su marca. Sin su signo, está allí. La mancha tan intrínseca que no necesita una marca (mark).” Es un extraño fragmento por varias razones. Después de todo, Marc (Mark)8 es el nombre del hijo perpetuamente rebelde de Coleman Silk. De este modo, la mancha anterior a la marca habla, sin duda, de una sexualidad fundamentalmente preedípica, cuando no antiedípica. Pero lo que me interesa son las resonancias manifiestamente no cristianas de esta “mancha de antes de la marca” sexualizada. Las mejores lecturas de Freud, que deben tanto a los franceses, ¿acaso no han insistido sobre el status de la pulsión como “cuerpo extraño interno”, sexualidad originada en la seducción por el otro?9 Y la “mancha” (o “traza”) antes que “el signo” ¿no está acaso lo más cerca posible de la inspiración original de la gramatología10? Nada de todo esto ha sido percibido en una novela tan comprometida con su rechazo cáustico a la intelectualidad francesa. Pero a medida que la novela se acaba, su sexualidad escandalosamente oral, su rechazo a cierto Freud (francés), cuando no a cierta Francia, todo lanza un guiño a nuestro trío de Bennington. Ha llegado el momento de trasladarnos al norte.

O más bien al noreste, al Vermont de Bellow, que se encuentra tan lejos de la Trilogía Lincoln de Bennington hacia el este como el campus de Athena de la novela de Roth lo está hacia el sur. Ya hemos resumido la novela de Bellow, Ravelstein, en términos igualmente aplicables a La Tache: con el trasfondo de una condición francesa amenazadora, un universitario conservador norteamericano, condenado a muerte a causa de sus extravíos sexuales, le pide a un amigo que escriba la historia de su vida después de su muerte. Ravelstein es tanto una memoria como una novela: el retiro del escritor a Vermont ha sido desplazado a un Estado más al este, a New Hampshire, y el universitario, esta vez –el caso es de público conocimiento– es una versión de Allan Bloom, filósofo político conservador, cuyo ensayo The Closing of American Mind (en francés, L’Âme désarmée, el alma en cuestión está cerrada a fuerza de haberse abierto tan patéticamente) debió buena parte de su éxito comercial al prefacio de Bellow: Chick, el narrador y alter ego de Bellow, es, pues, a Ravelstein lo que el Zuckerman de Roth es a Coleman Silk.

Pero hay que prestar atención a las diferencias. Abe Ravelstein era homosexual y su gusto descontrolado por los hombres muy jóvenes –entre ellos los “chicos lindos de París”– lo llevará a morir de Sida11. Y Chick, el narrador, a diferencia del Zuckerman de Roth, también tiene una vida amorosa sorprendente. Se casó con Rosamund, mucho menor que él y que hace un doctorado en Chicago bajo la supervisión de Ravelstein, cuya memoria es una suerte de canto a la gloria de su altruismo. Al final del libro, habrá salvado la vida de Chick repatriándolo con toda urgencia de una isla del Caribe, después de que se intoxicara gravemente con un plato de pescado de aletas venenosas servido en un restaurante francés. En ciertos aspectos, el libro coincide con la moral bíblica más austera: de los dos judíos aparentemente destinados a la muerte, el heterosexual es “salvado” por la mujer que ama y el homosexual “destruído por sus prácticas sexuales imprudentes.”12

En verdad, pareciera que el cortés Chick trata de preservar a Rosamund –cuando no a sí mismo– de toda contaminación a causa de las dimensiones de sordidez sexual, de la cual Ravelstein está siempre dispuesto a dar testimonio, porque con él se aprendía de eso mucho más de lo que “se habría deseado”. Y la figura de ese rechazo es un arcaico “lugar de la psiquis” que pertenece “a la edad de las pirámides o al Ur de los Caldeos.”13 Se reconoce en esa “roca” psíquica el lugar de nacimiento del Abraham bíblico. Así entonces, es el judío el que en Chick rechaza la homosexualidad, el judío para quien la descortés palabra yiddish andreygenes es casi todo el griego que necesitaba. Ich könnte mir einenanderen Abraham denken es la frase de Kafka rememorada por la Trilogía Lincoln –el “Padre Abraham” de Internet– en Bennington. Abe Ravelstein es el otro Abraham de Chick. En el contexto de Bennington, hemos pasado de la Fe (alias Nirvana) en sus afinidades con la Faunia Farley de Roth (y detrás de la cual se perfila Mónica Lewinsky) a la Esperanza (alias hijo de Francia o “los chicos lindos de Paris” de Ravelstein). Este “otro Abraham”, se objetará, no era presidente, ni Lincoln, ni Clinton, pero la novela contesta rápidamente a esta objeción: “La ‘gente’ de Abe en Washington lo llamaba tan frecuentemente por teléfono que le dije que debía de estar constituyendo un gabinete fantasma. Aceptó esto sonriendo como si la extravagancia fuera mía, no suya.”14 Bellow imagina así un Ravelstein que sirve de doble a Clinton, donde se vuelve a encontrar, precisamente, el artificio que emplea Roth con Coleman Silk en su novela.

Incluso en las transgresiones de Ravelstein hay un componente racial que se engrana curiosamente con las transgresiones raciales de Coleman Silk. En cierto momento, un Ravelstein doliente le pide enigmáticamente a Chick que haga un cheque de quinientos dólares a alguien que a Chick no le dice nada. Ravelstein se explica: prefiere que Nikki, su amigo oficial, no encuentre rastros del desembolso en su propia chequera. En un ensayo sugestivo, Christopher Hitchens observó que el pasaje fue considerablemente censurado con respecto aljuego de pruebas entregado a los periodistas. En éstas, el cheque pagaba servicios prestados a un “muchachito buen mozo” que Ravelstein “había llevado a su casa una noche15.” Su nombre, Eulace (“que se pronuncia como Ulises”) Harms, indica claramente que el muchacho era negro. Es un detalle en el que Chick o Bellow prefirió no pensar, un caso de lo que el psicoanalista Adam Phillips llama “la extraña falta de interés” de Chick con respecto a la homosexualidad de Ravelstein. Sin embargo, hay otro tema sobre el cual Chick repite incesantemente al lector que no profundizará: el fondo de las ideas de Ravelstein.16 Pero Hitchens lo hace y subraya que el “caos” asociado a la cólera afroamericana era “el tema mismo de L´Âme desarmée.17 Bloom no se repondría nunca de aquel día de 1968 en que las instalaciones de la Cornell University, donde era profesor, fueron invadidas por estudiantes negros armados.

Una notable configuración se desprende de los detalles sexuales (sobre Eulace Harms) censurados de Ravelstein, y de la coloración racial de las motivaciones del best-seller de Bloom. La atracción sexual hacia el objeto de su condena intelectual, trasgresión fuertemente marcada por la raza, parece ser una dimensión que Chick, que por momentos es capaz de taparse los oídos y de cerrar los ojos, habría reprimido en su novela.

En esto, por supuesto, Ravelstein está en las antípodas de La Tache. El Zuckerman de Roth era capaz de sumergirse en el drama racial de Coleman Silk porque era, en muchos aspectos, una transposición de la relación contrariada de Roth con su identidad judía. La acusación de “odio de sí mismo como judío” no abandonó al autor desde El Complejo de Portnoy, aunque el negro anti-negro Coleman Silk, a la vez injustamente (superficialmente) y justamente (en profundidad) acusado de sentimientos anti-negros, en muchos aspectos, no era otro que Roth (o Zuckermann) mismo. Pero si la alergia abrahámica a la vida sexual de Ravelstein y la indiferencia principista del novelista hacia las ideas de su protagonista aparecen como debilidades potenciales del libro, y si Bellow evita precisamente aquello en lo que Roth está dispuesto a zambullirse ¿qué es lo que el Chick de Bellow está dispuesto a decirnos de su héroe? La respuesta tiene algo que ver con el temperamento, una suerte de humor, algo que lleva a Bellow a evocar desde la primera página de su libro las “historias graciosas” de Abraham Lincoln, H. L. Mencken, los chistosos y los histriones. Nos acercamos aquí al espíritu magníficamente popular, a la burla insolente que caracteriza la prosa de Bellow y que una vez más maravilla en Ravelstein. De hecho, Roth asoció este aspecto de la obra de Bellow, “su autoridad extravagante”, con Damon Runyon; para él, Bellow cubrió la “brecha entre Thomas Mann y Damon Runyon18.” El aspecto Mann, por supuesto, es el aspecto “alta cultura” y, de hecho, tal vez haya un atisbo de Aschenbach condenado en Ravelstein (tal como sugirió Roth explícitamente a propósito de su Coleman Silk). Pero los mayores misterios, en Bellow, son generalmente antropológicos (no olvidemos que estudió antropología), y ahora vamos a abordar un misterio antropológico de Ravelstein que se opone menos al temperamento bromista de Bellow que su otra cara.

Ravelstein es una novela profundamente “levi-straussiana”: su tema es la manera como los hombres intercambian mujeres. El protagonista pasa una buena parte del libro tratando de separar a Chick de su hermosa y brillante mujer, Vela, una científica de origen rumano, tanto que Chick terminará casándose con Rosamund, una admiradora de Ravelstein. Y en ese proceso de sustitución o de intercambio de mujeres, el desenlace ocurre en París: “París (éste es un párrafo importante) fue el lugar donde Abe Ravelstein y Vela tuvieron su primer choque.” Ravelstein entra como una tromba en el cuarto del hotel de Chick y sorprende a Vela, horrorizada, en bombacha; ella se da vuelta y cierra de un golpe la puerta del baño detrás de sí. Seguidamente, los dos hombres, prestando apenas atención a lo que acaba de ocurrir, se besan, muy contentos de estar juntos nuevamente. Poco después, Vela declarará que no quiere oír hablar más de Ravelstein. En cuanto a la excusa de él, tal vez sea más ofensiva que la ofensa inicial: “No había gran cosa para ver21. Vela terminará insinuando que los dos hombres tenían una “vínculo”, es decir, una relación homosexual22. Chick relata esta reacción a Ravelstein: “Parecía un chiste.”23 Chick tiene toda la razón. El desventurado episodio de París reproduce el libreto del Witz de Freud: un hombre agrede a una mujer que se va indignada de la habitación, mientras que el hombre se relaciona con otro hombre a expensas de la desdichada y sus contrariedades24. Más tarde, Ravelstein se propondrá separar a Chick de Vela, operativo que concluye, en definitiva, con su reemplazo (o sustitución) por Rosamund. Esta es la estructura homosocial (por oposición a homosexual) del parentesco en Levi-Strauss. De hecho, se podría sostener que una de las apuestas de esta novela es precisamente preservar de toda salpicadurahomosexual el lazo homosocial entre Abe y Chick.25

En Ravelstein, la broma y el misterio antropológico, el Witz freudiano y la estructura levi-straussiana del intercambio, o, en la terminología de Roth, Damon Runyon y Thomas Mann, conforman una unidad. En este caso, la dimensión levi-straussiana complica las cosas al tiempo que las aclara. Porque esa era la tesis del antropólogo: mientras que la sociedad consiste en el intercambio de mujeres, palabras y bienes, las mujeres, contrariamente a las palabras y a las mercancías, tienden a expresarse, a emitir signos propios. Y lo que Vela tiende a decir facilita su evicción (o su reemplazo). Porque el esfuerzo de Ravelstein es doble: demostrar que Vela es insoportablemente francófila (lo cual ya plantea un problema para un judío como Chick atormentado por el “síndrome de Vichy”) y que su mejor amigo, el mitólogo rumano Radu Griliescu, inspirado en Mircea Eliade, era fascista y antisemita notorio que ahora utiliza amigos judíos como Chick, para hacer olvidar su pasado catastrófico de miembro de la Guardia de Hierro rumana. Las alusiones a la vida de Eliade –desde el asesinato de su antiguo discípulo I. P. Culianu, con el que se había peleado en el campus de la Universidad de Chicago, hasta la anulación de una invitación de Gershom Scholem para dar una conferencia en Jerusalén– son de una gran precisión26. Lo que parece mucho menos preciso (o el efecto de una compulsión más que el de un razonamiento) es el esfuerzo por asociar a Eliade con Céline. (El Céline de Bagatelles y de Beaux Draps es el autor que no deja de aparecer en el libro). Para Ravelstein, y tal vez para Bellow, hacer que Eliade sea nazi parece ser afrancesarlo.

Desde el principio del libro, Francia aparece como el blanco privilegiado del Kulturpessimismus de Bellow: Chick es un “gran escéptico cuando se trata de franceses”, observa Abe27. “Los franceses están liquidados”, opina más tarde el narrador. Cualquiera sea la competencia de los franceses en las artes de la intimidad, lo esencial es que Vichy no fue “el único producto de la ocupación alemana29.” No es en absoluto casual que la enfermedad que sufre Ravelstein casi siempre se describa no como sida sino como “síndrome de Guillan Barré”, o que el encuentro de Chick con la muerte se deba a un plato tóxico que le sirvió en la isla un tal “Bédier, un duro que se presumía de ser el más francés de los anfitriones franceses. En cuanto a Vela y los rumanos, en la medida de lo posible son más franceses que los franceses29: “Una francesa moderna nunca hubiera hecho semejante escena. La gente de Europa del Este tiene tendencia a aferrarse a Francia; no hay vida en su país, su país es asqueroso y necesitan verse solamente a la luz francesa... Esperan transformarse en franceses. Pero el caso de su mujer es todavía más singular30.” Así habla Ravelstein.

Mientras que en Roth la presencia francesa por excelencia es Delphine Roux, la voz de la “teoría” que corrompe la sensibilidad literaria norteamericana, la obsesión de Bellow es la complicidad francesa en el genocidio. En su propia versión del antifeminismo filosemita, la mujer realizada habla, lo cual era ya un problema para el purista estructuralista, y lo que expresa es el fascismo francés (o al menos francófilo). Y si no habla (porque se la oye muy poco en la novela de la cual es víctima), es porque su silencio, supuestamente, sirve de cobertura al fascismo francés (o francófilo).

Nuestro tema era el moralismo norteamericano, lo que Roth llama “el éxtasis de la mojigatería” y el precio que Francia debería pagar por ello. En el caso emblemático de la trilogía de Hunt en Bennington, el “Hijo de Francia”, como recordamos, fue desafrancesado y rebautizado Esperanza para ser absorbido por el “Espíritu Norteamericano”. A partir de ese momento, como habría dicho el Chick de Bellow, los franceses estaban liquidados por completo. La pertinencia de estas consideraciones en cuanto a las secuelas de la guerra contra Irak (o en Irak) será evidente. De hecho, la lectura de esas dos grandes novelas, escritas mucho tiempo antes de la guerra, puede explicar parcialmente la reticencia de la intelectualidad norteamericana, tan poco empeñada en cuestionar el precio que la administración de Bush desea o (deseaba) hacerle pagar a Francia. Porque los franceses, a los ojos de Bellow, eran –en términos de tendencia– culpables de complicidad con el genocidio. Peor aún, en Ravelstein se transformaron en vector novelesco por excelencia que permite hablar del antisemitismo homicida en general: empleando la jerga del baseball que le gustaba a Bellow, Eliade era un Céline de segunda línea; para ser verdaderamente siniestros, Vela y él tenían que volverse más franceses que los franceses. Y pagaban el precio por ello. En cuanto al personaje francés emblemático de Roth, Delphine Roux, fuera de su ofensiva contra el protagonista, era culpable, a los ojos del autor, de contribuir a corromper la sensibilidad literaria norteamericana por la teoría y, por lo tanto, estaba destinada a autodestruirse.

En este punto, hay que matizar las cosas. La condena abrahámica de los franceses, en Bellow, parece participar del moralismo norteamericano, mientras que en Roth, Delphine es culpable de colaborar con el moralismo: es ella la que envía la carta decisiva que condena a Coleman Silk.

A la luz de esta ambigüedad concluiremos con una coda esta digresión sobre los presidentes norteamericanos –Abraham Lincoln y Bill Clinton– y sus sustitutos –Coleman Silk (y sus infortunios clintonescos) y Abe Ravelstein (con su “gabinete fantasma”)–: convertir a la escultura de Bennigton en algo así como un par de soportes para ceñir nuestras dos novelas sobre uno de los casos norteamericanos más extrañamente ambiguos. En los anales del moralismo norteamericano y del precio que Francia se vería obligada a pagar por él, la figura arquetípica es, sin duda, la de Woodrow Wilson. Pero no es tanto Wilson como su ex colaborador, William Bullitt, y más precisamente cuatro virajes en su ambigua carrera, lo cual merece una evocación lapidaria a modo de conclusión.

  1. Al final de la década de 1920, mientras Hunt reunía en yeso las figuras de su Lincoln Trilogy, Bullitt, un diplomático norteamericano, trabajaba con Freud en un estudio psicoanalítico de Woodrow Wilson, que sólo se publicaría póstumamente. Con su verbosidad compulsiva y su libido concentrada en la boca, Wilson es descripto en un estado cuasipsicótico en Versalles. Su misión, creía, era salvar al mundo. Clemenceau, a quien Bullitt y Freud describen explicando a Wilson que “trataba de destruir a Francia” habría puesto al descubierto, siempre según los autores, el “inconciente” de Wilson.31
  2. En junio de 1940, como embajador de los EE.UU. en Francia, Bullit elige quedarse en París en vez de seguir al gobierno francés al sur, y termina entregando la ciudad al ejército alemán. Lo cual le valió las críticas de De Gaulle y del Departamento de Estado, pero el caluroso agradecimiento de Pétain.32
  3. De regreso en Washington, la principal preocupación de Bullitt parece haber sido conseguir el desplazamiento de la eminencia gris de Roosevelt, el subsecretario de Estado Sumner Welles, a quien el ex colaborador de Freud acusaba de haber hecho propuestas homosexuales a porteros “negros” en un tren. Roosevelt se negó a escucharlo y se escandalizó al oir que se trataba a Welles de “criminal”. Sus denuncias pusieron fin al ascenso de Bullitt dentro de la administración.33
  4. En junio de 1944, Bullitt se incorporó al ejército de los Franceses Libres de De Gaulle con el grado de comandante de infantería y participó en la liberación de París.34

Se habrá advertido que, a lo largo de su carrera, Bullitt ocupó prácticamente todas los puestos en el esquema que hemos elaborado: crítico, con Freud, del moralismo norteamericano, pero perseguidor encarnizado del “crimen” homosexual; combatiente por la liberación de París, pero insubordinado en 1940, cuando entrega la ciudad al enemigo... Hay ceñidores de libros que merecen transformarse en libros.

Jeffrey Mehlmanz
(Departement of French Literature, BostonUniversity)

1- Bellow, Saul, It All Adds Up : From the Dim Past to the Uncertain Future, Viking, Nueva York, 1994, pág. 251.
2- Sobre la congruencia estructural entre “pulsión de muerte” y sexualidad inconciente en Freud, ver Laplanche, Jean, Vie et mort en psychanalyse, Flammarion, París, 1970, cap. 5 y 6
3- Roth, Philip, La Tache, Gallimard, París, 2002, pág. 244.
4- Ibid, pág. 344.
5- Ibid, pág. 329.
6- Ibid.,pag. 238.
7- Ibid., pág.55
8- Ibid., págs., 299-300.
9- Ver Laplanche obra citada, cap. 1 y 2.
10- Ver Derrida, Jacques, De la grammatologie, Minuit, París, 1967, “Linguistique et grammatologie”, págs. 42-108.
11- Bellow, Saul, Ravelstein, Gallimard, París, 2002, págs.161-162.
12- Ibid., págs. 218 y 258.
13- Ibid., pág. 135
14- Ibid., pág. 23
15- Hitchens, Christopher, Unacknowledged Legislation: Writers in the public Sphere, Verso, Londres, 2000, pág. 227.
16- Phillips, Adam, Equals, Basic Books, Nueva York, 2002, pág. 231.
17- Hitchens, obra citada, pág. 221.
18- Roth, Philip, Shop Talk: A Writer and His Colleagues and Their Work, Houghton Mifflin, Boston, 2001, pág. 149.
19- Bellow, Ravelstein, pág. 54.
20- Ibid, pág. 124.
21- Ibid, pág. 127.
22- Ibid, pág. 133.
23- Ibid, pág. 134.
24- Para un estudio de la congruencia entre la “inocencia” de la broma indirecta y la “perversidad” intrínseca de la pulsión sexual, ver Mehlman, Jeffrey “How to Read Freud on Jokes: The Critic as Shadchen”, New Literary History, 6, invierno 1975. En francés, “Une lecture du ‘Witz’ de Freud: l’interprète comme marieur”, enLa Psychanalyse à l’Université, II, 7, junio de 1977.
25- Para un análisis del “pánico” homosexual en instituciones fundamentalmente homosociales, como el ejército, ver Sedgwick, Eve, The Epistemology of the Closet, University of California Press, Berkeley, 1990, págs. 184-188.
26- Sobre estos incidentes en la vida de Eliade, ver Laignel-Lavastine,Alexandra, Cioran, Eliade, Ionesco: l’oubli du fascisme, PUF, París, 2002, págs. 484-489. Pero este libro no es muy fiable en otros aspectos del tema, Cf. Paruit, A. “L’Oubli de la rigueur”. Esprit, verano de 2002, y Cahier de l’Herne, Cioran, 2004.
27- Ravelstein, pág. 30.
28- Ibid, pág. 60.
29- Ibid, pág. 260.
30- Ibid, pág. 128.
31- Freud, Sigmund y Bullitt, William; Thomas Woodrow Wilson: A Psychological Study, Avon, Nueva York, 1966, pág. 284.
32- Orville Bullit (ed.), For the President: Personal and Secret: Correspondence Between Franklin D. Roosevelt and William C. Bullitt, Boston, Houghton Mifflin, 1972, “The Swastika in Paris”, págs. 439-493. En su defensa, el 11 de junio de 1940, Bullitt (pág. 468) dirigió una notificación al Departamento de Estado: “La tradición obliga al embajador norteamericano a no abandonar París. Recuerden al gobernador Morris, y a su pierna ortopédica, aterrorizado; a Washburne durante la Comuna; a Herrick” (en la Primera Guerra Mundial). Según Gellman, Irwin Secret Affairs: Franklin Roosevelt, Cordell Hull, and Sumner Welles, Johns Hopkins University Press, Baltimore,1995, pág. 197. Roosevelt había ordenado a Bullitt abandonar París.
33- Gellman, págs. 240-242.
34- Ibid, pág. 345.

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