DIÓGENES

HISTORIADORES, ATENCIÓN: MOTIVACIÓN=EMOCIÓN

por RAMSA Y MACMULLEN

Que actuemos por impulso del intelecto o de los sentimientos es algo que generalmente nos cuesta evaluar en términos sencillos. Resultaría más útil que estas alternativas se representaran como polos opuestos sobre una escala. Uno o el otro explicaría mejor lo que la acción es en momentos diferentes, pero nunca del todo. Ya sea en general o durante una semana determinada, no es fácil decir qué aspecto controló más nuestro comportamiento. De todos modos, de esta forma piensa el profano.

Para los entendidos es diferente. En el siglo pasado, en general ignoraron un extremo de esta escala: el polo de los sentimientos. Cuando a principios de los años ‘40, el historiador Marc Bloch levantó la voz para protestar, se habría dicho que, hasta entonces, había vivido, involuntariamente, en una segunda Edad de la Razón, como si el ámbito entero de la acción humana, que hace la historia, hubiera sido invadido por una hipótesis que él mismo refutó y que se expresó con la mayor agresividad y autoridad en el campo de la llamada historia económica. Después de su muerte, en la segunda mitad del siglo, tampoco se registró ningún cambio.

La lectura de ciertos libros de historia podría hacernos creer que la humanidad se compone únicamente de voluntades lógicas, para las cuales las razones de sus actos nunca tendrían secreto alguno… Es repetir otra vez, amplificándolo, el error –sin embargo tan frecuentemente denunciado– de la vieja teoría económica. Su homo oeconomicus no era una sombra vana sólo porque se lo supusiera exclusivamente ocupado en sus intereses; la peor ilusión consistía en imaginar que pudiera formarse una idea tan clara de esos intereses.1

La historia económica, al ofrecer su magia como ejemplo a otros tipos de historia, de hecho llevaba en su corazón este ser mítico y la hipótesis conjunta, “el homo oeconomicus toma sus decisiones considerando sus propios intereses”, fue “el modelo preferido de los economistas ‘puros’”, según la expresión de Daniel Kahneman2. El modelo era sólo razón, cálculo. Cuestionarlo le valió un premio Nobel, mientras a Robert Shiller se lo distinguió con otros premios, aunque no tan bien reputados, por haber lanzado un desafío similar no desde el punto de vista psicológico, sino apoyado en una formidable matemática (Market Volatility et Irrational Exuberance).

De este modo, durante la segunda Edad de la Razón, en los años ‘80 y ’90, aparecen las primeras fisuras en el edificio, recordándonos que no somos puramente racionales, al menos en nuestro comportamiento económico (que constituye una parte muy importante de nuestras vidas). Somos más bien presa de las modas y de los entusiasmos pasajeros, de las tonterías que impone el instinto gregario. Pensamos como masa. Es verdad; para el profano no tiene nada de sorprendente y no revela tanto nuestra irracionalidad sino la mera imperfección de nuestro razonamiento. Se nos puede señalar como totalmente equivocados, pero no como totalmente caprichosos. Respondemos a las imágenes que nos hacemos de nosotros mismos bajo la presión de las influencias sociales y de los consecuentes excesos espirituales. Sin embargo, esto no significa ausencia de pensamiento. Basta con recordar la avalancha sobre el oro californiano para ver cómo actuó el instinto gregario en esa ocasión en el homo oeconomicus, con modas y entusiasmos pasajeros relativamente racionales. Había oro, en efecto, y muchos lo consiguieron, pero el relato de sus ganancias produjo una “exuberancia” que, pese a tener cierta razón de ser, era también víctima de una suerte de vértigo.

Pero las verdades estereotipadas de la teoría del mercado ensombrecen de tal modo este campo, que lo que parecería ser una avanzada audaz, digna de un premio para los elegidos del interior (insiders), puede ser juzgada de manera muy distinta por los que permanecen en el exterior. Como dijo Kahneman en las circunstancias ya citadas: “Tendrían que haber estudiado economía durante años antes de dejarse sorprender por mi investigación”.

Del mismo modo, es fácil concebir que haya resistencia frente a las verdades estereotipadas y a sus defensores. Tomando en cuenta las modas y los entusiasmos pasajeros, al menos como postulados explicativos, los opositores querían introducir factores de causalidad que no fueran sometidos a un análisis cuantificable. Dichos factores se consideran anatemas, enemigos de un buen método. ¿Cómo se podría pensar o debatir de manera científica o sacar conclusiones sin la ayuda de las cifras? Como dijo el buen Dr. Johnson hace mucho tiempo: “Es el privilegio de contar. Da certeza a lo que antes flotaba de manera indefinida en la mente”.

¿No pueden los números, de alguna manera, aplicarse al análisis de las modas y de los entusiasmos pasajeros?Al menos sus manifestaciones externas en actos visibles pueden medirse y traducirse en cifras. Esto es exactamente lo que Marc Bloch y su escuela de interpretación histórica trataron de hacer. En sus monografías y en su revista de nombre célebre, Les Annales, se propusieron justamente examinar todas las variantes del comportamiento humano en términos cuantitativos. Su predilección por los gráficos y los porcentajes, a veces fueron objeto de burlas bientencionadas3; pero ellos persistieron y firmaron. Trataron temas como la moral sexual o la generosidad, contabilizando todos los nacimientos extramatrimoniales o los legados de agradecimiento en los testamentos, y la lista sigue con temas de los que por lo general se ocupan las ciencias sociales. Inevitablemente, los descubrimientos son muy superficiales.

Una comprensión más real y profunda, a la que se oponía la autoridad económica, se podría haber buscado en la psicología. Sus propias verdades estereotipadas, como las de la mayoría de los campos contemporáneos de investigación, se presentaron en enciclopedias y se actualizaron de tanto en tanto. En una de ellas (1998), examínese el artículo dedicado a la toma de decisiones, donde ninguna de sus 45.000 palabras deja lugar al capricho ni a ningún otro tipo de sentimiento, por el contrario, se exige una adhesión estricta al “principio de utilidad”, es decir, a la racionalidad pura para explicar los fenómenos económicos. Sin embargo, a este artículo del mismo volumen gigante le sigue otro titulado “Emociones”, cuyo autor es un especialista muy distinto. Comienza lanzando un desafío: “Por primera vez en las numerosas ediciones aparecidas hasta hoy, se publica un artículo sobre las emociones en el Handbook of Social Psychology, y continúa afirmando que “las emociones tienen una importancia esencial”.Nos encontramos entonces ante los signos de una nueva fisura en el edificio de la actual Edad de la Razón.

En el campo específico de la historia, los observadores pueden señalar un aumento significativo en el interés por el tema de las emociones, consideradas en el plano diacrónico y como objeto de estudio, a través de una “ciencia de las emociones” (emotionology, término propuesto a mediados de los ‘80). A partir de trabajos de generaciones precedentes sobre la melancolía y otros sentimientos, la preferencia en la elección de los temas se desplazó hacia el matrimonio y al amor –merced a un libro muy admirado de Lawrence Stone (1977) –, hacia la apreciación, anteriormente general, de la sensibilidad, el horror, las lágrimas y los estremecimientos, tanto en la literatura como en el comportamiento corriente, y más recientemente, a la vergüenza, la cólera o el asco. También se estudiaron recientemente la formación y el control de sentimientos de distinta naturaleza, en épocas y sociedades diferentes. La Chronicle of Higher Education (el 21 de febrero de 2003) reveló la totalidad del campo a través de una selección de estudios, descentrado pero significativo. Se podría agregar algo más yendo más allá del ámbito universitario anglosajón4.

¿Una revolución? En efecto, el enfoque estrictamente cognitivo y lógico de seres estrictamente cognitivos y lógicos (a condición de que el profano los considere humanos) fue cuestionado. Desde hace unos diez años, economistas, psicólogos e historiadores, cada uno desde su disciplina, pusieron en tela de juicio este enfoque, destacando, con mayor o menor éxito, el carácter innovador de sus trabajos. Lo era efectivamente y aún queda mucho por hacer.

Se realizaron progresos creando pasarelas entre las disciplinas, pese a ciertas dificultades inherentes. Naturalmente, los psicólogos no piensan como los historiadores; probablemente manifiesten muy poco interés por lo que sucedió ayer, que, por lo tanto, está fuera del control de la repetición. Su experiencia de laboratorio permite mostrar que la gente (los inevitables estudiantes de un curso de introducción general) puede reconstruir la historia de un momento de emociones fuertes e indicar cuáles, en una escala de uno a veinte, pueden evaluarse según su fuerza. Otras personas, leyendo ese sucinto relato, pueden identificar y percibir estos sentimientos por empatía, evaluando a su vez su fuerza. Entonces resulta posible comparar las dos series de respuestas, que serán muy similares. Evidentemente, esto revela algo sobre el trabajo habitual de los historiadores. Pero nadie salió del laboratorio para hablarles de eso.Los historiadores tampoco buscaron este tipo de ayuda. Volveré sobre esto más adelante.

En cuanto a los economistas que piensan como historiadores –es decir, tratando de comprender las tendencias del mercado, que a todas luces son hechos que atañentradicionalmente a los historiadores–, no demuestran ninguna curiosidad por las modas, entusiasmos ni caprichos irracionales del pasado, aunque actualmente están empezando a interesarse seriamente en el asunto. Han llegado lo suficientemente lejos como para mostrar que esto hacía aparecer sentimientos que, de un modo u otro, condicionaban el hecho de estar listo para actuar, de manera aventurera o no. Esta percepción y su defensa se la deben a la psicología.Pero su investigaciónno llegó a incluir el origen, la acción o la fuerza de los sentimientos (volveré sobre este punto y también sobre lo atinente a la fuerza).

Cualquier tipo de experiencia bajo control en condiciones de laboratorio, es pertinente tanto para la economía como para la historia. Un ejemplo de nuestro nuevo milenio es el informe de George Loewenstein, sobre el que Robert Shiller llamó la atención. Loewenstein extiende la descripción y el análisis de lo irracional a la toma de decisiones5. Al reflexionar sobre una decisión ¿nos preguntamos qué sentimientos podría provocar? El afecto está ahí, justo en el centro de nuestro pensamiento; ayuda a explicar el comportamiento del mercado. Sin embargo, este descubrimiento, que proviene de trabajos anteriores de otros investigadores en un marco de aplicación mucho más vasto, muestra que la cognición y la emoción no son polos opuestos de nuestra actividad mental, sino que están generalmente entremezclados en nuestro ser. Los psicólogos y neurólogos observaron cómo recibimos una percepción dada y le respondemos para eludir, atacar o reaccionar de cualquier otro modo. Esto queda señalizado instantáneamente a través de la marca o signo correspondiente, de naturaleza afectiva –de asco, de miedo, de dicha, de concupiscencia, de curiosidad o de amor maternal–, acompañado de las sensaciones físicas correspondientes, y por lo tanto, queda registrado en la memoria. De este modo, el conjunto de experiencias que percibimos simultáneamente como emoción y plan de acción se puede recuperar de inmediato gracias a ese signo, así como otros grupos emparentados. La manera de trabajar de nuestra memoria permite una respuesta tan rápida como necesaria. Desde luego, una buena parte de la actividad mental implicada en la resolución en detalle de problemas, puede continuar en nuestra mente sin emoción de la que seamos conscientes. Pero lo que dirige el todo e impulsa a la acción es de otra naturaleza, muy colorida, o sea, de una gran riqueza emocional. El consenso sobre estas cuestiones se refleja, por ejemplo, en el estudio mencionado precedentemente en la nota 3.

Los historiadores podrían aprovechar estas enseñanzas mucho más que los economistas. A quienes estudian la biografía de una persona se les concede una suerte de permiso o de autoridad en la consideración de factores afectivos. En el extremo opuesto, sería fácil dar el ejemplo de tal o cual “vida” insatisfactoria, en la que la persona está descripta sólo en términos de cálculos sucesivos; no hay sentimientos, sólo razones: “no pasa nada”, diría el lector.

El estudio de grupos humanos, de sociedades enteras e incluso de naciones, es otra historia, por supuesto. Marc Bloch destaca la importancia de las emociones en el mundo medieval, donde:

La desesperación, el furor, los caprichos, los cambios bruscos, plantean grandes dificultades a los historiadores llevados, por instinto, a reconstruir el pasado según los dictados de la inteligencia; elementos sin duda considerables en cualquier historia, en los sucesos políticos de la Europa feudal, ejercieron una acción que sólo podría silenciarse por una suerte de vano pudor6.

Este fragmento llama la atención sobre algo que otros colegas historiadores son capaces de confesar aún hoy: una sensación de “vergüenza”, como dice Bloch, es decir, expectativa de la desaprobación, el desprecio, el rechazo de sus pares, por el crimen de haber tomado en serio las emociones; una vergüenza que se debe sentir por cualquier interpretación que no tenga nivel científico, es decir, que no pueda cuantificarse. ¡La Edad de la Razón aún no fue vencida!

Todo esto no estará muy lejos, a menos que una “ciencia de las emociones”, un estudio de las tendencias en los sentimientos y en las construcciones sociales, tome en cuenta las consecuencias que podríamos llamar “políticas” de los comportamientos. Después de todo, el cambio político es la visión que el profano tiene de la historia y Bloch tuvo mucha razón en señalar el lugar central de esta característica del pasado, causa de su dedicación y la de su escuela al estudio de las mentalidades. Sin la fuerza del sentimiento no hay acción; sin acción no hay cambio; sin cambio, al menos en el sentido tradicional y profano del término, no hay historia.

Por su naturaleza, las distintas emociones tienen más o menos fuerza; las que tienen menos mutan a estados anímicos o mentales más o menos pasivos, como la depresión o la resignación que carecen totalmente de fuerza. Podemos representarnos las diferencias como situadas en una escala bipolar cuya extensión pudiera calibrarse como la escala de Richter usada habitualmente para los terremotos; es algo arbitrario pero no indefendible. De este modo, la psicología tiene algo que enseñar a los historiadores también en este caso.

Al comenzar el día, mientras masticamos apaciblemente nuestra medialuna acompañada de café negro, podemos decir que nos “encanta” el desayuno; minutos después, cuando la conversación cambia, podemos decir que “amamos” a nuestro país. Este tipo de amor y no el otro puede impulsarnos a hacer cualquier cosa, porque nos motiva. Marc Bloch insistió, en diversos puntos de su último trabajo, sobre la influencia de los impulsos más comunes del mundo, los del “corazón” y la “devoción” a “la patria”, sobre la capacidad “de vibrar” al pensar en el pasado nacional y en sus capítulos más importantes, sobre todo los de la monarquía y la república. En este sentido, escribe: “Hay dos clases de franceses que no entenderán jamás la historia de Francia: los que se niegan a vibrar con el recuerdo de la coronación de Reims y los que leen sin emoción el relato del festejo de la Federación7.”

Él mismo no pertenecía a ninguna de esas dos categorías. Fue herido y condecorado en la Primera Guerra Mundial y decidió quedarse después como integrante de las tropas de reserva; luego participó en la guerra siguiente, a pesar de que ya tenía cincuenta años. Después de la extraña derrota de su país, optó por enrolarse nuevamente en una guerra clandestina donde encontró la muerte. En el decurso de las tomas de decisión que condujeron la acción en estas distintas opciones, todo obedeció a su corazón. En él y por él, si es cierto que esa pequeña cosa que llamamos individuo llega a “hacer la historia”, esta historia provenía de emociones marcadas por la fuerza.

Dicho esto, la pregunta que se les plantea a los historiadores es evidente: ¿cómo medir la fuerza y explicar la acción que resulta de ella?

La respuesta la dimos antes: hay experiencias que demuestran la capacidad de alguien para adivinar los sentimientos de otros a partir de textos escritos o, mejor aún, de un encuentro personal.Pese al abismo de tiempo y costumbres que nos separan de ellos, podemos lograr una “proximidad psicológica, una especie de identificación transcultural con sus sujetos”. Estas palabras pertenecen a Clifford Geertz cuando se refirió a la acción de empatía, esa poderosa prima de la simpatía8. La empatía funciona. Y la necesitamos porque sin ella no existe ninguna comprensión de los demás, ninguna visión profunda. La filosofía conoce el hecho desde hace mucho tiempo y, como dice Geertz al continuar su discurso en alemán: ¿Qué le sucede al Verstehen cuando desaparece el Einfühlen?

En la primera Edad de la Razón, la verdad del Einfühlung se negó con una primera argumentación y en la segunda Edad de la Razón, con otra. El profesor sabio, el académico, estaba convencido de eso, pero el profano también estaba muy convencido de que el académico era un burro. Porque en el devenir habitual de las vidas comunes y corrientes, todos somos concientes de poder “leer” constantemente los pensamientos de los demás gracias a ese don. Sólo recientemente la psicología rescató el sentido común al descubrir la empatía en el comportamiento de los recién nacidos y relacionarla con el comportamiento de los pequeños en edad de hablar para explicar lo que ocurre en su mente, y lo confirmó en los discursos de los adultos sobre sí mismos, algo sobre lo cual los psicólogos construyen la mayor parte de su ciencia. Negarnos a los historiadores el uso de este poder de compresión sería una supina estupidez.

Que, de hecho, los historiadores utilicen esto, desobedeciendo a la actual Edad de la Razón, lo demuestra un millón de buenos libros de historia, entre los cuales se encuentra uno de Tucídides. Tal vez el mejor. Transcribimos un fragmento de este autor en el que describe lo que se sintió en un momento histórico importante: la derrota que amenazaba a los atenienses en Sicilia, comandados por Nicias:

El propio Nicias estaba desamparado ante la situación. Veía la importancia del peligro y su inminencia porque estaban casi a punto de hacerse a la mar. Diciéndose, como sucede en momentos de compromisos graves, que, ante el grave peligro, todo lo que había que hacer quedaba incompleto y que no se les había dicho a los hombres todo lo que debía serles dicho, continuaba interpelando individualmente a cada uno de los cómitres, agregando a su nombre el nombre de su padre y el de su tribu; imponiéndoles el deber personal, si tenían en su activo alguna brillante hazaña, de no traicionarla, y en cuanto a las de sus padres, si tenían ancestros ilustres, de no opacar su brillo, evocando a la patria, la más libre de todas, y a esa independencia franca de consignas que la vida cotidiana encontraba en ella para todos; agregando, finalmente, todo lo que en un momento tan decisivo se puede decir sin temor a mostrarse repetitivo hasta el cansancio con frases trilladas y que se presentan de la misma forma en toda ocasión, sobre las mujeres, los niños y los dioses tutelares, pero que, en el pavor del momento, se considera útil invocar9.

¿Cómo hizo el autor para saber que el comandante estaba realmente desamparado? La conjetura de Tucídides ¿es verdaderamente un elemento de la historia real? Al profano le resulta fácil responder esta pregunta: cualquier contemporáneo inteligente que dispusiera de un poder de empatía suficiente (algo que muchos debían de tener) no habría dudado en declarar que conocía el estado de Nicias, una forma de Einfühlung que atañe a la interioridad del hombre, algo en lo que tampoco Tucídides dudó. No deberíamos dudar actualmente. ¡Ningún problema! Y, en el lenguaje por excelencia de la filosofía, kein Problem! Sólo los estertores de la segunda Edad de la Razón nos bloquean el camino. Así podría desaparecer, al menos a largo plazo, la razón más invocada para admirar a Tucídides, a saber, su racionalidad única y plena, penetrante y llena de imágenes, que los historiadores tienen la obligación de imitar.

En un debate más amplio, sería fácil demostrar hasta qué punto este escritor era deliberadamente intuitivo. Sus viejos lectores le reconocían ese don o esa proclividad; algunos pocos lectores de la última generación hicieron lo mismo, contra el consenso de la Edad de la Razón que sólo veía en él al racionalista. Amanece, poco a poco…

Sólo en momentos intensamente dramáticos, Tucídides reconoce el papel de las emociones en el pasado. Es fiel a sí mismo cuando distingue las que impulsan a los humanos a salir de sí mismos, saliendo de la ruta de sus vidas cotidianas, para hacer cosas que merecen la atención de los historiadores: cosas que traducen cambios. Evidentemente, en un libro dedicado a la guerra de centenares de Estados en varias fases distintas, estos cambios provenían (pero no únicamente) de la transición entre la paz y la guerra. La cólera y sus corolarios, el insulto y la indignación, así como el deseo de venganza, son motores a los que atribuye el origen de las acciones que cuentan, en decenas de situaciones cruciales. Y en general, los antiguos historiadores han seguido el mismo camino10. Esto no significa que haya que ignorar que, en las grandes decisiones, la acción resultante pueda obedecer al cálculo. En los términos contemporáneos del análisis de mercado, la gente hace cuentas (y tienen en cuenta, cuantifican).

Reconocer el papel de los sentimientos en la marcha de la historia, sin ignorar el cálculo, era una cuestión de sensatez en esos antiguos escritores. Para el gran público y lejos de los entendidos, en ocasiones fue así como se escribió y se escribirá la historia. Y nuestra época haría bien en liberarla de esta insistencia académica que se apoya enla razón.

Ramsa y MacMullen
(Dunham Professor of History, Emeritus, Yale University)

1- Ver la obra póstuma Apologie pour l’histoire o Métier d’historien, París, 1949, pág. 101.
2- Citado en The Jerusalem Report del 10 de febrero de 2003.
3- Hexter, Jack, en Journal of Modern History 44 (1972).
4- Trabajos de los años 90 de Michael Bernsen, Werner Röcke, Frédéric Chauvaud, etcétera.
5- Psychological Bulletin 127 (2001).
6- La société féodale; la formation des liens de dépendance (1939-1949), pág. 118.
7- L’étrange défaite. Testimonio escrito en 1940, 1957, pág. 210.
8- “’From the native’s point of view’. On the nature of anthropological understanding”, Bulletin of the American Academy of Arts and Sciences 28, 1974, pág. 28.
9- Tucídides, Histoire de la guerre du Péloponnèse, libro VI, LXIX, trad. Jacqueline de Romilly, Robert Laffont.
10- En el primer capítulo de mis Feelings in History, Ancient and Modern (ed. francesa, Les sentiments dans l’histoire ancienne et moderne, 2004), proporcioné las piezas significativas que hallé para este aspecto y para el resto del presente ensayo.

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