DIÓGENES

MÁS ALLÁ DEL ESTADO-NACIÓN

POLÍTICA Y GRUPOS MARGINALIZADOS EN LAS “CIUDADES GLOBALES” DE LOS ESTADOS UNIDOS

por SASKIA SASSEN

Bajo la lógica imperialista revitalizada en la que se apoya la actual economía política de los Estados Unidos, emergen dinámicas sociales que permiten distintas formas de reinvidicaciones a los grupos marginalizados y desfavorecidos. Surgen nuevos tipos de actores políticos que modifican la relación entre Estado e individuo. Algunos no son formales y podrían calificarse de pre-políticos (como lo es, por ejemplo, un elector, un miembro de un partido político o un legislador). Pero diría más bien que se los debe considerar como modos políticos informales o incluso no formalizados1.

Este breve ensayo se propone definir los espacios políticos y los actores políticos emergentes. El tema que voy a tratar aquí concierne a los modos políticos que no dependen del sistema político formal, sistema que ofrece cada vez menos alternativas a los ciudadanos norteamericanos y a los inmigrantes.Los principales ejemplos de eso son los actores políticos informales y la street politics. Las ciudades norteamericanas tienen una larga historia en lo que a street politics se refiere. Los contenidos, objetivos, promotores y actores de estas políticas cambiaron con el tiempo. Actualmente, las ciudades globales constituyen espacios muy específicos, ya que aglutinan en un único espacio complejo, por un lado, tanto a los sectores más globalizadores del capital como a los nuevos profesionales transnacionales, y, por el otro, a una cantidad creciente de inmigrantes y de norteamericanos marginalizados. Éste es el fenómeno particular que me propongo analizar2.

Estas nuevas formas políticas no son específicas de los Estados Unidos. Se dan en numerosos países y se manifiestan de maneras muy diferentes precisamente porque no están completamente formalizadas. Sin embargo, el caso de la Norteamérica actual es muy notable porque se trata de la potencia política, económica y militar dominante en el mundo y también porque los Estados Unidos aplicaron las restricciones más severas–y en ciertos aspectos, inconstitucionales– a los derechos civiles de los ciudadanos e inmigrantes.

Los espacios abiertos a la política

El espacio de la ciudad es un espacio mucho más concreto para la política que el del sistema político nacional. Puede albergar modalidades políticas informales y actores políticos informales. Algo que ocurre en las grandes ciudades del mundo y también en los Estados Unidos, pese a la irresistible renovación del nacionalismo y del patriotismo que se adueñó de las tapas de los diarios. El sistema político formal padece una desestabilizaciónparcial debido a las profundas transformaciones actuales, tanto internacionales como subnacionales. Esto posibilita nuevas formas de política a escala nacional y local, aún cuando el ámbito nacional siga siendo el que predomine y el más institucionalizado. Se trata entonces, en los Estados Unidos, de una historia de microtransformaciones y microespacios, pero cada vez más países deben admitir esta evidencia creciente.

A escala internacional, la globalización y el ascendiente de los derechos humanos contribuyeron a dar a los actores no-gubernamentales posibilidades legales y operativas para intervenir en ámbitos que antes eran exclusivos de los estados-nación. Diversas instancias, aunque muy secundarias, revelan con frecuencia que el Estado dejó de ser el sujeto exclusivo del derecho internacional o que es el único actor de las relaciones internacionales. Otros actores –desde las ONG’s de naciones originarias (First-Nations), pasando por los inmigrantes y refugiados a quienes se les aplica todo el rigor de la ley endecisiones relativas a los derechos humanos– surgen cada vez más como sujetos del derecho internacional y actores de la política internacional. Esto significa que los actores no gubernamentales pueden lograr presencia como individuos y como colectividades y salir del anonimato de miembro asociado que les impone el Estado Nación, representado exclusivamente por su soberano (es decir, el gobierno). En el plano subnacional, estas tendencias, acompañadas de medidas políticas denominadas de desregulación y de privatización neoliberales, contribuyen a un desmantelamiento parcial de la autoridad exclusiva sobre un territorio y sus habitantes, que durante mucho tiempo asociamos con el Estado nacional.

El lugar más estratégico de este desmantelamiento es, sin duda, la ciudad global, que sirve de plataforma, en parte desnacionalizada por el capital mundial, y simultáneamente emerge como espacio clave para una sorprendente mezcla de poblaciones provenientes del mundo entero. Y, lo que es más, el incremento en la intensidad de las transacciones entre estas ciudades a escala mundial crea –para los capitales, los profesionales, los inmigrantes, los hombres de negocios– geografías transfronterizas estratégicas que evitan de alguna manera al estado-nación. Este desmantelamiento parcial sucede incluso en un estado tan poderoso como el de los Estados Unidos. Las nuevas tecnologías de las redes informáticas refuerzan aun más estas relaciones transfronterizas, ya se trate de transferencias electrónicas de servicios especializados entre empresas o de comunicaciones por Internet entre miembros de diásporas y grupos de interés dispersos por el mundo3.

Se puede considerar a estas ciudades y a las nuevas geografías estratégicas que las vinculan como parte integrante de la sociedad civil mundial. Esto ocurre en todos los estratos que operan a partir de múltiples microespacios que se combinan entre sí. Entre estos microespacios y estas microtransacciones, existe un conjunto de organizaciones diversas encargadas de los asuntos transfronterizos, tales como la inmigración, el derecho de asilo, las manifestaciones femeninas internacionales, las luchas antiglobalización y muchas otras. Aunque estas organizaciones y movimientos no sean necesariamente urbanos en su orientación original, sus operaciones geográficas se inscriben parcialmente en muchas ciudades. Las nuevas tecnologías de las redes, y en particular Internet, paradójicamente reforzaron la localización urbana de estas redes transfronterizas. Cosa que no debería ocurrir, pero las ciudades y las redes que las conectan funcionan en esta fase como anclas y facilitan las luchas transfronterizas. Estos mismos desarrollos y condiciones facilitan también la internacionalización de las redes de traficantes y terroristas.

Las ciudades globales son, pues, entornos potencialmente transmisivos para este tipo de actividades, aun cuando las redes no sean de por sí urbanas4.

Reinvención de una vieja historia norteamericana: la lucha por el reconocimiento

Todas las principales ciudades de los Estados Unidos –Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Miami, Boston y San Francisco– funcionan como espacios donde actores políticos informales tienen posibilidades de participar y de intervenir en la escena política, lo cual les resultaría más difícil de lograr en el plano nacional donde la política pasa necesariamente por sistemas formales establecidos: ya sea el sistema político electoral como el sistema judicial (posibilidad de hacer un juicio ante una instancia del Estado). En el espacio de la política nacional, los actores políticos informales están excluídos y se tornan invisibles.

Estas ciudades albergan un abanico muy amplio de actividades políticas: squat, manifestaciones contra la brutalidad policial, luchas por los derechos de los inmigrantes y de los sin techo, políticas culturales y reivindicaciones de identidad, como el reconocimiento de los homosexuales, lesbianas y queers. Es algo cada vez más perceptibleen la calle. Buena parte de la política urbana es concreta y puesta en práctica en buena medida por la propia población más que por la masificación de las tecnologías mediáticas. La street politics permite la formación de nuevos tipos de sujetos políticos que para “existir” no tienen que pasar por los sistemas políticos formales.

Sin embargo, las posibilidades de expresión de estas nuevas formas de lo político y de este tipo de actores políticos no se limitan a las manifestaciones ni a otros tipos de activismo. Llegar a los problemas que van más allá de la street politics exige, de todos modos, un enfoque más indirecto. En lo que desarrollaré a continuación, me limitaré a dos tipos de cuestiones. La primera está vinculada con el hecho de que, aun para la institución formal emblemática del actor político –el ciudadano–, la historia de los Estados Unidos mostró cierta decisión de incorporar constantemente nuevos derechos. Esto fue lo que ocurrió en los años ‘60 con las Civil Rights Acts. Actualmente necesitamos saber si las transformaciones en curso significan una vez más –particularmente en lo que respecta a los desfavorecidos– que la institución de la ciudadanía aún no está muerta en los Estados Unidos.

La segunda se refiere al hecho de que las prácticas y asuntos políticos informales que no están del todo reconocidos pueden, sin embargo, formar parte del paisaje político. Como prueba de ello, tomaré dos ejemplos. El primero es el de los inmigrantes indocumentados que son residentes desde hace mucho tiempo y que, en la vida cotidiana, tienen hábitos similares a los de los ciudadanos reconocidos oficialmente, lo cual celebra un contrato social informal entre la comunidad y estos inmigrantes indocumentados. El segundo se refiere al caso de los sujetos “no políticos” por definición, como las amas de casa, que pueden tener, sin embargo, un peso político considerable y convertirse por eso en sujetos políticos emergentes.

La lucha por una igualdad real

Existe actualmente una tensión creciente entre la igualdad legal de la ciudadanía institucional y el proyecto normativo de igualdad real. Mejorar la integración es desde hace tiempo el objetivo de diversas minorías y sectores desfavorecidos. Sobre esto recayó la lucha de los años ‘60. Hoy en los Estados Unidos existe un abanico aun más amplio de ciudadanos marginalizados insatisfechos de la igualdad formal, que pretenden hacerse ver y que se reconozcan sus reivindicaciones. Un problema particularmente crítico reside en el fracaso de los Estados Unidos (y, de hecho, de la mayoría de los países) en asegurar lo que la ciudadanía supuestamente otorga: igualdad real y no una mera igualdad formal.

En la medida en que la ciudadanía depende de las condiciones en las que se inscribe, el nuevo panorama actual puede perfectamente dar lugar a toda una serie de cambios –una vez más en la larga historia de la institución–. Estos cambios pueden no estar aún formalizados y algunos no lo estarlo jamás. Pero actualmente los Estados Unidos es uno de los países donde las minorías demostraron una gran determinación en la conquista de sus derechos.

Condiciones específicamente norteamericanas son el origen de todo esto, en parte por la forma en que el país nació: poblaciones desheredadas colonizaron tierras de otros pueblos e hicieron a su vez de ellos poblaciones desfavorecidas: esclavitud y capitanes de la industria. Tal vez sea ésta la razón por la cual pocos estados-nación modernos han vivido, como los Estados Unidos, el trauma de una tensión aguda entre la ciudadanía de derecho y la realidad de vida como ciudadano cuando no se pertenece a la clase de los privilegiados. En los Estados Unidos, una multitud de desfavorecidos ve a la ciudadanía como un proyecto normativo o una aspiración. Las exclusiones reales que sufrieron los ciudadanos de derecho son las que provocaron a su vez acciones políticas de reivindicación y de lucha por los derechos de las minorías, características de la historia de los Estados Unidos. A partir de la legislación sobre derechos civiles de los años ‘60, la igualdad formal de los ciudadanos norteamericanos pocas veces tuvo en cuenta la necesidad de igualdad real en el plano social.

Actualmente, con más de 50 millones de norteamericanos viviendo por debajo del nivel oficial de pobreza y con un fuerte ataque a los derechos civiles de ciertos grupos de ciudadanos, vemos que las luchas reivindicativas hacen hincapié en derechos y aspiraciones que van mucho más allá de una definición jurídica de los derechos y obligaciones5. La preeminencia creciente del sistema internacional de derechos humanos definió zonas de convergencia con los derechos de los ciudadanos, sin dejar de remarcar, al mismo tiempo, las diferencias entre estos dos tipos de derechos6. El contenido y la forma de los derechos y las obligaciones jurídicas pueden cambiar.

Hay en todo esto una respuesta propiamente norteamericana. Ante todo, como el principio de una ciudadanía igual para todos sigue siendo una asignatura pendiente a pesar de las luchas victoriosas y de los avances legislativos de los cinco últimos decenios (Karst, 1997), asistimos a una proliferación de iniciativas políticas y universitarias. Grupos todavía excluídos de la participación de pleno derecho en la vida política multiplicaron sus autodefiniciones (de raza, etnia, religión, sexo, orientación sexual u otros criterios de identidad). Es particularmente el caso en lo relativo a las prácticas y reclamos de un reconocimiento pleno. Por otro lado, considerando que la plena participación como ciudadano se apoya en una base material (ver T. H. Marshall y Joël Handler), la pobreza excluye del proceso formal político a amplias franjas de la población y la brecha se agranda. Estudios universitarios críticos sobre cuestiones feministas o raciales señalaron el fracaso de una utilización neutra de conceptos vinculados con el sexo o la raza en materia de ciudadanía y de derechos. Al mismo tiempo, la propia situación de estos grupos desfavorecidos engendró prácticas y luchas que impusieron cambios en la institución formal de la ciudadanía.

En resumen, la ciudadanía es, en parte, producto de las prácticas de los excluídos. Esta historia muy norteamericana de interacciones entre posicionamientos diferentes e integraciones sucesivas indica que las nuevas condiciones de desigualdad y de diferencias comprobadas actualmente y el nuevo tipo de reivindicaciones que suscitan podrían engendrar nuevas formas de integración.

Los sujetos políticos informales como actores de la política

En la historia norteamericana hay, pues, una interacción dinámica entre exclusión e integración. En este sentido, se puede decir que ciertos sujetos políticos informales de hoy pueden considerarse actores políticos. A continuación, examinaré esta cuestión más detalladamente, circunscribiéndome al caso de los inmigrantes indocumentados que, de alguna manera, son “no personas” y al de las amas de casas inmigrantes, que pueden considerarse personas no políticas, al menos en su papel de amas de casa.

Aun cuando se trate de inmigrantes indocumentados, los individuos pueden recorrer por las múltiples significaciones de la ciudadanía. La rutina de la vida cotidiana que les hace afrontar a los inmigrantes indocumentados en la comunidad donde residen (mantener una familia,mandar a los chicos a la escuela, tener un empleo) les brinda un tipo especial de reconocimiento. Se puede hablar aquí de “contrato social informal” entre estos inmigrantes indocumentados y la comunidad donde residen7. De hecho, los inmigrantes que no gozan del beneficio de un permiso de residencia en regla, pero que demuestran un compromiso cívico y social meritorio y lealtad a la nación norteamericana pueden pedir legalmente la residencia en los Estados Unidos. Menos oficialmente, algunos piensan que así se les da a estos inmigrantes indocumentados el derecho a reivindicar una ciudadanía informal,aun cuando probablemente no consigan el estatuto formal o la regularización oficial8.

Distinto al caso del inmigrante indocumentado cuya conducta le permite hacerse aceptar como miembro de la comunidad política, es el de aquellos y aquellas que, pese a que gozan de un permiso legal de residencia, no están reconocidos como sujetos políticos. Más allá de las minorías discriminadas, esto puede aplicarse también a personas nacidas en el país y que no sufren ningún tipo de discriminación. Me voy a referir aquí a los inmigrantes que gozan del derecho de residencia, en particular las amas de casa, ya que se trata de sujetos “no políticos”.

¿Cómo evaluar la dimensión política informal de un sujeto en la persona de una mujer inmigrante en su papel de ama de casa? Los estudios sobre mujeres inmigrantes en los Estados Unidos muestran –y esto no sorprenderá a nadie–, que un trabajo asalariado regular y un mejoramiento en el acceso a otras esferas públicas producen un gran impacto en el papel de estas mujeres, un papel culturalmente determinado y subordinado a los hombres en el hogar, igual que el de las madres de familia9.

Lo que nos interesa más particularmente aquí es que justamente como madres de familia tienen la responsabilidad de los hijos, lo que implica dirigirse a diversas instituciones públicas del Estado: escuelas, servicios de salud, policía, administraciones, etcétera.Hay dos esferas en las que las mujeres inmigrantes cumplen papeles que se podrían describir como pertenecientes a la esfera pública: las instituciones de asistencia pública y su comunidad étnica. Estas mujeres inmigrantes son más activas que los hombres inmigrantes en la consolidación de los vínculos entre sus familias y las instituciones del Estado, y en el activismo comunitario. Ocupan un lugar distinto al de los hombres frente a dos tipos de esferas públicas. Son ellas las que deberán enfrentar la vulnerabilidad legal de sus familias en la búsqueda de servicios públicos y sociales.

Todo esto termina dándoles participación en la esfera pública y haciéndolas emerger como actoras potenciales de la vida pública. Con frecuencia son las mujeres las que ejercer en su hogar un papel mediador. Es probable que algunas obtengan más ventajas de esta situación que otras. Sin embargo, la dinámica que es importante encontrar radica justamente en el hecho de que, en su papel de amas de casa y madres de familia (papel definido como no político) emergen como un tipo de sujeto político y cívico informal. Estamos ante una dimensión de la ciudadanía y ante conductas ciudadanas que no se corresponden con las categorías y criterios comunes de análisis de la vida política y ciudadana. En su papel de madres de familia, las mujeres no entran ni en las categorías ni en los indicadores definidos para ponderar la participación en la vida pública.

Es en este sentido que los que carecen por completo de poder, los desfavorecidos, outsiders y las minorías discriminadas, pueden tener presencia en el ámbito público y conquistar en él su lugar, estando “presentes”, presentes ante el poder y presentes ante otros desfavorecidos. La complejidad del espacio urbano facilita este incremento de “presencia” y adquiere una dimensión internacional en las ciudades globales. Para mí, es un indicio precursor de un nuevo tipo de política sustentada en nuevos tipos de actores políticos. No se trata simplemente de tener o no tener poder. Aquí se trata de nuevas bases híbridas a partir de las cuales actuar.

En los Estados Unidos asistimos actualmente a una nueva ola de reivindicaciones. Muchas de las transformaciones que hemos mencionado se vuelven perceptibles en las ciudades. En la ciudad, estas dinámicas toman fácilmente formas concretas, como expresión de un amplio espectro de intereses particulares: marchas contra la brutalidad policial y por la defensa de los derechos de los inmigrantes, políticas de defensa y respeto hacia las preferencias sexuales u ocupación anárquica de viviendas vacías por parte de los squatters. Yo lo interpreto como un avance hacia prácticas ciudadanas que giran alrededor de la reivindicación del derecho a la ciudad. No son prácticas exclusiva o necesariamente urbanas. Pero en las grandes ciudades, muy particularmente, es donde se encuentran simultáneamente tanto algunas de las más extremas desigualdades como las condiciones que permiten estas prácticas ciudadanas. En las ciudades globalizadas, estas prácticas llevan dentro de sí la posibilidad, también, de un compromiso directo bajo formas de poder estratégicas, hecho significativo en un contexto donde el poder está cada vez más privatizado, globalizado e inasible.

Saskia Sassen
(Universidad de Chicago)

1- Con gran excepción, Libération publicó, el 28 de julio de 2003, en la sección “Rebonds” extensos párrafos de este artículo bajo el título “Ciudades más allá del Estado”, tomando la traducción realizada por Francine Marthouret y Aimée-Catherine Deloche para este número de Diógenes.
2- Para más detalles, ver: Sassen, Saskia, “Emergent Subjects and Spaces for Politics”, en Berkeley Journal of Sociology, 2002 y Sassen, Saskia, “Global Cities and Diasporic Networks: Microsites in Global Civil Society”, en Global Civil Society Annual 2002, Oxford University Press, 2002.
3- Un buen ejemplo de esto es la coordinación que dio lugar a manifestaciones simultáneas contra la guerra de Irak en unas 600 ciudades de todo el mundo, el 15 de febrero de 2003.
4- Con respecto a este punto y por otro lado, estas ciudades permiten también a ciertos grupos percibirse como parte de redes globales no gubernamentales. Encarnan lo que dimos en llamar la “sociedad civil global” en los microespacios de la vida cotidiana.
5- Ver, por ejemplo, el sitio de la American Civil Liberties Union, para obtener más información y detalles sobre las limitaciones y restricciones progresivas a los derechos civiles de los inmigrantes y de los ciudadanos y sobre el desmantelamiento de numerosos programas de apoyo a los inmigrantes y a los ciudadanos desfavorecidos.
6- Karst (1997) observa que en los Estados Unidos, el derecho nacional es el que ha “tejido los hilos de la ciudadanía” –status jurídico formal, derechos, pertenencia– en un principio de ciudadanía igual para todos. Esto se logró a través de la interpretación de una serie de fallos de la Corte Suprema y de leyes del Congreso, comenzando por la Ley de Derechos Civiles de 1964.
7- Ver Schuck, Peter H. y Smith, Rogers M., Citizenship Without Consent: Illegal Aliens in the American Polity, 1985.
8- En numerosos países del mundo, incluso en los Estados Unidos, los indocumentados que hayan residido durante mucho tiempo en el país suelen conseguir el derecho de residencia si pueden demostrar la duración de su estadía y “buena conducta”. Las leyes norteamericanas de inmigración reconocen este tipo de participación oficiosa informal como criterio que permite otorgar la residencia legal. Así, antes de la nueva ley de inmigración votada en 1996, a los individuos que pudieran: i) probar que habían residido durante más de siete años ininterrumpidos en los Estados Unidos; ii) dar testimonio de un comportamiento moral correcto y iii) convencer acerca de que una expulsión constituiría un perjuicio moral severo en su contra, se les podía levantar la amenaza de expulsión y otorgar el derecho de residir en el país. Por ejemplo, Nacara (Nicaraguan Adjustement andCentral American Relief Act, firmada en 1997 por el presidente Clinton) extendió este beneficio de supresión de la amenaza de expulsión a unos 300.000 salvadoreños y guatemaltecos que habían vivido como residentes no autorizados en los Estados Unidos.
>9- Las mujeres inmigrantes adquieren mayor autonomía personal y más independencia, mientras que los hombres inmigrantes pierden terreno en relación con lo que eran sus condiciones y prerrogativas en sus culturas de origen. Las mujeres tienen más manejo de su presupuesto familiar y de las decisiones de orden doméstico.

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