DIÓGENES

LOS VERDADEROS BENEFICIOS DE LA EQUIDAD

INTERLUDIO

por EARL SHORRIS

¿Qué le viene a la mente cuando piensa en su país?;

Tal vez nos consolaría pensar que la eventual brecha abierta entre la Norteamérica que llamamos “nuestra casa” y la Norteamérica en el mundo se debe a que la arrogancia del poder es más un problema de distancia que de principios, y que el hambre que se abate sobre millares de seres humanos en el mundo y la epidemia de obesidad que hace estragos en los Estados Unidos es más una cuestión de ignorancia que una falencia moral. Pero son tantos los que viven en la pobreza aquí, en el país más rico de la historia, que me permito dudar tanto de la ética particular de Norteamérica como de la sabiduría de su leadership en las cuestiones del mundo. Parece que mi país se equivoca cuando confunde la ventaja transitoria de una fuerza triunfal con los verdaderos beneficios de la equidad. El dinero necesario para cubrir las necesidades de agua potable de los pobres del mundo es insignificante en comparación con el costo de la guerra.

Si Norteamérica conserva actualmente su vigor juvenil y su lugar en la economía intelectual y política del mundo, es gracias a los inmigrantes, a quienes no dispensa estima ni confianza. Internamente, la distribución de la riqueza es tan desigual en favor de la gente pudiente, que no es exagerado afirmar que el sistema educativo se derrumba por la base. Si a esto se suma la decadencia de las escuelas de los centros urbanos, la enseñanza privada y las escuelas de los barrios acomodados seguirán dando a una minoría afortunada pero restringida, un margen temible sobre el resto de la población.

Lo que describo, en efecto, es una relación analógica entre la Norteamérica interna y la Norteamérica hacia afuera de sus fronteras. Cuando pienso en mi país, las preguntas que se me ocurren son: “¿dónde buscar la esperanza?”, “¿quién se hará cargo de valorizar la equidad en el futuro? Mi generación, surgida en la Gran Depresión, buscó justicia tanto adentro como afuera de las fronteras norteamericanas. Lo nacional y lo internacional jugaban entonces papeles análogos, como ocurre actualmente. Pero a mi generación le faltó convicción y voluntad para establecer una ética duradera. La relación analógica que vinculaba las perspectivas nacional e internacional se esfumó a fines de los '60. Dos guerras estallaron al mismo tiempo: una en pro de la justicia interna, otra en pro de la hegemonía externa; la esperanza entre nosotros, el miedo afuera.

La generación que está actualmente en el poder restableció una relación homóloga entre estos dos ámbitos de vida y de influencia. Ambos son injustos, se sustentan en la fuerza; ninguno se preocupa por la ética. Hoy pienso en la forma en que esta generación llegó al poder y en qué va a transformarla. Me lo planteo cotidianamente. Y lo que me da ánimos cada día es saber que mis hijos viven a contramano de su generación, que son hombres éticos que viven una vida ética.

Veo en ello algo que me gusta considerar como el futuro de Norteamérica: mis nietos, la generación capaz de restaurar la voluntad de justicia de las políticas surgidas de la Depresión, de restaurar una Norteamérica perdida desde los años ‘60 y la época de los derechos civiles. El mayor es afectuoso y considerado. Tyler Sasson Shorris es tan norteamericano como puede serlo el hijo de una familia descendiente de inmigrantes.Sus ancestros maternos llegaron con los primeros colonos británicos, en la Mayflower. El más joven, Michael Laurino Shorris, al que le hice esas cuatro preguntas –no para que me responda, sino para que vaya reflexionando al respecto desde su más tierna infancia– es hijo de un escritor, un hombre que consacró su vida al servicio público. Vive y va a la escuela en el extremo sur de Manhattan. Como su primo mayor, es sensible y considerado, pero muy bromista. No resulta sorprendente que le gusten los programas de televisión de los años ‘50 y ‘60, algunos de los cuales se produjeron medio siglo antes de que él naciera.

He reflexionado mucho sobre los que eligen estos chicos. Michael adora el lenguaje y el humor delicado de una época pasada. Tyler adora las olas que se estrellan en las costas del Atlántico y que vieron llegar a sus antepasados. Creo que nuestro país fue siempre una tierra de esperanzas y temores, de sorpresas y expectativas, una comarca de sueño intranquilo. Uno u otro de estos aspectos será el que prevalezca.

Entre las teorías filosóficas, los descubrimientos científicos o las creaciones artísticas ¿cuál le entusiasma más y cuál tiene para usted más futuro?

Hace nueve años, al terminar una obra sobre la pobreza en los Estados Unidos, empecé el Clemente Course in the Humanities, un ciclo de estudios de un año de duración, destinado a jóvenes pobres de 17 a 35 años. El ciclo comprende filosofía moral, literatura, lógica, historia e historia del arte: “humanidades”, como las definió Petrarca. En el marco de un programa de estudios rigurosos que parte de la filosofía moral, los estudiantes leen los diálogos de Sócrates, un fragmento de la Ética a Nicómaco y selecciones de Hume y de Kant. La aventura filosófica fue extraordinaria tanto para mí como para los profesores y los estudiantes. Siempre empezamos por la Apología y cada vez me convence más la idea de Sócrates según la cual la virtud nos beneficia. Pero los estudiantes, algunos de los cuales estuvieron varias veces presos, encuentran mayor estímulo intelectual en la obra de Kant, porque la idea de ser un fin en sí mismo más que un medio y la noción de dignidad corresponden, de hecho, a una transformación radical y repentina en sus vidas.

Este programa de estudios apunta a devolver a los pobres su ciudadanía, puesto que los pobres, si bien son ciudadanos de jure, no lo son de facto, ya que no tienen poder legítimo. En general, no votan, no tienen ningún poder de influencia sobre otros para votar, viven en lo que yo llamo un surround of force, un cerco forzoso que no les permite optar, sino sólo reaccionar sin haber podido reflexionar. Por lo tanto, este curso está pensado para inducirlos, a través de las Humanidades –como a los ciudadanos de la antigua Grecia– a buscar el equilibrio entre la libertad y el orden, a descubrir la democracia por sí mismos. Yo suelo decir que el objetivo de este curso es hacer peligrosos a los pobres, porque todo ciudadano es peligroso en una democracia en la que cuenta con poder legítimo.

¿Hay algún lugar específico del mundo al que usted se siente particularmente vinculado?

Yo me crié en la frontera mexicana. Escribí varios libros de ficción y de ensayo, así como una antología de literatura indígena mesoamericana (con Miguel León Portilla) y numerosos artículos. Recientemente, el gobierno mexicano tuvo la gentileza de otorgarme la medalla del Orden Águila Azteca.Fue un momento intenso, sobre todo porque tuve la ocasión de evocar la cuestión de los inmigrantes mexicanos que viven en los Estados Unidos sin documentos. Excepto la escolarización de sus hijos, estas personas que trabajan, pagan sus impuestos y viven en paz, no reciben ningún beneficio como contribuyentes. Las leyes les impiden circular libremente entre sus hogares mexicano y norteamericano. Están perdidas en el mundo, sin país, en constante peligro, explotadas económica, política y, con frecuencia, sexualmente. Tienen pocos defensores, aunque contribuyen enormemente en los Estados Unidos con su trabajo en el sector agrícola, en los servicios de gastronomía, reparaciones y mantenimiento, en la construcción, cuidando niños y en empleos poco remunerados de varios rubros manufactureros.

Sin ellos, los Estados Unidos no tendrían la posición económica que tienen actualmente. Los precios de varios alimentos, bienes y servicios aumentarían vertiginosamente, acarreando un descenso en el nivel de vida de los ciudadanos norteamericanos. Pese a ello, la situación de estos indocumentados no suscita ninguna compasión. A partir de un diferendo con respecto a la guerra de Irak que enfrentó a los dos países, las autoridades norteamericanas se vengan en ellos y nada se hace en su favor.

Mi interés por México sigue en México, y estoy preparando una obra bastante completa sobre este tema para fines de 2004. Pero México está muy cerca de los Estados Unidos: los dos países están profundamente vinculados. Por lo tanto, interesarse por México es interesarse por los Estados Unidos y viceversa. En definitiva, uno de cada nueve mexicanos vive actualmente en los Estados Unidos. En este sentido, México está en nuestra casa.

¿Cuáles son sus sueños, esperanzas y temores, con respecto a su país y al resto del mundo?

Le temo al hambre, la enfermedad y la guerra, al abismo que separa a los confortablemente privilegiados de la legión a la que le falta todo. Temo que la ética de mi propio país fracase en su responsabilidad ante el mundo. Le temo a la violencia, real e imaginaria, y creo que los griegos tenían razón: para ellos, la palabra ananke, necesidad, también quería decir violencia. Hambre y violencia son las dos caras del fracaso en este mundo.

Como ve, pienso a menudo en el fracaso de la civilización, aunque amo y admiro los éxitos del arte y de la ciencia; la tecnología no me gusta tanto, porque coincido con Jorge Luis Borges en que la repetición es la muerte, y ¿acaso la tecnología no es la constancia de la repetición?

¿Cuáles son mis esperanzas? Mis hijos, mis nietos; las nuevas generaciones son la esperanza del mundo según yo lo concibo, desde mi ángulo particular, con mi poca experiencia y mi pizca infinitesimal de saber. Lo pienso desde que nacieron y eso me alienta. ¿Qué otra elección se puede tener a mi edad, a esta edad a la que, por gentileza, llaman “tercera”, si no es la de abrigar esperanzas para los que nos sobrevivirán? No estoy diciendo que abandoné el combate, sino que mi tiempo se vuelve fugaz. En vez de pensar en el pasado, imagino los cien años que vendrán. Esas generaciones no son sólo sueños, son reales; ya escuché sus risas.

Earl Shorris
(Founder of the Clemente Course in the Humanities, Estados Unidos)

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